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Archive for 11/11/08

 

Por razones que desconozco, me dan miedo los magos que se alejan de la imagen que de ellos proyecta mi infancia. Es hora de que se sepa. Mi infancia proyecta imágenes en la pared de mi habitación. Nada de metáforas. Es literal. Cada cierto tiempo, a veces semanas, a veces meses, me despierta, siempre a las 4 de la madrugada, un ruido similar al de un hamster dando vueltas en una pequeña rueda. Despierto, ya sin sorpresa, me acomodo sin levantarme y disfruto, lloro o carcajeo con lo que veo en mi pared, donde desaparece durante ese rato el poster de Monica Vitti. No sé de dónde sale(sí, de mi infancia, pero no sé dónde se halla mi infancia), pero dejó de preocuparme hace años.

Decía que me dan miedo los magos que se alejan de la imagen que de ellos da mi infancia. Mi infancia me enseña ( la última vez hace veinte días) a un mago con un serio frac o con un traje estrafalario. No sé si va elegante o haciendo el mayor de los ridículos. Mueve las manos como si en ellas cupiera el mundo y mira al público como si sus ojos hubieran visto todo. En su cabeza, un cabello engominado es tapado por un sombrero, que puede ser de copa si lleva frac. Punto. Todo lo que se aleje de esto, me acojona, me hace taparme los ojos, consigue que tiemble mi cuerpo y, casí, que llame a mi madre entre sollozos. ¿Ya os habeis reido de este humilde deshecho?. Pues sigo. Justo debajo.

Aquí. Hace diez días era sábado, lo sabeis, y Carmen me había invitado al teatro Inclán (que Carmen invite a algo es como que en Leeds haga sol). Eso no lo sabe nadie. ¿O a tí sí te lo dije, chucho?Allí actuaba un mago por primera vez en España: César Shadow. Lo conocía tanto como vosotros. Diez minutos más tarde de lo previsto, aparece. Nada de juego de luces y música de Vangelis. Luz blanca y César Shadow con unos vaqueros gastados y una camiseta gris sin nada en ella. En su cabeza,ni gomina ni sombrero( ¿Veis como me estremezco?). Agarra el micrófono, cierra los ojos, baja la cabeza y habla Con voz segura, dice:

– Pues claro que me desgasta el intento de olvidaros.

Sin abrir los ojos, da la vuelta y sale del escenario. Jamás entró de nuevo. En mitad de una tormenta de abucheos y silbidos, yo, con la cara hecha una catarata de lágrimas, le dije a Carmen que aquel había sido el mejor número de magia que había visto jamás. Nunca he vuelto a aplaudir tanto. Nunca he vuelto a sentir miedo por un mago sin frac. Mi infancia, desde ahora, proyectará olivos, trenes, ceniceros, guitarras sin cuerdas, pero ningún hombre con trucos en la manga. Y sé que no lo hará nunca más.

Epílogo: Al día siguiente supimos que se había pegado un tiro esa misma noche en su hotel de Malasaña. Dejó un papel en la mesilla que decía: ¡Y que nadie espere una nota de despedida!

C.D.G

  

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