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Archive for 31 marzo 2009

En mitad de un artículo sobre un libro de Joe Brainard ("Me acuerdo"), que es una sucesión de frases que comienzan con: Me acuerdo de…, el autor menciona una frase que adjudica a un personaje de una película de Woody Allen. Es decir, una frase que nació de la cabeza  de newyorkino ambulante. Aquí va:
" No sabía si un recuerdo es algo que tienes o algo que has perdido".
Y ahora mismo yo también he recordado, no sé si con acierto, que quien dice esa genial frase es Gena Rowlands en Otra Mujer, una de sus películas que menos me gustan.
Es cierto lo que dice Allen. Por eso yo creo que, al fin y al cabo, el recuerdo es una duda.
 
Y en mitad del recuerdo se mete Brian Wilson, con Abbey Road y un taxi. Las casualidades se empeñan en agarrarnos.
 
 
 

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Lo que he visto esta noche en el Telediario de La Primera es de juzgado de guardia. Unos reporteros del canal público ( canal pagado por ya sabeis quién) graban a un grupo de terroristas de Al-Fatah, en Palestina, y no pierden detalle en mostrar al espectador cómo fabrican bombas que lanzarán posteriormente a suelo israelí. Me he quedado perplejo. ¿Alguien se imagina a esos mismos reporteros grabando a etarras mientras preparan un coche bomba? Lo visto me parece tan vergonzoso, tan preocupante y tan irritante que necesitaba vomitarlo en algún lado.

 Ben Gibbard (Death Cab For Cutie)Con la letra sobre la guitarra y los grititos tan habituales como insoportables en el aire.
 

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Más allá del eléctrico y ya cansino Jean Michel Jarre, hay un padre que hacía temas para películas que las engrandecía, aumentando su épica, o su belleza o su intensidad, según el caso. Un grande que ha muerto este fin de semana. Davide Lean, entre otros, le deben mucho.

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THE BEATLES

NACHO VEGAS

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Ya puse algo de Johs Ritter hace un tiempo por estos lares, con una de sus baladas. Vuelvo a él.
Primero con una canción que tiene ecos del Subterranean Homesick Blues de Dylan y el The End of the World, de REM. Una joya trepidante y vitalista en la forma,. Y unos músicos por todo lo alto.
Tremendo relato es la letra. Remite a otros tiempos.
 
Deep in the belly of a whale I found her
Down with the deep blue jail around her
Running her hands through the ribs of the dark
Florence and Calamity and Joan of Arc

I love the way she looks in her underwear
I lose my page then the plot then the book then I swear
She makes the most of her time by loving me plenty
She knows there’ll come a day when we won’t be getting any

The stain of the sepia the butcher Crimea
Through the wreck of a brass band I thought I could see her
In a cakewalk she came through the dead and the lame
Just a little bird floating on a hurricane

I was flat on my back with my feet in the thorns
I was in between the apples and the chloroform
She came to me often
I was sure I was dying
It was always hard to tell if she was laughing or crying

I thought I heard somebody calling
In the dark I thought I heard somebody call

Joan never cared about the in-betweens
Combed her hair with a blade did the Maid of Orleans
Said Christ walked on water we can wade through the war
You don’t need to tell me who the fire is for

Oh bring me the love that can sweeten a sword
A boat that can love the rocks or the shore
The love of the iceberg reaching out for a wreck
Can you love me like the crosses love the nape of the neck?

Was it Casey Jones or Casey at the Bat
Who died out of pride and got famous for that
Killed by a swerve laid low by the curve
Do you ever think they ever thought they got what they deserved

Pity the bullet and pity the man
Who both find their place in the same sad plan
Who both are like the barrel going over the falls
Crying all the way down I never asked to be involved

I thought I heard somebody calling In the dark I thought I heard somebody call

General George began the day by taking pink little pills
Sent his men to the top of some hell of a hill
Through the whisper of trees came artillery breeze
He said I love the way the wind comes a’tickling my knees

Jane shot the apple right between the eyes
I was thinking of her when you came outside
Lemonade on your breath sun in your hair
Did I mention how I love you in your underwear?

Deep in the belly of a whale I found her
Down with the deep blue jail around her
Running her hands through the ribs of the dark
Florence and Calamity and Joan of Arc

I thought I heard somebody calling
In the dark I thought I heard somebody call

 Y ahora Rumours.   Una canción sobre el poder y la fuerza( ¿no es lo mismo?) de la música.

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Comenzaba Febrero cuando vi en el fotolog de una amiga (Mamen) una lista sobre algunas cosas que a ella le gustaba o le disgustaba. Como reniego de listas pero no puedo evitar hacerlas, le contesté con un mail que escribí sin dudas y con lógicos olvidos e incoherencias.
Comenzaba este día cuando alguien, en mi casa, me nombró otra lista. O a lo mejor estoy mintiendo y nadie me nombró nada.
Y por ese motivo real o inventado o robado o por cualquier otro que no viene al caso, busco ese mail que envié y me permito la licencia de derramarlo aquí y ahora, porque no tengo nada mejor que escribir. Y sé que es mejor no escribir nada que escribir algo vacío. Pero en fin, ahí va, tal y como lo mandé. Y así me deshago de él sin tirarlo del todo.
 
Me gusta temblar con algunas películas,con algunos libros, con algunas canciones, con algunos cuadros, con algunos edificios: Me gusta temblar con la belleza inesperada.
Me gusta perderme en los mil gestos que esconden los niños ( y algunos adultos), en la soledad que me permito muchas veces, en las miradas sinceras. Me gustan los gestos de complicidad, los chistes privados, la lasaña, la tortilla de patatas, la cerveza Gordon y cada regreso a Liverpool.
Me gusta ser dueño de mi pasado, de mis silencios y de mis palabras, hasta las inapropiadas.
Me gustan las tardes entre amigos y risas, que oscurecen sin que yo sepa que oscurecen.
Me gusta descubrir que me gustan cosas nuevas, discrepar con gente inteligente, que me sorprendan.
Me gusta desaparecer muchas veces al año.
Me gusta la libertad de expresión, la real.
Me gusta tener mi visión de las cosas, sin siglas en la frente ni guerrillas en el frente.
Me gusta mi DVD reproductor.
Me gusta como huelen los libros nuevos y como saben los libros buenos.
Me gusta reaparecer cuando yo quiero y no cuando quiera el tiempo.
Me gusta Londres, Madrid, París y rincones de Alicante.
Me gusta que la lluvia trague mis lágrimas, aunque sea en poemas.
Me gusta CTK, Canal Historia, y el humor que da vueltas de campana y doble tirabuzón, con la mayor sencillez, para llegar al fin de tu carcajada.
Me gusta saber que nada es para siempre.
Me gustan los conciertos.
Me gusta envidiar a la gente con talento.
Me gusta leer, ver, escuchar: imaginar.
Me gusta escribir. O lo necesito, no sé.
Me gusta saber, saber, saber…y no cansarme de saber aunque sude mi curiosidad.
Me gusta saber que me gustan tantas cosas, tantos nombres, tantos momentos sin definición, que no caben aquí o yo no quiero que quepan.
 
No me gusta mirar, a veces, donde sólo el espanto me da la bienvenida.
No me gusta lo hueco: las risas huecas, las canciones huecas, las palabras huecas, los huecos huecos.
No me gustan las espinacas, ni esperar más de la cuenta, ni que siempre me pregunten lo mismo, ni que siempre yo responda lo mismo.
No me gusta ser tan cobarde, guardar con caja fuerte miedos que acabarán mal.
No me gusta querer tener siempre la razón, aunque la tenga.
No me gusta que haya gente ignorante por vocación.
No me gusta que haya gente con los ojos cerrados.
No me gusta el compromiso de barra de bar.
No me gusta la mentira mundial.
No me gustan las modas.
No me gustan (no), las redes sociales que tienen mucho de red y poco de social.
No me gusta no saber querer.
No me gustan las manifestaciones, por inútiles.
No me gusta la masa en manada.
No me gusta que sea el odio lo que mueve el mundo.
No me gusta estar en un sitio que no me quiere.
No me gusta que alguien me hable cuando estoy viviendo en una película.
No me gusta el sol abrasador.
No me gusta que confien mucho en mí.
No me gusta escribir tan mal.
No me gusta el viento a traición.
No me gusta haber dado algunos pasos.
No me gusta olvidar, aunque deba.
 
Me gusta haber escrito esta lista sin pensar mucho, sin borrar nada por el camino.
 
 
 

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Hace dos años leí un artículo de Javier Cercas ( rico tras Soldados de Salamina), en el que se preguntaba en voz alta sobre el porqué de escribir.
Todos escribimos. Algunos para decir a alguien que llegaremos tarde a casa o para recordar a la misma persona que debe comprar el pan. Algunos para contar una historia. Algunos para cumplir su trabajo. Otros para no seguirlo. Algunos por necesidad, otros por entretenimiento.
Cercas habla de escritores. Puede creerse que un escritor es aquel que vive de escribir libros que luego son publicados. Y posiblemente Cercas también. Si fuera así, poquitos habría. Escritores somos todos, aunque el folio siga en blanco. Se puede escribir sin usar las manos.
Y así, con mi mente como el folio aparece de nuevo este artículo que me gusta leer de vez en cuando, para estar de acuerdo o no. Para sentirme identificado o querer estarlo.
Yo, de momento, tengo muchas dificultades para saber porqué escribo y ninguna para saber porqué escribo tan mal. Pero seguiré escribiendo, aunque a veces me pese toneladas.
Ahí va el texto más alguna propina musical:
 
 
Javier Cercas.

No hay ni un solo escritor en el mundo al que no le hayan hecho cien veces esta pregunta. Los escritores contestamos como podemos: unos, con una solemnidad embustera (valga la redundancia); otros, con un chiste laboriosamente excéntrico; otros, con lo que han contestado otros escritores; otros, mirando a quien formula la pregunta como si fuera el tipo más imbécil de la OTAN y murmurando con gesto de asco que la pregunta no es pertinente (cuando la triste verdad es que no se le puede hacer a un escritor una pregunta más pertinente que ésa); la mayoría, me temo, mintiendo como perros. Me avergüenza confesar que hasta hoy he incurrido en todas esas infamias, pero sobre todo en la última; me enorgullece proclamar que eso se ha acabado: en este mismísimo momento, gracias a la gentileza inaudita de este periódico, que me paga religiosamente cada mes por escribir tonterías, me dispongo a decir la verdad, toda la verdad y etcétera. Con todas sus consecuencias. Pero atiendan bien, porque es la última vez que la digo.

Escribo porque me encanta que me pregunten por qué escribo. Escribo porque me aburro y porque si no escribiera me aburriría muchísimo más. Escribo porque escribir no sirve absolutamente para nada y sin embargo mientras escribo tengo la absoluta seguridad de que sirve absolutamente para todo. Escribo porque absolutamente nada tiene ningún sentido y sin embargo mientras escribo absolutamente todo parece tener un sentido absoluto. Escribo para leer mejor y también para dejar de vez en cuando de leer, porque el mucho leer embota (esto último lo dijo Nietzsche, que escribía pensamientos paseados). Escribo para escribir algún día un libro paseado. Escribo porque a los ocho años leí Pimpinela escarlata y desde entonces no he hecho otra cosa que intentar plagiar esa novela. Escribo porque a los 15 años yo era un salido y un día otro salido que además era un cabrón me dijo que escribiendo se ligaba, y cuando descubrí que me había engañado ya era demasiado tarde para quitarme el vicio. Escribo porque a los 15 años yo tenía una profesora radiante: un día la interrumpí en clase al grito de que estaba buenísima y ella, que estaba explicando a Borges, me expulsó de clase y yo me impuse como penitencia la lectura de las obras completas de Borges, cosa que todavía no he terminado de hacer y que no creo que termine de hacer nunca, porque en realidad es imposible. De más está decir que escribo porque a partir de los 15 años no me ha pasado absolutamente nada que tenga algún interés. Escribo porque me pagan por escribir tonterías. Escribo porque todavía no he encontrado una forma más decente de ganarme la vida. Escribo (me explico) porque no sé hacer nada útil, ni siquiera atarme los cordones de los zapatos: si supiera curar a los enfermos, no escribiría; si supiera rematar en plancha un libre indirecto, créanme, no escribiría. Escribo porque sí y porque me da la gana, y a quien le parezca mal que me lo diga en la calle. Escribo para poder pensar (esto, creo, lo dijo Cabrera Infante). Escribo porque cuando escribo tengo la impresión acusadísima de que soy una persona inteligente y también de que todos los que me rodean son todavía más inteligentes que yo, sólo que ellos no se dan cuenta.

Escribo para que me lea mi madre, que es la única que me leía cuando no me leía nadie y la única que me leerá cuando ya nadie me lea (¡un abrazo, mamá!). Escribo para que me lean dos tipos que están muertos y dos o tres que todavía están vivos. Escribo para que me lea usted (¡sí, usted, el de la tercera fila, no se esconda!). Escribo porque escribo como Dios (esto, Dios me perdone, es mentira). Escribo porque no creo en Dios. Escribo porque en un mundo sin Dios, escribir, como reírse (pero esto lo dijo Kafka), es casi una obligación moral, o quizá metafísica. Escribo para llevar la contraria, pero todavía no he descubierto a quién. Escribo para entender cosas que sé que no hay manera humana de entender, con la esperanza de que ese esfuerzo fracasado por entenderlas sea ya una forma de entenderlas. Escribo porque la vida es una mierda, y los hombres, un hatajo de indeseables y de cobardes, pero cuando escribo salgo a la calle cantando canciones tirolesas y sintiéndome John Wayne y con ganas de abrazarme al primero que pasa y echarme a llorar de tristeza en su cuello. Escribo porque si no escribiera no tendría ni un solo motivo para respetarme, muy pocos para levantarme por la mañana y casi todos para convertirme en un peligrosísimo oligofrénico, de lo que se deduce que el Estado debería subvencionarme para que siguiera escribiendo. (No escribo, por cierto, para que me quieran más: las personas que me quieren me querrían igual si no escribiera, y las personas que no me quieren no me querrían ni aunque dejase de escribir). Escribo para joder a los que no quieren que escriba y para alegrar a los que quieren que siga escribiendo. Escribo porque, entre nosotros, escribir mola (esto, seguro, debió de decirlo alguien, probablemente un chino). Escribo por todas estas cosas y por muchísimas más. En realidad, escribo por casi todo, porque cualquier excusa es buena para escribir. A veces (Dios me perdone) he llegado incluso a escribir para hacerles creer a quienes me leen que no quiero que me pregunten nunca más por qué escribo.

   

   

  

Y estas canciones, ¿por qué se escribieron? Porque duelen y respiran. Porque curan y se ahogan.

 

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Brutal. Con un guión ajeno pero a su medida, Clint nos da uno de los mejores testamentos cinematográficos. Un testamento consciente. Una película que se refugía en la sencillez de una casa con una bandera al viento, un porche a refugio de la lluvia, un perro fiel y una joya con ruedas. Y al lado de un anciano y armado "Harry el Sucio" que sufre entre sombras(qué uso de las sombras hace Clint, por cierto. Magistral), una sabia reflexión sobre las patadas del tiempo, sobre los valores perdidos o recuperados, sobre el presente maquillado, sobre la lealtad y la amistad, sobre los prejuicios de todas las razas hacia todas las razas, sobre el individuo y su relación con el mundo, sobre la soledad, sobre los secretos ardientes. Sobre el cambio de los paises. Sobre la coherencia con uno mismo. Nada menos. Y sin moralina vomitiva.  Y con su clasicismo narrativo nada impostado.Me quito el sombrero.
Esta película se traga lentamente como un café sin leche, sin azúcar. Sin compañía.
Comentario final: Dice  más Clint mascullando que muchos guiones verborreicos.

    

 Y una canción De Lou Reed

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¿Dónde están?

¿Dónde están?

Las propinas vendidas

Las bombillas bebidas

Las orillas del cielo

Las costillas del viento

Los corazones del cemento

¿Dónde están?

Las caricias del oso

Las verdades del beso

La sorpresa del día

El lado inesperado de la sorpresa del día.

¿Dónde está la valentía?

¿Dónde la tinta fuerte?

¿Dónde el rincón sin esquinas?

C.D.G

 

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Ayer, o hace dos meses, ella cerró la puerta,apagó a Satie y la  luz, bajó la persiana hasta el final y se metió en mi cama. Me abrazó como si hiciera frío y me dijo que sí, que entonces todo estaba bien, que sólo en el reino de las sombras se sentía insegura. No sé que  dije, pero sé lo que  hice. Besé su frente, acaricié sus brazos y cerré los ojos. Aquella noche tampoco. ¿Qué te pasa?

Hoy, o siempre, estoy en la cama sin ella, con la luz apagada pero la persiana atravesada por algunas luces y ruidos de afuera. La noche es para otros. Podría volver a escuchar el Blonde on Blonde, o releer algún verso hiriente de Cernuda. O podría, para calmarme, contar ovejas esquiladas o jugar a olvidarte. Pero me puede el sufrimiento. Estoy cómodo con él. Hablo de una comodidad alejada de lo que llamamos comodidad, una comodidad que la literatura no entiende. Podría salir de la cama, ponerme algo de ropa y salir, respirar, tomarme las cervezas que admita mi cabeza, vomitarlas luego. Podría hacerlo pero aquí me quedo. Todos reivindicamos la libertad a gritos, pero todos, alguna vez, preferimos quedarnos en esa prisión que es la cama, esos barrotes que son las lágrimas , que escondemos bajo las sábanas para que ningún objeto de nuestra habitación, ninguna farola o faro de coche de ahí afuera, sepa que llevas un rato desesperado, muriendo unas horas. Hasta que amanece, como siempre.

Y como siempre te duele ese rayo que pasa por tu mesilla, que viste tu armario y que araña las sábanas y tu bostezo. Te levantas. Tienes que levantarte. Desnudo sales de la habitación para verte en el espejo del baño. Todo igual. Te lavas la cara sin esperar milagros. Estiras todo el cuerpo y te produces más repulsión que un cuadro de Lucien Freud. Vuelves a la habitación, te pones los primeros vaqueros que ves, la camiseta que antes has pisado. También te pones, ahora sí, el Blonde on Blonde. Te sientas en la cama con los pies en el suelo y tus brazos apoyados en las piernas. Te anima su comienzo festivo y tu cuerpo lo sabe. Pero a los pocos segundos te cansas del cabaret y cambias de canción. Tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic.La 14. Sad eyed Lady of the Lowlands. No puedes evitarlo. Siempre tienes que mirar donde el espanto te da la bienvenida. Subes el volumen mucho. Mucho. Sales de la habitación, dejas la puerta abierta y cruzas el pasillo o lo que eso sea y llegas a la cocina y abres el frigorífico y pegas un trago a la botella de agua. Ya no te duele la garganta ni tienes la boca de mercurio. Te sigue doliendo la cabeza. Te sientas en la silla. Dylan sigue en tu cuarto, quemándote a traición. Pero ese calor te despierta. El reloj de la cocina dice que son las nueve, pero tú sabes que son las tres. Nunca más volverás a ponerle pilas. ¿Quieres que el tiempo se pare de una manera tan burda? No, sólo quiero que algo, aunque sean unas manillas, no avance, no retroceda, no note como crecen mis mentiras a ritmo endemoniado. Alguien te dijo que todo lo que crece explota, así que cuidado.

Se calla Dylan. Te tumbas en el sofá del salón.Y la televisión ejerce su poder: Un anuncio de compresas te hace sonreir. Nada más cómico que una menstruación idílica. Si sonríes has de salir,piensas, has de olvidar tus debilidades en algún lado. No te preocupes, no se perderán. Te siguen como cobradores del frac. Las debilidades pueden con todo. Las debilidades, cuando te alcazan ( y lo hacen cuando quieren) te llevan a tí como maletín. Pero desde hace unos segundos no están ahí. Lo aprovechas. Besas la tele.

Ya estás en la calle. Y ellos, ¿dónde están?

 

No pasas mucho tiempo buscando. No están en Diablos ni en Hueco. Sabes que no aparecerán aunque les llames. No hasta esta noche, así que deja el móvil  en el bolsillo. Ahora te toca fundirte con todo lo que ves, tratar de tragar cada uno de los sonidos del principio de una tarde de sábado. Te toca verte reflejado en escaparates de ropa que nunca te pondrías, coger la publicidad que te den, mirarla de reojo y tirarla en la primera papelera que encuentres.Te toca respirar esquinas manchadas de orín juvenil y vómitos de una noche revuelta, castigo irremediable que te da la ciudad por vivir donde vives. Te toca meterte en la librería de siempre, ojear frases que van, que vienen y que quizás recordarás más tarde. Oler como un drogadicto el perfume de las hojas nuevas. Comprar un libro al azar, más allá de gustos, modas o requiebros culturales. Salir de allí pronto, sospechando que en el billete de 10 euros que has dejado en el mostrador se va una de tus debilidades. Allí estará hasta que tenga hambre.

Te toca irte al puerto, sentarte en un banco, agradecer que una nube, de un tamaño que deja en ridículo al yate que se descojona frente a tí, haya cubierto al sol. Y sacar el libro de la bolsa, recrearte en una portada con un dibujo que te inquieta. ¿Quién es ese hombre, calvo como Kurtz, que me da su espalda ancha y que lleva una chaqueta en peligro de extinción, de color gris o verde? ¿ Qué escribe en ese cuaderno, ese trozo de papel o en la misma mesa de madera? ¿ Quién es el autor del cuadro que decora a duras penas la pared que él tiene enfrente? ¿Dónde está esa habitación? Quizás la respuesta esté dentro, en esa novela de César Beldanto, en esa “Crónicas de una duna”.

 Pero vuelve el sol a la acción, creyendo que marzo es agosto.Y a la vez, vibra mi pierna. Sin dejar de mirar la portada, saco el móvil, veo que es Bruno,dejo que Calamaro nos enseñe unos segundos a perder y descuelgo.

Y Bruno no habla, gruñe, como en todas sus resacas. Y entre gruñido y gruñido, quiere tomarse un café  conmigo y yo me extraño pero acepto su invitación. Le pregunto si le pasa algo y me esquiva con arte y excusa. En media hora en mi casa,dice, sin preguntar. Cuelga sin querer saber porqué narices no daba  yo señales de vida anoche. Cuelga sin haber sido él salvo en sus tiernos gruñidos. Imaginar a Bruno con un café, por mucha resaca que arrastre es tan improbable como preocupante. Él mata la resaca a pintas. Y los problemas nunca los saca de su boquita. Yo no estoy para dramas ajenos ni tardes profundas. Quiero mantener en lo posible la sonrisa que me nació ante la televisión, aguantarla viva a duras penas, hacerle el boca a boca si es necesario. Y estar aquí sentado hasta que anochezca o acabe el libro o me aburra de mí.

Pero me levanto, me estiro exactamente igual que hace un rato  pero con ropa y sin espejo y dejó el puerto y sus yates detrás. Vuelvo a pisar las mismas calles que antes, pero en sentido inverso y con un fin distinto. No es comparable andar para llegar al mediterráneo, por muy embadurnado que esté, que caminar para meterse en una claustrofóbica casa, con muebles de postguerra civil española y un padre-estatua aterrador. Prefiero mi celda nocturna, con mis cadenas perpetuas y masoquistas.

Un ding-dong y Bruno abre. El más alto y gordo de mis amigos. Y en breve el más calvo de todos. Con los ojos igual de pequeños y rojos que siempre, pero más vivo en persona que por teléfono. Me alegro. Me da la mano, se rasca la barba mientras parece sonreir y mira el libro, ya sin bolsa .

-Deja de leer de una vez, joder. Te vas a quedar ciego.

-A ver si es verdad. ¿ Y el café?.

-Esperándote. Entra en la cocina. Ahora voy yo.

Le veo perderse por el pasillo para meterse en la zona oscura: salón, su habitación, aseo. No se oye la televisión al fondo, no se ve el resplandor de sus imágenes. Me meto en la cocina, junto a la entrada. Me siento, miro el calendario más feo de la historia colgado de la pared junto a una bolsa con una barra de pan. Entra Bruno con su radiocassete y unos discos . Cuando le conocí, con trece años, ya lo tenía. Ahora, con treinta, sigue vivo, pero sin pletina. Allí escuchábamos Metallica, Manowar, Helloween. Nos sentíamos chulos con tanta energía guitarrera y creíamos que el mundo era para gente dura. Ahora sabemos que el mundo no es para nadie.

Se sienta al otro lado de la mesa, enchufa la radio, la deja entre nosotros y pone la música a mi alcance. Tú eliges, me dice. Yo hago el café, añade.. Miro a mi izquierda. El café sin hacer. No, no estaba esperándome, le digo.. Mira a su derecha. Suelta una carcajada. No, sólo te esperaba yo. Le pregunto por su padre.

-Se lo ha llevado mi hermana a su casa unas horas. Elige canción.-Se levanta y se pone manos a la obra.

Junto a mí tengo unos grandes éxitos de Nick Cave, uno de The Band y un recopilatorio hecho por él. Sin dudar descarto el recopilatorio y me decanto por The Band. Pongo el disco y le apunto mi extrañeza de que tome café. Me contesta sin mirarme, calentando el agua.

-Es que llevo un día extrañísimo. En mis días extraños tomo café y escucho a The Band, por ejemplo.

Y se calla y me callo. Termina de preparar el café, me sirve, se sirve y se sienta. No dice nada, toma sorbos breves y asiente con las canciones que escucha. Yo no abro la boca. Es su territorio, es su día extraño. No debo irrumpir ahora en preguntas. Sólo bebo, pienso en lo que estará haciendo Claudia ahora y en lo normal que es para mí un día como el que tengo. Pero no me preocupo ni lamento en silencio mi situación de precipicio de diseño. No, hago como él, me centro en The Band y en el ojo que tuvo Dylan para elegirlos. Hay decisiones tan acertadas que merecen un aplauso largo, aunque sean frutos de la suerte y no de la sabiduría. Vuelvo a mirar el calendario. Confirmo que es horrible. Me rasco mi rodilla derecha sin que me pique. Miro a Bruno. Me mira, sonríe, pega un trago. Carraspea, mira su reloj y habla. Habla de cosas que ya sé, de lo mal que le va el trabajo, de sus planes para largarse de Alicante para no volver, de lo mucho que quiere a su padre y lo poco que aguanta su presencia, de Laura, de lo puta que es, de que cree que está con otro, de que no la echa de menos, de que la borrachera de anoche no es por ella, sino por la risa. No me dice las cosas como yo os las muestro, pero la esencia es esa. Me habla de lo que siempre me habla. Acaba un café y se toma otro. Cada vez bebe y habla más deprisa. No dice lo que quiere decirme, pero no para de soltar palabras, frases que terminan en nada, como frenazos de coches que no llegan a estrellarse. Le interrumpo.

– ¿Para eso me has pedido que venga?¿Para tomar un café y vivir un deja-vú?

Me mira. Imagino su cerebro creando con esmero una respuesta contundente que me deje a mí en ridículo y a él en un pedestal del que jamás se bajará. Se acaricia la mejilla. Va a contestar, pero no lo hace. Se levanta y deja la cocina. No le sigo porque sé que volverá con alguna botella de las que malvive en su habitación, o con un paquete de tabaco, o con otros discos. Pasa un minuto y sigo aquí solo. Le llamo. Me dice que ya viene y aparece apoyado en la puerta. No trae ni discos, ni cigarros ni botellas. Pero se ha cambiado de ropa. Se ha puesto otra camiseta y su chaqueta vaquera. Pasará calor, pero no se lo digo.

– Venga, apaga la radio y vámonos, que aquí se está volviendo vulgar mi día extraño.

 Frente al portal de su casa, un chaval que parece inglés toca de lujo Fake Plastic Trees, pero Bruno tiene prisa y yo no quiero puñetazos musicales a estas horas de la tarde y fuera de mi celda. Así que esa guitarra llorosa y esa imitación convincente desaparecen cuando cruzamos Alfonso El Sabio.

    

 

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