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Archive for 29 abril 2009

No digas nada, chaval. Ni se te ocurra abrir la boca. Vuelve a tu sitio y sigue con Wordsworth y Coleridge.
Así. Y que viva el largo carnaval.
 
 

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Lo extraordinario puede aparecer en cualquier momento. Lo extraordinario puede ser triste, puede ser cómico, puede ser trágico, puede ser secreto.  Lo extraordinario puede ser cotidiano.Y puede empaquetarse en papel de recuerdo firmado con un lunes, o un martes, o un viernes. Si nuestra vida está llena de días de la semana, nuestra vida ha de estar llena de canciones sobre esos días.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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He dejado mis apuntes en doble fila y me he metido de nuevo en Doctor Pasavento, de Vila-Matas. Abandonar un buen libro a tu pesar es un delito no reconocido, pero escuece  como los archiconocidos.- Así que lo he abierto (el libro, no el delito. Abrir un delito es abrir la caja de los truenos) por donde lo dejé y veo que sigue la obsesión por desaparecer, por adoptar otro nombre, otro pasado, otro presente irreconocible bajo una misma apariencia física. Las consecuencias de ser un fantasma múltiple se desparraman ante mis ojos. Y leo y releo un fragmento que con esfuerzo( no se dobla el libro como quisiera) copio:
 
 
 "Fue una despedida muy veloz. Que Yvette no se hubiera creído que parte de mi juventud había transcurrido en el Bronx y que, además, hubiera considerado que Daisy Blonde era simplemte una invención, me confirmó que los otros nos obligan siempre a ser como ellos nos ven o como quieren vernos. En ese sentido,la presencia o compañía de los otros es perniciosa, reprime la plena libertad de la que deberíamos disponer para construirnos una personalidad e identidad adecuadas a nuestra forma de vernos a nosotros mismos. Pensar que somos lo que creemos ser es una de las fomas de la felicidad. Pero ahí están siempre los otros para vernos de otra manera e impedirnos la construcción de nuestra ilusa felicidad  e paso la construcción de nuestra personalidad favorita más compleja, por cierto, que la de un personaje de ficción".
 
 Y así transcurre el juego de espejos literario y vital(como si no fuera lo mismo) del narrador. Un juego en el que gana siempre la lucidez y la duda y en el que escucho, reiterativamente, aquel Vanishing Act de Lou Reed y aquellos deseos que algunos tienen de esconderse sin ser molestados.
Vuelvo a mis apuntes, me impongo una multa ejemplar que pagaré tarde y mal y me largo, que el camino de esta tarde está adquiriendo colores espesos y minutos largos; temo que ocurra lo que se dice en El Retrato de Dorian Gray, eso de que todos los caminos acaban en el mismo punto: la desilusión.
Canción de regalo:
 
 
 

 

 

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Se tumba.
Algo le cierra los ojos.
Escucha.
Y disecciona, sin saber cómo, cada susurro del bajo, cada llanto de esa guitarra, cada caricia de ese piano, cada beso del saxo, cada latido de la batería, cada abrazo del violonchelo, cada secreto de cada palabra, cada bolsillo de la voz. O cada llanto de la batería, o cada secreto de la guitarra, o cada susurro de esa piano, o cada caricia de la voz.
Todo es tan sencillo. Todo tan inexplicable. Lo llaman música, pero no tiene nombre.Como buen milagro humano.
 

     

 

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100% DE NADA

Cuando el olvido haga del pasado una tumba,
vas a ser las flores que ya no riegue nunca
y ojalá la amistad exista de verdad.

Voy a dar la vuelta al mundo sin salir de casa,
eso mientras tenga todavía alguna casa
la pizza está bajo la lluvia,
está mojada.

Mira parece que no pasa nada
eso depende tanto de la mirada
Es como la guita al final del arco iris.
Es el 100% de nada.

En el viento espero encontrar respuestas,
si no me bastan con las viejas respuestas
a las nuevas preguntas que no existen.
El 100% de nada.

Es como la guita al final del arco iris.
Está mojada.

  

PRESOS DE NUESTRA LIBERTAD

Estoy implicado en un tiempo complicado
tal vez por mi falta de compromiso.
No escuché el primer aviso
y tuve una oportunidad
y no la supe aprovechar.
Formo parte de una sociedad secreta
que todos conocen
de hombres fracasados
pero pueden disimular,
no sabemos cambiar
aunque a veces tenemos un hogar.
Nos vamos y nos abandonan a la vez
y a veces intentamos sobrevivir
a la vida definitiva
pero no servimos
para eso estamos presos de nuestra libertad.
Y poder elegir
nos hace sufrir
y ahora necesitamos nos queremos
pero queremos ser amados y nos tratamos mal
o también te da igual.
Esa es mi sociedad secreta que todos conocen
de hombres fracasados
que no saben disimular
pero no podemos cambiar
aunque a veces tengamos hora+++.
Presos de nuestra libertad
de aquellos besos
…aquellos besos.

  

 

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Ayer, o hace dos meses, ella cerró la puerta,apagó la luz y encendió el piano de Satie, bajó la persiana hasta el final y se metió en mi cama. Me abrazó como si hiciera frío y me dijo que sí, que entonces todo estaba bien, que sólo en el reino de las sombras se sentía insegura. Y disfrutaba sintiéndose insegura a mi lado. No sé lo que dije, pero sé lo que  hice. Besé su frente, acaricié sus brazos y cerré los ojos. Aquella noche tampoco. ¿Qué te pasa?

Hoy, o siempre, estoy en la cama sin ella, con la luz apagada pero la persiana atravesada por algunas luces y ruidos de afuera. La noche es para otros. Podría ponerme a imaginar paraisos o releer algún verso  de Cernuda. O podría, para calmarme, contar ovejas esquiladas o jugar a olvidarte. Pero me puede el sufrimiento. Estoy cómodo con él. Hablo de una comodidad alejada de lo que llamamos comodidad, una comodidad que la literatura no entiende. Podría salir de la cama, ponerme algo de ropa y salir, respirar, tomarme las cervezas que admita mi cabeza, vomitarlas luego. Podría hacerlo pero aquí me quedo. Todos reivindicamos la libertad a gritos, pero todos, alguna vez, preferimos quedarnos en esa prisión que es la cama, esos barrotes que son las lágrimas , que escondemos bajo las sábanas para que ningún objeto de nuestra habitación, ninguna farola o faro de coche de ahí afuera, sepa que llevas un rato desesperado, muriendo unas horas. Hasta que amanece, como siempre.

Y como siempre te duele ese rayo que pasa por tu mesilla, que viste tu armario y que araña las sábanas y tu bostezo. Te levantas. Tienes que levantarte. Desnudo sales de la habitación para verte en el espejo del baño. Todo igual. Te lavas la cara sin esperar milagros. Estiras todo el cuerpo y te produces más repulsión que un cuadro de Lucien Freud. Vuelves a la habitación, te pones los primeros vaqueros que ves, la camiseta que antes has pisado. También te pones el Blonde on Blonde. Te sientas en la cama con los pies en el suelo y tus brazos apoyados en las piernas. Te anima su comienzo festivo y tu cuerpo lo sabe. Pero a los pocos segundos te cansas del cabaret y cambias de canción. Tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic, tic.La 14. Sad eyed Lady of the Lowlands. No puedes evitarlo. Siempre tienes que mirar donde el espanto te da la bienvenida. Subes el volumen mucho. Mucho. Sales de la habitación, dejas la puerta abierta y cruzas el pasillo o lo que eso sea y llegas a la cocina y abres el frigorífico y pegas un trago a la botella de agua. Ya no te duele la garganta ni tienes la boca de mercurio. Te sigue doliendo la cabeza. Te sientas en la silla. Dylan sigue en tu cuarto, quemándote a traición. Pero ese calor te despierta. El reloj de la cocina dice que son las nueve, pero tú sabes que son las tres. Nunca más volverás a ponerle pilas. ¿Quieres que el tiempo se pare de una manera tan burda? No, sólo quiero que algo, aunque sean unas manillas, no avance, no retroceda, no note como crecen mis mentiras a ritmo endemoniado. Alguien te dijo que todo lo que crece explota, así que cuidado.

Se calla Dylan. Te tumbas en el sofá del salón.Y la televisión ejerce su poder: Un anuncio de compresas te hace sonreir. Nada más cómico que una menstruación idílica. Si sonríes has de salir,piensas, has de olvidar tus debilidades en algún lado. No te preocupes, no se perderán. Te siguen como cobradores del frac. Las debilidades pueden con todo. Las debilidades, cuando te alcazan ( y lo hacen cuando quieren) te llevan a tí como maletín. Pero desde hace unos segundos no están ahí. Lo aprovechas. Besas la tele.

Ya estás en la calle. Y ellos, ¿dónde están?

 

No pasas mucho tiempo buscando. No están en Diablos ni en Hueco. Sabes que no aparecerán aunque les llames. No hasta esta noche, así que deja el móvil  en el bolsillo. Ahora te toca fundirte con todo lo que ves, tratar de tragar cada uno de los sonidos del principio de una tarde de sábado. Te toca verte reflejado en escaparates de ropa que nunca te pondrías, coger la publicidad que te den, mirarla de reojo y tirarla en la primera papelera que encuentres.Te toca respirar esquinas manchadas de orín juvenil y vómitos de una noche revuelta, castigo irremediable que te da la ciudad por vivir donde vives. Te toca meterte en la librería de siempre, ojear frases que van, que vienen y que quizás recordarás más tarde. Oler como un drogadicto el perfume de las hojas nuevas. Comprar un libro al azar, más allá de gustos, modas o requiebros culturales. Salir de allí pronto, sospechando que en el billete de 10 euros que has dejado en el mostrador se va una de tus debilidades. Allí estará hasta que tenga hambre.

Te toca irte al puerto, sentarte en un banco, agradecer que una nube, de un tamaño que deja en ridículo al yate que se descojona frente a tí, haya cubierto al sol. Y sacar el libro de la bolsa, recrearte en una portada con un dibujo que te inquieta. ¿Quién es ese hombre, calvo como Kurtz, que me da su espalda ancha y que lleva una chaqueta en peligro de extinción, de color gris o verde? ¿ Qué escribe en ese cuaderno, ese trozo de papel o en la misma mesa de madera? ¿ Quién es el autor del cuadro que decora a duras penas la pared que él tiene enfrente? ¿Dónde está esa habitación? Quizás la respuesta esté dentro, en esa novela de César Beldanto, en esa “Crónicas de una duna”.

 Pero vuelve el sol a la acción, creyendo que marzo es agosto.Y a la vez, vibra mi pierna. Sin dejar de mirar la portada, saco el móvil, veo que es Bruno,dejo que Calamaro nos enseñe unos segundos a perder y descuelgo.

Y Bruno no habla, gruñe, como en todas sus resacas. Y entre gruñido y gruñido, quiere tomarse un café  conmigo y yo me extraño pero acepto su invitación. Le pregunto si le pasa algo y me esquiva con arte y excusa. En media hora en mi casa,dice, sin preguntar. Cuelga sin querer saber porqué narices no daba  yo señales de vida anoche. Cuelga sin haber sido él salvo en sus tiernos gruñidos. Imaginar a Bruno con un café, por mucha resaca que arrastre es tan improbable como preocupante. Él mata la resaca a pintas. Y los problemas nunca los saca de su boquita. Yo no estoy para dramas ajenos ni tardes profundas. Quiero mantener en lo posible la sonrisa que me nació ante la televisión, aguantarla viva a duras penas, hacerle el boca a boca si es necesario. Y estar aquí sentado hasta que anochezca o acabe el libro o me aburra de mí.

Pero me levanto, me estiro exactamente igual que hace un rato  pero con ropa y sin espejo y dejo el puerto y sus yates detrás. Vuelvo a pisar las mismas calles que antes, pero en sentido inverso y con un fin distinto. No es comparable andar para llegar al mediterráneo, por muy embadurnado que esté, que caminar para meterse en una claustrofóbica casa, con muebles de postguerra civil española y un padre-estatua aterrador. Prefiero mi celda nocturna, con mis cadenas perpetuas y masoquistas.

Un ding-dong y Bruno abre. El más alto y gordo de mis amigos. Y en breve el más calvo de todos. Con los ojos igual de pequeños y rojos que siempre, pero más vivo en persona que por teléfono. Me alegro. Me da la mano, se rasca la barba mientras parece sonreir y mira el libro, ya sin bolsa .

-Deja de leer de una vez, joder. Te vas a quedar ciego.

-A ver si es verdad. ¿ Y el café?.

-Esperándote. Entra en la cocina. Ahora voy yo.

Le veo perderse por el pasillo para meterse en la zona oscura: salón, su habitación, aseo. No se oye la televisión al fondo, no se ve el resplandor de sus imágenes. Me meto en la cocina, junto a la entrada. Me siento, miro el calendario más feo de la historia colgado de la pared junto a una bolsa con una barra de pan. Entra Bruno con su radiocassete y unos discos . Cuando le conocí, con trece años, ya lo tenía. Ahora, con treinta, sigue vivo, pero sin pletina. Allí escuchábamos Metallica, Manowar, Helloween. Nos sentíamos chulos con tanta energía guitarrera y creíamos que el mundo era para gente dura. Ahora sabemos que el mundo no es para nadie.

Se sienta al otro lado de la mesa, enchufa la radio, la deja entre nosotros y pone la música a mi alcance. Tú eliges, me dice. Yo hago el café, añade.. Miro a mi izquierda. El café sin hacer. No, no estaba esperándome, le digo.. Mira a su derecha. Suelta una carcajada. No, sólo te esperaba yo. Le pregunto por su padre.

-Se lo ha llevado mi hermana a su casa unas horas. Elige canción.-Se levanta y se pone manos a la obra.

Junto a mí tengo unos grandes éxitos de Nick Cave, uno de The Band y un recopilatorio hecho por él. Sin dudar descarto el recopilatorio y me decanto por The Band. Pongo el disco y le apunto mi extrañeza de que tome café. Me contesta sin mirarme, calentando el agua.

-Es que llevo un día extrañísimo. En mis días extraños tomo café y escucho a The Band, por ejemplo.

Y se calla y me callo. Termina de preparar el café, me sirve, se sirve y se sienta. No dice nada, toma sorbos breves y asiente con las canciones que escucha. Yo no abro la boca. Es su territorio, es su día extraño. No debo irrumpir ahora en preguntas. Sólo bebo, pienso en lo que estará haciendo Claudia ahora y en lo normal que es para mí un día como el que tengo. Pero no me preocupo ni lamento en silencio mi situación de precipicio de diseño. No, hago como él, me centro en The Band y en el ojo que tuvo Dylan para elegirlos. Hay decisiones tan acertadas que merecen un aplauso largo, aunque sean frutos de la suerte y no de la sabiduría. Vuelvo a mirar el calendario. Confirmo que es horrible. Me rasco mi rodilla derecha sin que me pique. Miro a Bruno. Me mira, sonríe, pega un trago. Carraspea, mira su reloj y habla. Habla de cosas que ya sé, de lo mal que le va el trabajo, de sus planes para largarse de Alicante para no volver, de lo mucho que quiere a su padre y lo poco que aguanta su presencia, de Laura, de lo puta que es, de que cree que está con otro, de que no la echa de menos, de que la borrachera de anoche no es por ella, sino por la risa. No me dice las cosas como yo os las muestro, pero la esencia es esa. Me habla de lo que siempre me habla. Acaba un café y se toma otro. Cada vez bebe y habla más deprisa. No dice lo que quiere decirme, pero no para de soltar palabras, frases que terminan en nada, como frenazos de coches que no llegan a estrellarse. Le interrumpo.

– ¿Para eso me has pedido que venga?¿Para tomar un café y vivir un deja-vú?

Me mira. Imagino su cerebro creando con esmero una respuesta contundente que me deje a mí en ridículo y a él en un pedestal del que jamás se bajará. Se acaricia la mejilla. Va a contestar, pero no lo hace. Se levanta y deja la cocina. No le sigo porque sé que volverá con alguna botella de las que malvive en su habitación, o con un paquete de tabaco, o con otros discos. Pasa un minuto y sigo aquí solo. Le llamo. Me dice que ya viene y aparece apoyado en la puerta. No trae ni discos, ni cigarros ni botellas. Pero se ha cambiado de ropa. Se ha puesto otra camiseta y su chaqueta vaquera. Pasará calor, pero no se lo digo.

– Venga, apaga la radio y vámonos, que aquí se está volviendo vulgar mi día extraño.

 Frente al portal de su casa, un chaval que parece inglés toca de lujo Fake Plastic Trees, pero Bruno tiene prisa y yo no quiero puñetazos musicales a estas horas de la tarde y fuera de mi celda. Así que esa guitarra llorosa y esa imitación convincente desaparecen cuando cruzamos Alfonso El Sabio.

De nuevo en el Barrio. Pasamos por la puerta de mi casa pero ni pensamos en entrar. No es buena hora para el Hueco, así que vamos al Hueco, que nos saluda con el estribillo de Children of the Revolution.

  Siempre con su luz escasa, su madera, sus seis mesas pocas veces llenas. Sólo un tipo en la barra, una pareja sentada en la primera mesa y al fondo, sin esperar nada más que su Jack Daniels y su hielo, El Flaco, con ese traje y camisa del mismo negro que dejaron de estar impolutos antes de que yo supiera sumar.  Flaco por su físico, coronado por un desastroso bosquejo de hierbas blancas que cubren unos pequeños ojos azules y una boca escasa que se abre sólo dos o tres veces al día, con una voz grave y arrugada, para soltar proclamas, citas, frases propias o ajenas. Pocas veces repite, salvo cuando habla de El Quijote. Entonces dice, con una mezcla asombrosa de solemnidad y desgana:

– El amor todo lo iguala. Lo dijo el Hidalgo y yo añado que lo mismo pasa con el alcohol. Os iguala. Os vuelve a todos igual de gilipollas.

Y luego se refugia en el silencio. Hasta otro rato. No se puede conversar con él, no se le puede pedir consejo. Él habla cuando quiere, a quien quiere y como quiere. Deja las palabras en el aire para que las recoja quien tenga  valor. Siempre parece estar más alto que los que pasamos por allí. Y cuando nosotros pasamos por allí, tenemos que atravesar el bar y acercarnos a él. Por el camino miramos a la izquierda y le pedimos a Lucio dos pintas. Ya estamos en su mesa y sin sentarnos le saludamos.Se moja los labios de whisky y, como sabio animal de costumbres que es, nos mira como si fueramos transparentes. No suelta el vaso de su mano izquierda ni su Ducados de su derecha.

– ¿Todo bien, Flaco?- le digo esperando su regalo.

– Jóvenes.- Pega una calada que supera al tiempo.- Tenedlo claro:  Hay mundos pueriles que merecen una bomba en la plaza mayor de la conciencia.

Vuelve a bajar la cabeza. Señal de que sobramos. Nuestro lugar es la barra y allá vamos, por si la bomba estalla. Dos pintas frescas. Cuando voy a sentarme me arrepiento, dejo el libro en manos de Bruno y voy al aseo, junto al altar del Flaco. Meo, me lavo la cara, miro el espejo y  de repente se estrecha todo a una velocidad imperceptible. Algo pasa. La cruda realidad me agarra y me harto en silencio de ser yo quien cuenta en un raro directo cosas sesgadas y de una burda manera. Sé que la verosimilitud y la fuerza que se busca con la primera o segunda persona del singular se desvanece cuando lo que ocurre dentro y fuera carece de interés no por lo que ocurre, sino por cómo se cuenta lo que ocurre. Quisiera ser capaz de hacer un tratado antropológico a partir de una conversación sobre el calor que hace este año en esta ciudad. Pero no puedo. Sé que me he dado cuenta tarde y reacciono de forma brusca. Pero uno no elige sus reacciones y menos con la cara mojada. Desde ahora, y sin borrar lo ya dicho porque ya ha sido leido, cedo avergonzado el testigo a un narrador en tercera persona, omnisciente o no, según el momento. No miento si digo que ha sido dificil encontrar a alguien dispuesto a tomar las riendas de tamaña chapuza, manteniendo en lo posible el estilo deficiente (coherencia hasta en las ruinas), pero logrando acceder  mejor en las entrañas de lo que acontezca. Pero los callejones de las letras traen sorpresas y aquí lo traigo.Vosotros no lo veis, pero él ve lo suficiente. Y él decidirá dónde poner el ojo, dónde las sobras del plato, dónde el rumbo de los pasos que daré o darán, las palabras que ahora diré o dirán o los precipicios y valles que adornarán mi periplo y el del resto de figurantes o piezas clave. Que haya suerte. Y si no, culpadle a él, que yo sólo soy, desde ahora, una marioneta con sed.

Oigo Such a Night. Destapo mi mejor sonrisa. Salgo.

                              

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Dos horas de montaña rusa catódica y madridista. Antes, un paseo entre libros que sólo toqué y entreví. Y después, que es ahora,una cama y asaltos.
Nada nuevo, a menos que el cielo se ponga rojo, mi cara contenta y el día perfecto.
Y tras este amago de diario adolescente, a lo de siempre, al lugar donde la exageración es un grado. Como en la política, la infancia, Camela y los bares. O como en los silencios sobreactuados.
 
 Microrrelato publicado en El País con motivo del Día del Libro:
 

Don Nadie

Sin noticias del mundo. Hasta su fiel espejo dejó de darle pistas y se convirtió en una rectángula lágrima de cristal.

 Y es que mintió tanto que se olvido de quién era.

C.D.G

      

 

      

      

(Yo traduciría wise up como espabila, pero…)

      

 

 

 
 

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