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Archive for 5/04/09

Una amiga tiene un amigo que escribe, dirige y protagoniza una obra de teatro. Quiero verla. Pues vente. Y voy. Y se llama Con charcos en los ojos. Y la representan en el pequeñito Arniches. Y trata de un tema tan antiguo como el amanecer: el fin del amor, la ruptura. Sus consecuencias. ¿Falta algo por decir sobre ese tema? ¿No se ha tratado ya lo suficiente en la literatura, la música o el cine?Pues sí. Por eso sólo puede afrontarse con originalidad, verosimilitud y una pizca de talento que Alberto Giner ( El hacedor de la cosa) tiene.
Dos hombres, dos mujeres. Jovenes. Él con ella, ella con ella, ella con él, él con él. Da igual: todos pasan por lo mismo, todos se creen diferentes al resto pero todos acaban sufriendo, pidiendo perdón o no aceptándolo, siendo los malos y los buenos de la película a la vez.Todos somos iguales. Y entonces aparece la mencionada originalidad, el talento al descubierto . Bastan cuatro cubos que sirven de cama, escondite o altar para que desde ellos o junto a ellos se expulsen verdades varias, tragedias con aire griego que acaban en sonrisa o carcajada, sonrisas prolongadas que se hielan con un recuerdo o un puñetazo en el horizonte de cada uno. Porque todo es relativo. Junto a esos cubos, o desde ellos, los cuatro personajes necesitados cruzan palabras (cobarde, lo siento, no, porqué, por favor, amor, nada)  que van hacia un lugar pero llegan a otro. O a ninguna parte porque no hay nadie esperando. Están los cuatro bailando en una curiosa coreografía en vías distintas de tren que no se cruzan, que no se miran, pero que al final chocan  creando una polifonía tragicómica de sentimientos teñidos de las sombras que regalan los focos y de la música mágica de Klaus and Kinski.
Cierto es que al estar dividida la obra en capítulos, en varias fases del quebranto, es muy dificil mantener el tono alto en todo momento. Alguos momentos cómicos funcionan mejor que otros, algunos instantes dramáticos se alargan algunos segundos más de lo necesario, y las actrices están, en mi ignorante opinión, un par de escalones por debajo de los convicentes y carismáticos actores.Pero la balanza se decanta por la parte del triunfo. Y el público rie y contiene la respiración y se identifica en mayor o menor medida (con el pellizco incómodo que eso conlleva) y al final entiende que el ser humano ( o lo que seamos), en mitad del dolor, debe tirar el paraguas al abismo del pasado y dejarse mojar por las gotas de lluvia. Y chapotear como niños en los charcos que crecen en los ojos. Con la sonrisa que todos merecemos y que no todos tenemos. Cosas de cada uno.
 
Nota: Tras la obra, inesperada sesión de chupitos con fuego o boca abajo o desconocidos con mi amiga y su compañía. Y risas. Y llegué a casa con mejor cabeza y menos laberintos que el viernes. En fín.
    

    

 

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