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Archive for 31 julio 2009

" Las mujeres no necesitan ser realistas".
 
   Oído en la película Noche y Día, de Hong Sang Soo. Y como se clavó la frase en mi cabeza, la clavo aquí, sin saber si estoy de acuerdo con ella o no, pero consciente de la fuerza de sus palabras. Uno se imagina sin la necesidad de realismo crudo y le aparecen dos opciones: o se asusta o levita de felicidad. Cuando se habla de realismo, de su ausencia, del poder de la fantasía y de la posibilidad de vivir en otro nivel intelectual o sencillamente visceral, más allá de lo que definimos como realidad, giro la cabeza y atiendo, ya sea para discrepar o aplaudir. Otra cosa es la diferencia entre realidad y verdad, lo que hay de verdad en la realidad y lo cierto que esconde la ficción. Pero para eso ya está el Doctor Pasavento y cientos de libros y hogueras previas.
  Lo que sí pienso es que los niños no necesitan ser realistas. Sólo cuando dejan de ser niños. Es el peaje a pagar para acceder a ese bache llamado madurez.
  Lo que sí pienso es que los peajes no necesitan ser realistas.
 
 
 
 
 
  
 
 
 
 

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Encerrarse. A voluntad propia.
No has matado a nadie,
no has robado el mes de Abril.
Pero te encierras.
Dices dos verdades, dices dos mentiras,
una de ellas dolorosa,
y te encierras.
Hasta que salga el sol por algún lado de tu sueño.
Hasta que la almohada marchite otra gaviota calva.
Te encierras por necesidad.
Por odio temporal a lo natural,
a la palmada en la espalda,
a la espada del cielo,
al hielo de los bares,
a los mares de los ojos,
a los despojos de otro
que no es nadie más que tú mismo
cuando tú mismo eres tan distinto a tí.
Y escuchas canciones tan hirientes que las escondes.
Y te rindes cada hora en la batalla del tiempo.
Pero no es legal la cadena perpetua.
Mañana, o tras cualquier chispazo de hoy, saldrás,
pisarás el suelo que te dio de dormir.
Y no se quejará.
Aprende.
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Me lo quedo y lo firmo como propio.
Esto sí es robo y delito.
C.D.G
 
 
 
 
 
Con colaboración en la letra de Caballero-Bonald:
 

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John Cazale. El secundario discreto de frente interminable. El actor sin nombre pero con huella. La Conversación, Tarde de Perros y El Padrino. Siempre El Padrino. Detrás de Brando, Pacino, Duvall o De Niro. La oveja negra de la familia más negra. Protagonista de uno de los momentos más memorables del cine de los últimos cincuenta años: ese beso simbólico, que presagiaba una muerte, allí, a lo lejos, en el lago de las venganzas. John Cazale ha muerto ahora. Se va con Fredo.
 
C.D.G
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      Lo había oído muchas veces en la televisión. Como él decía: Tropecientas en los últimos días. Así que se levantó del suelo y entró a la cocina, que olía a tortilla española, y preguntó a su madre:
    – Mamá, todos los que mueren aquí de la gripe esa tienen patología de base, ¿verdad?.
     La madre rió la ocurrencia y optó por la sinceridad:
    – Sí, hijo, la mayoría sí.
    – ¿Y yo tengo patología de base?
    – No, tú no.
    – ¿Por qué?
    – Porqué eres mi niño.
    El niño se entristeció, se encerró en su habitación y no sacó la cabeza de debajo de la almohada en toda la tarde.
 
   C.D.G.
 
 
 

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Leo el lunes el periódico del domingo. En él veo una fotografia de Einstein escribiendo en una pizarra una de sus históricas teorías. Pero él no mira la pizarra. Su cabeza se ha girado y mira al fotografo, a nosotros, mientras su mano derecha sigue agarrada a la tiza y la tiza pegada a la pizarra. Recibo entonces uno de esos chispazos que, sin llamar a la puerta, te asaltan. Y recuerdo una anécdota de mi sexto o séptimo de EGB pero olvido a sus protagonistas. La última vez que recordé ese momento sabía quién era quién. Ya no. Ahora sólo sé que uno de mis profesores se enteró de que un alumno de mi clase escribía el número seis de una forma distinta a la mayoría del mundo. A diferencia de nosotros, el alumno comenzaba el 6 por la tripa y lo acababa por el rabito. Herejía, según el profesor, que le citó a la hora del recreo a quedarse en clase y llenar la pizarra de seises que comenzaran por el rabito. Como Dios manda. Cuando llegué del patio y vi tanto seis amontonado me vino un pensamiento satánico y una pregunta: ¿Acaso es tan importante la forma de empezar una cosa si el resultado final es idéntico al del resto?
Ahora me pregunto: ¿Tendré que castigarme y llenar con tiza las paredes de mi casa (blanco sobre blanco) con todo aquello que he empezado de manera  poco normal (peligrosa palabra) si el resultado final es, inevitablemente, desastroso?
¿Podré entonces salir al patio a correr, reir, sudar y morder de una vez la magdalena de Proust?
Vuelvo a mirar a Einstein. Juraría que me ha mandado a la mierda.
 
C.D.G
 
Y ahora, canciones bonitas contra el calor.
 
 
 

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Letra:
Venga, despliega tus barcos a mi alrededor
Y baja tus puentes
Nosotros hacemos un poco de historia
Cada vez que tú te acercas

Venga suelta tus perros sobre mi
Y deja que tu pelo cuelgue
Tú eres un pequeño misterio para mí
Cada vez que te acercas

Nosotros hablamos de ello toda la noche
Definimos nuestra base moral
Pero cuando me arrastro para deslizarme entre tus brazos
Todo comienza a derrumbarse

Venga despliega tus barcos a mi alrededor
Y baja tus puentes
Nosotros hacemos una pequeña historia
Cada vez que tú te acercas

Tu cara ha decaído triste ahora
Porque tu sabes que el momento está cerca
En que yo debo retirarte las alas
Y tú, tú debes intentar volar

Venga despliega tus barcos a mi alrededor
Y baja tus puentes
Nosotros hacemos un poco de historia
Cada vez que tú te acercas

Venga suelta tus perros sobre mi
Y deja que tu pelo cuelgue
Tu eres un pequeño misterio para mí
Cada vez que tú llamas cerca.

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Cerca del cielo ha habido risas, tragos, carne.
Ha habido un silencio,
una reflexión escondida.
Una decisión:
Hasta que pises tu suelo, ríe.
Ríe hasta sorprenderte.
Ríe hasta que rías de verdad.
Ríe hasta que sepan que ríes.
Ríe hasta que rían.
Hasta que no se sorprendan,
hasta que te reconozcan:
Es él.
Que oigan en tí palabras de circo.
Hasta que acabe la función,
se apaguen los focos
y la carcajada se vaya sin avisar
con el ruido de vasos y pisadas.
Lejos del cielo, otro.
Lejos del cielo las estrellas siguen inalcanzables.
 
C.D.G
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Subo las escaleras de mi casa
despacio, descontento, taciturno.
Tan sólo un pensamiento me conforta:

Las casas están llenas de frustrados.
De seres, como yo, sin aptitudes
para ser singulares en enjambres
pese a aspirar brillara su luz propia.

Y poco a poco fueron acogiéndose
a un amor, profesión, final destino
que no era el que anhelaran. Y están solos.

 
J.M. FONOLLOSA
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Hay tres tipos de personas:
Los que creen que las puertas están para abrirse; los que piensan que las puertas están para cerrarse.
Y los que no saben que hacer con las puertas.
C.D.G.
 
Algunas películas acaban antes del cartel de: The End.
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ETCÉTERA…
 

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El mecanismo que sostiene el rigor establecido por nuestros delirios se derrite como un reloj daliniano y se desliza por tu frente hasta tapar tus ojos, que te escucen tanto que lloras, que te irritan tanto que gritas.
Y te oigo. Y con la mayor de mis desvergüenzas me calzo mi peor moral y te alcanzo. Me río por el mecanismo que cubre tu cara. Me río por tu llanto infantiloide.
Y quieres mirarme. Pero no puedes. Te limitas a mover los brazos, a cagarte en mi sombra. Te digo que, sin embargo, compartimos una cosa: la incredulidad y una pared sin pintar. "Eso son dos cosas, hijo de puta", me dices sin dejar de llorar y gritar. No, es sólo una.
 
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Ojalá nadie lo hubiera visto, ojalá estuviera sólo, pero al bajar la guardia y abrir el suelo, todos supieron que todas las palabras del mundo cabrían en aquel silencio. Pero nadie dijo nada. Como siempre.
 
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Es complicado aullar desde la garganta de una hormiga
pero las aceras se muestran generosas con tu vuelo.
Intenciones de bolígrafos sin tinta y un florero seco
se tapan los ojos con nubes de un domingo a treinta grados.
Le duele el dedo que le besaron.
Le duele porque se lo besaron.
Le duele porque ya no lo besan.
Pero se puede escribir con una mirada
y un par de dramas.
Se puede peinar una lágrima con una exageración
y tu risa preferida.
 
Es complicado aullar desde la garganta de una hormiga
pero el árbol tuerce sus ramas hasta alcanzarte.
Viejas grabaciones en vhs y promesas en globos de agua
estallan como fuegos naturales en la fiesta del miedo.
Le duele el sol que le regalaron.
Le duele porque no sabe abrazarlo.
Le duele porque lo guardó en el hielo
que enfría los whiskys on the tears.
 
Cualquiera que haya sido vencido lo sabrá:
peor que la derrota es
ver la victoria en el otro
y el dibujo en el aire de su orgullo,
caminante sin muro,
sin palmas de manos con líneas donde leer el pasado
y secuestrar el futuro.
 
Es complicado aullar desde la garganta de la luna insomne,
pero desde allí ves a todos los dioses apuñalados en sus templos,
pero siempre hay nubes de un domingo que te esconden,
para que grites sin visitantes.
Para que tu voz sea el eco de tus silencios.
Y tu silencio, nada más que libertad.
 
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Hubo una ciudad, ya olvidada,
donde todas las tristezas
acababan en suicidio.
No era raro oir un tiro a la hora de la cena.
No era extraña una bañera con dos muñecas abiertas.
No era raro un último grito ahogado en alguna cuerda.
 
Los relojes seguían su curso.
En esa ciudad, ya olvidada,
todas las lágrimas
formaron un río.
Ellas pusieron el nombre
que nadie nunca osó decir.
Había quien reía en público y se hundía a solas.
Había quien caminaba a solas para sufrir con todos.
La taberna siempre estaba llena,
pero sólo bebían los felices.
Los tristes se sentaban en otro lado,
miraban el suelo con las manos en las mejillas y pensaban o volaban,
hasta acabar en suicidio.
Hubo una ciudad, ya olvidada,
que apenas mantiene
dos piedras,
un río seco,
y un olor a alivio en cada una de sus sombras.
Y la sueñas cada noche
con los ojos de quien te borrará.
 
————————————–
 
En el agujero más frío del verano
se escriben aves sin alas y con nombre de canción.
Se dibujan cúpulas quebradas.
Se piensan escalones de agua.
Y allí tiritan los besos con dientes,
las semillas y tus tragos.
Allí la justicia te destroza el pecho de tu imaginación.
Allí arde el pomo de la puerta del agujero más frío del verano.
Y no serán de nadie
los poemas que recite,
las sonrisas que enseñe,
los pasos que no dé,
las noches que a solas muerda.
De nadie será lo que fue de nuestras manos.
 
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Diez años antes de nacer, tres hombres volaron a toda velocidad a la luna, para cumplir el sueño de escritores, presidentes y ambiciosos. Para dejar al mundo con la boca abierta, a los rusos temblando de miedo y a los malpensados con teorías disparatadas.
Diez años antes de nacer, el mundo dejó de ser un mapamundi para convertirse en un mapa con sucursal galáctica. Todos miraban al cielo para creerse lo que veían por televisión.
Treinta años después de nacer nadie ha vuelto a dar, en esos cráteres, pequeños pasos para el hombre, grandes pasos para la humanidad.
Cuarenta años después hablamos por teléfono móvil, volamos por internet. Y los que nacieron ayer no se asombran con un paseo por la luna. Pero siguen temblando con un beso, con una acaricia en el filo de lo inesperado, con un susurro en mitad del ruido, con una respiración ajena pegada a la piel propia, con la lágrima más triste de la historia, con el silencio de la voz que necesitas, con la felicidad fugaz, con la tristeza merecida. Grandes pasos para el hombre.
 
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Un enjambre de poemas en la puerta del salón. Lo agito, lo golpeo a ciegas, como a la piñata de mi octavo cumpleaños. Y ruge la marabunta. O el abismo individual. Y los versos vuelan a mi alrededor y pican mis brazos y queman mi sangre y humedecen mis ojos. Entre el dolor y el éxtasis, impregnado de soledad, recito en susurros cicatrices y suspiro endecasílabos, haikus y rima libre que esclavizo desde el sofá.

No busco antídoto más allá de las palabras y el ridículo. Me tapo las manos pero sigo recitando, ahora a gritos, en alemán de Goethe, en inglés de Blake, en español de mis lamentos. 

Hasta que me canso y cierro los ojos y consigo dormir y sueño con un cigarro apagado en la orilla de mi balcón. Y yo soy el aire entre ellos.

Despierto, miro el enjambre. Intacto, como recién salido de lo salvaje. Me levanto, lo agito, lo golpeo a ciegas.

Ay.

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C.D.G.

 

 

 

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¿Creep?

 

 

 

 

 

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CAE EL SOL

Perdóname. No volverá a ocurrir.
Ahora quisiera
meditar, recogerme, olvidar: ser
hoja de olvido y soledad.
Hubiera sido necesario el viento
que esparce las escamas del otoño
con rumor y color.
Hubiera sido necesario el viento.

Hablo con humildad,
con la desilusión, la gratitud
de quien vivió de la limosna de la vida.
Con la tristeza de quien busca
una pobre verdad en que apoyarse y descansar.
La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor-,
don gratuito, porque nada merecí.

¡Y la verdad! ¡Y la verdad!
Buscada a golpes, en los seres,
hiriéndolos e hiriéndome;
hurgada en las palabras;
cavada en lo profundo de los hechos
-mínimos, gigantescos, qué más da:
después de todo, nadie sabe
qué es lo pequeño y qué lo enorme;
grande puede llamarse a una cereza
( "hoy se caen solas las cerezas",
me dijeron un día, y yo sé por qué fue ),
pequeño puede ser un monte,
el universo y el amor.

Se me había olvidado algo
que había sucedido.
Algo de lo que yo me arrepentía
o, tal vez, me jactaba.
Algo que debió ser de otra manera.
Algo que era importante
porque pertenecía a mi vida: era mi vida.
(Perdóname si considero importante mi vida:
es todo lo que tengo, lo que tuve;
hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido
a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,
colgado en el vacío,
sin esperanza.)

Pero se me ha borrado
la historia (la nostalgia)
y no tengo proyectos
para mañana, ni siquiera creo
que exista ese mañana (la esperanza).
Ando por el presente
y no vivo el presente
(la plenitud en el dolor y la alegría).
Parezco un desterrado
que ha olvidado hasta el nombre de su patria,
su situación precisa, los caminos
que conducen a ella.
Perdóname que necesite
averiguar su sitio exacto.

Y cuando sepa dónde la perdí,
quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale
tanto como la vida para mí, que es su sentido.
Y entonces, triste, pero firme,
perdóname, te ofreceré una vida
ya sin demonio ni alucinaciones.

De "Libro de las alucinaciones" 1964

JOSÉ HIERRO.

 

Un enjambre de poemas en la puerta del salón. Lo agito, lo golpeo a ciegas, como a la piñata de mi octavo cumpleaños. Y ruge la marabunta. O el abismo individual. Y los versos vuelan a mi alrededor y pican mis brazos y queman mi sangre y humedecen mis ojos. Entre el dolor y el éxtasis, impregnado de soledad, recito en susurros cicatrices y suspiro endecasílabos, haikus y rima libre que esclavizo desde el sofá.

No busco antídoto más allá de las palabras y el ridículo. Me tapo las manos pero sigo recitando, ahora a gritos, en alemán de Goethe, en inglés de Blake, en español de mis lamentos. 

Hasta que me canso y cierro los ojos y consigo dormir y sueño con un cigarro apagado en la orilla de mi balcón. Y yo soy el aire entre ellos.

Despierto, miro el enjambre. Intacto, como recién salido de lo salvaje. Me levanto, lo agito, lo golpeo a ciegas.

Ay.

 

C.D.G

 

 

 

 

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