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Archive for 24/07/09

El mecanismo que sostiene el rigor establecido por nuestros delirios se derrite como un reloj daliniano y se desliza por tu frente hasta tapar tus ojos, que te escucen tanto que lloras, que te irritan tanto que gritas.
Y te oigo. Y con la mayor de mis desvergüenzas me calzo mi peor moral y te alcanzo. Me río por el mecanismo que cubre tu cara. Me río por tu llanto infantiloide.
Y quieres mirarme. Pero no puedes. Te limitas a mover los brazos, a cagarte en mi sombra. Te digo que, sin embargo, compartimos una cosa: la incredulidad y una pared sin pintar. "Eso son dos cosas, hijo de puta", me dices sin dejar de llorar y gritar. No, es sólo una.
 
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Ojalá nadie lo hubiera visto, ojalá estuviera sólo, pero al bajar la guardia y abrir el suelo, todos supieron que todas las palabras del mundo cabrían en aquel silencio. Pero nadie dijo nada. Como siempre.
 
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Es complicado aullar desde la garganta de una hormiga
pero las aceras se muestran generosas con tu vuelo.
Intenciones de bolígrafos sin tinta y un florero seco
se tapan los ojos con nubes de un domingo a treinta grados.
Le duele el dedo que le besaron.
Le duele porque se lo besaron.
Le duele porque ya no lo besan.
Pero se puede escribir con una mirada
y un par de dramas.
Se puede peinar una lágrima con una exageración
y tu risa preferida.
 
Es complicado aullar desde la garganta de una hormiga
pero el árbol tuerce sus ramas hasta alcanzarte.
Viejas grabaciones en vhs y promesas en globos de agua
estallan como fuegos naturales en la fiesta del miedo.
Le duele el sol que le regalaron.
Le duele porque no sabe abrazarlo.
Le duele porque lo guardó en el hielo
que enfría los whiskys on the tears.
 
Cualquiera que haya sido vencido lo sabrá:
peor que la derrota es
ver la victoria en el otro
y el dibujo en el aire de su orgullo,
caminante sin muro,
sin palmas de manos con líneas donde leer el pasado
y secuestrar el futuro.
 
Es complicado aullar desde la garganta de la luna insomne,
pero desde allí ves a todos los dioses apuñalados en sus templos,
pero siempre hay nubes de un domingo que te esconden,
para que grites sin visitantes.
Para que tu voz sea el eco de tus silencios.
Y tu silencio, nada más que libertad.
 
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Hubo una ciudad, ya olvidada,
donde todas las tristezas
acababan en suicidio.
No era raro oir un tiro a la hora de la cena.
No era extraña una bañera con dos muñecas abiertas.
No era raro un último grito ahogado en alguna cuerda.
 
Los relojes seguían su curso.
En esa ciudad, ya olvidada,
todas las lágrimas
formaron un río.
Ellas pusieron el nombre
que nadie nunca osó decir.
Había quien reía en público y se hundía a solas.
Había quien caminaba a solas para sufrir con todos.
La taberna siempre estaba llena,
pero sólo bebían los felices.
Los tristes se sentaban en otro lado,
miraban el suelo con las manos en las mejillas y pensaban o volaban,
hasta acabar en suicidio.
Hubo una ciudad, ya olvidada,
que apenas mantiene
dos piedras,
un río seco,
y un olor a alivio en cada una de sus sombras.
Y la sueñas cada noche
con los ojos de quien te borrará.
 
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En el agujero más frío del verano
se escriben aves sin alas y con nombre de canción.
Se dibujan cúpulas quebradas.
Se piensan escalones de agua.
Y allí tiritan los besos con dientes,
las semillas y tus tragos.
Allí la justicia te destroza el pecho de tu imaginación.
Allí arde el pomo de la puerta del agujero más frío del verano.
Y no serán de nadie
los poemas que recite,
las sonrisas que enseñe,
los pasos que no dé,
las noches que a solas muerda.
De nadie será lo que fue de nuestras manos.
 
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Diez años antes de nacer, tres hombres volaron a toda velocidad a la luna, para cumplir el sueño de escritores, presidentes y ambiciosos. Para dejar al mundo con la boca abierta, a los rusos temblando de miedo y a los malpensados con teorías disparatadas.
Diez años antes de nacer, el mundo dejó de ser un mapamundi para convertirse en un mapa con sucursal galáctica. Todos miraban al cielo para creerse lo que veían por televisión.
Treinta años después de nacer nadie ha vuelto a dar, en esos cráteres, pequeños pasos para el hombre, grandes pasos para la humanidad.
Cuarenta años después hablamos por teléfono móvil, volamos por internet. Y los que nacieron ayer no se asombran con un paseo por la luna. Pero siguen temblando con un beso, con una acaricia en el filo de lo inesperado, con un susurro en mitad del ruido, con una respiración ajena pegada a la piel propia, con la lágrima más triste de la historia, con el silencio de la voz que necesitas, con la felicidad fugaz, con la tristeza merecida. Grandes pasos para el hombre.
 
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Un enjambre de poemas en la puerta del salón. Lo agito, lo golpeo a ciegas, como a la piñata de mi octavo cumpleaños. Y ruge la marabunta. O el abismo individual. Y los versos vuelan a mi alrededor y pican mis brazos y queman mi sangre y humedecen mis ojos. Entre el dolor y el éxtasis, impregnado de soledad, recito en susurros cicatrices y suspiro endecasílabos, haikus y rima libre que esclavizo desde el sofá.

No busco antídoto más allá de las palabras y el ridículo. Me tapo las manos pero sigo recitando, ahora a gritos, en alemán de Goethe, en inglés de Blake, en español de mis lamentos. 

Hasta que me canso y cierro los ojos y consigo dormir y sueño con un cigarro apagado en la orilla de mi balcón. Y yo soy el aire entre ellos.

Despierto, miro el enjambre. Intacto, como recién salido de lo salvaje. Me levanto, lo agito, lo golpeo a ciegas.

Ay.

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C.D.G.

 

 

 

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