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Archive for 30 noviembre 2009

Viejas leyendas chinas hablan de los tres monos místicos. Uno de ellos se tapa con sus manos los ojos, otro la boca, otro los oídos. Para no ver, para no hablar, para no oir. La leyenda va más allá de mis pinceladas, puede verse en alguna página fiable de internet. Pero recurro a esos tres monos como también lo hace Nuri Bilge Ceylan, turco, para contar, en su Tres Monos, una historia tan bella como axfisiante, dolorosa. Puro horror y culpa en tres personajes, madre, padre e hijo, que como primates que son, que somos, se esconden, de maneras distintas, de la corrupción que más que salpicarles les baña de sudor, la infidelidad, la verdad. Todo por estirar la mentira y vestirse, cada mañana, con el traje de la dignidad. Pero todo traje, con el tiempo, se desgasta, se rompe, se tira. Y entonces queda al descubierto la verdad: todos tenemos precio. Todos llevamos una bomba dentro. Y casi todas las bombas estallan, suene o no el estallido.
Ceylan dirige este triángulo combinando como un maestro primeros planos (podemos acariciar las lágrimas, podemos oler sus pieles) con planos estáticos, más lejanos, donde las marionetas apenas van de puerta en puerta en esa pequeñísima casa con azotea. Una casa que es un laberinto claustrofóbico. La azotea, con vistas al mar y a un tren omnipresente, no ayuda a aliviar la angustia. El cielo también trae truenos e insatisfacción.
Ceylan, con tres actores convincentes, rueda cada escena como si la tensión fuera a desbordar por algún lado en cualquier momento, sabe como jugar con el tiempo sabiendo que con el tiempo no se juega,tampoco en el cine, donde su mal uso puede llevar al  espectador al aburrimiento por defecto de acción o por exceso. O con otras palabras: al ridículo. No es el caso ¿He dicho antes tensión?Sí. Esa es la palabra: tensión. Tensión y miedo. Miedo tan real como una piedra. Tan real que nosotros, desde la butaca, queremos taparnos los ojos, los oidos, la boca. Pero vemos todo, pero oímos todo. Pero lanzamos un suspiro amargo al final de la película, sabiendo  que  para algunos no hay salvación que valga. Que el mundo es tan maravilloso como cruel. 
 
  
 

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A veces un periódico ( en este caso El País) te arregla la mañana. Sin haber subido la persiana desde la noche anterior, dejas la última taza bella de los Beatles, pones un disco de George Harrison y te tumbas en la cama, pasando hojas sin saber que las estás pasando. El mundo y sus miserias. Nada nuevo. El Barça-Madrid escrito por anticipado. Algo sólo nuevo dos veces al año. Y el suplemento dominical( no hablo de la revista, sino de un periódico dentro del periódico, de 23 páginas). Lo desgajas de resto, que tiras al suelo, y empiezas a leer. Y sientes en la piel que en esta ocasión no sobra nada, que todos los reportajes son interesantisimos, que te anudan las entrañas cuando pretenden eso mismo, que te informan, que impiden que apartes los ojos del negro sobre blanco, como si fuera la novela del siglo.
Una entrevista a Tony Blair, una historia de espías franceses, los llantos invisibles y los gritos sin respuesta de un belga en coma al que la lógica (cuidado con ella) consideraba una planta sin flores( es decir, sin presente), sicarios, deportistas locos por recuperarse de sus lesiones (¿placenta de yegua?Bueno, si dices que sirve…), un drama (¿por qué me parece corto e injusto este adjetivo en este momento?)  que desconocías ( escape tóxico en Bhopal, India, hace 25 años y con efectos en el 2009: 25.000 muertos, cayendo como moscas por las calles, como en una película de ciencia-ficción), un texto de Pasolini que lees una vez y que no compartes del todo pero te interesa del todo, que lees dos veces y lo compartes  del todo, otro de Bernard- Henri Lévy que compartes y te interesa, Elvira Lindo haciéndote sonreir y pensar, Enric González descubriéndote el sexo del toxoplasma, El Roto demostrando en un par de trazos, el peligro de ganar algunos premios. Y aquí deberías poner y pones unos puntos suspensivos, porque hay más de lo que dices…
Y el tiempo ha volado, no sólo por lo que has leído, sino por cómo te lo han contado.
Y te levantas con la sensación de haber aprovechado el tiempo. Y te acuerdas, al tener esa sensación, de algo parecido que leíste ayer a un personaje de Roberto Bolaño en 2666. Levantas la persiana y ves en el húmedo asfalto que ha llovido. Y oyes en ese mismo instante a George Harrison preguntarse qué es la vida en una gloriosa canción.  Sí, él habla de vivir sin su amada, pero tú te pones trascendente y sin abrir la boca le respondes:  cualquiera de las páginas que acabo de leer,  la lluvia que otros han visto.
 
    
 
 

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Recuerdos, amor, amistad, besos, huidas, libros,secretos, París, palabras, silencios, palabras, Doinel, palabras. Cine. Truffaut.
 
Tres ejemplos ( en un azar incierto)
 
 

"Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine."
 
"Puedo añadir que el cine ha sido en mi adolescencia una clase de refugio; por ello le tengo un amor casi religioso. No puedo tener por un hombre político el mismo interés que por los cineastas que admiro, y creo firmemente que, en la historia de Inglatera del siglo XX, Charles Chaplin es más importante que Winston Churchill".
 
No me gusta responder a preguntas concretas. No es posible opinar sobre films vistos hace diez o cuatro años, cambia por completo la perspectiva. Prefiero decir que no he visto una película si solamente la he visto una vez. Creo que el problema del recuerdo es el problema del cine.
 
JULES ET JIM: Fragmentos de diálogo…

Yo no tengo razón, por eso no te quiero ni querré nunca a nadie.

Creo que para cada hombre ha sido creada una mujer que es su esposa. Pueden existir varias mujeres con las que podría tener una vida apacible, útil e incluso agradable. Pero no hay más que una que sea la esposa perfecta. Ella puede morir, puede no encontrarle nunca o puede estar casada con otro. Entonces es mejor para ese hombre no casarse. Existe para cada mujer un hombre único creado para ella, que es su esposo.

Me has dicho te quiero. Te he dicho espera. Iba a decir tómame. Me has dicho vete.

Jim, Catherine no quiere saber nada más de mí, me aterroriza perderla, y que se aparte totalmente de mi vida… Jim, quiérela, cásate con ella y déjame verla, quiero decir, si la amas, deja de pensar que soy un obstáculo.

¿Quién posee más a una mujer? ¿Aquél que la toma o aquél que la contempla? Hacen falta ambas cosas, dijo Jules.

Sabemos que en el amor la pareja no es el ideal, hemos intentado algo mejor, pero ninguna solución es mejor.

Te querré siempre, hagas lo que hagas, ocurra lo que ocurra.

 
   Truffaut.
 
 
 

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Subterránea y a sorbos.
Así describieron la tarde, así la bebieron.
¿Dónde esa tarde?
¿Dónde sus posos?
Sólo la sombra de pasos irregulares,
sólo la huella de trucos interrumpidos.
La llamada de lo perdurable comunica o rechaza.
De la tarde, nada.
Apenas lo que ellos saben.
Apenas lo que se olvidará mañana para regresar
– en clase vagabunda-
algún día,
quizás sobre la superficie,
quizás de un trago.
Quizás con una luna que acabe con ella.
Quizás con otros brazos en sus brazos.
Con otra risa en la yema de sus dedos.
Otros dedos para peinar su sueño.
 
C.D.G
 
  

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VENTANAS ILUMINADAS

Estoy  pensando en el gran escritor argentino Roberto Arlt  y en  aquella mañana de 1929 en la que sus compañeros de trabajo le encontraron en la redacción del  periódico con los pies  sin  zapatos  sobre la mesa, llorando, los calcetines rotos. Tenía enfrente un vaso con una rosa mustia. Ante las preguntas y las angustias de sus amigos, dijo:
-¿Pero no ven la flor? ¿No se dan cuenta que se está muriendo?
Son las cuatro de la madrugada en Barcelona y soy yo ahora el que tiene enfrente un vaso con una rosa mustia. El vaso no me quita la angustia, pero  me ayuda aún más a pensar en Roberto Arlt. En realidad pienso en él desde que ayer un amigo literato me preguntó si en alguna ocasión, al igual que hiciera Arlt en otros días, me había fijado en las ventanas iluminadas a las cuatro de la madrugada. Hizo una pausa, y luego añadió:  “Hay muchas historias en ellas”.
Y es verdad, las hay. Lo sé muy bien yo ahora, perfectamente insomne en mi personal  zona de angustia,  a las cuatro de la madrugada. Y es que  acabo de ver, más allá de la rosa mustia, la misteriosa ventana recién iluminada de un vecino, y de inmediato me he preguntado qué historia habrá en ella, qué estará  sucediendo ahí en ese  interior.
A Roberto Arlt, hombre de grandes intuiciones, las ventanas iluminadas en la alta madrugada le mantenían despierto en muchas noches interminables: “Nada más llamativo en el cubo negro de la noche que un rectángulo de luz amarilla. ¿Quiénes están ahí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar? Ventana iluminada en la alta  madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta detrás de tus vidrios biselados o rotos se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad.”
Mirando desde mi zona de angustia esa ventana iluminada del vecino, mi imaginación se ha despertado y he pensado, en primer lugar,  en alguien que a estas horas está navegando por la infinita  red de la pantalla de su ordenador. No sé por qué he elegido esta opción. El hecho es que muchas veces, al comenzar desde una zona de angustia  un texto sonámbulo como éste, pretendo llevar a cabo un acto que me  permita situarme en este mundo. Pero también es  cierto que, en cuanto escribo la primera frase,  mi angustia me deja algo parecido a un regusto de sollozo ante una rosa mustia, pues veo que mi  mundo ha quedado  ya de inmediato limitado.
Mi angustia viene de mi  deseo de ser yo mañana  una persona distinta, alguien no atado a la primera frase de sus escritos. Y logro calmarla ahora al ponerme a pensar que tal vez mi vecino está espiando otra ventana iluminada en la alta madrugada, y esa ventana es la mía y para él yo puedo estar ahora a punto de suicidarme, o tal vez celebrando un dinero ganado en un casino de juego, o, simplemente, ser alguien al que, de  tanto mirar a la rosa mustia o a la luz de su ordenador, se le han quemado las pupilas.
Ventanas que son faros en la alta madrugada. Hay muchas historias en ellas. Historias de ladrones con linternas o de moribundos que dictan su último testamento. Historias de madres que se inclinan atormentadas de sueño sobre una cuna. Historias de parejas que hacen el amor o de tipos que charlan interminablemente sobre el misterio del universo. Historias de insomnes que piensan que el más angustioso poema que se puede escribir sobre la humanidad está ahí, en las ventanas iluminadas de las cuatro de la madrugada.
Ventana iluminada del vecino, la que estoy ahora contemplando. Es la ventana de alguien que se ha asomado a la Red y tiene a su disposición el mundo entero, sin limitaciones. Me tiene incluso a mí, espía estéril que aspira a que mañana sea otro día y yo no siga siendo el que ha escrito este  texto que nació sonámbulo en la alta madrugada. Tal vez mañana consiga yo ser otro, pero creo que seguiré siendo el que  una vez más intentará de nuevo situarse en este mundo y,  para ello, desde la gran zona de angustia de la Red, volverá a escribir la primera frase sonámbula de un escrito que, de nuevo, será incapaz de abarcar un  mundo que, como el hondo aire azul,  no está en ninguna parte, y es interminable.

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El último de la fiesta

1
Deberías marcharte. La fiesta ha terminado.
Helada y sucia ya se anuncia el alba
con su oscuro cortejo de presagios.
Tendrías que acostarte, huir de este lugar
antes de que la luz te restituya
esa imagen de ti que ya conoces,
indefensa a tus ojos, lastimosa.

Has tocado por hoy el fondo de tu noche:
las ropas no guardan la corrección de unas horas atrás
y tu lengua está torpe,
has empezado a hurgar en la memoria
y ya no hay quien te fíe.
lo más sensato ahora sería retirarse.

2
Aquí, con convicción, ya nada te retiene.
Suena de nuevo idéntica la música
y no es fácil andar sobre el untuoso suelo del local.
Ha pasado la hora de raptarse alguna compañía
con quien querer fingir la noche inacabable,
y te será mejor no recurrir
a invitados finales,
errante cada cual en su constelación,
rezumando bebida como paredes húmedas,
dispuestos a cualquier confidencia extemporánea.

Es infame el lugar. Tal vez lo fuera siempre;
pero hasta hace poco era el teatro
idóneo para tus intenciones.
Se trataba de malgastar el tiempo,
uno más entre la turbadora clientela,
regresando al sabor bronco de noches apuradas,
de ti mismo perdido y encontrado.
El azar nos otorga reductos alejados de la severidad,
momentáneos reinos en donde nadie trata
el enojoso tema de la vida,
no importa si a conciencia o ignorantes
de que la vida huye al ser nombrada.
El azar nos obsequia y el azar nos despoja.

Así te ocurre ahora: la fiesta ha terminado,
y con la fiesta terminó el hechizo.

3
Has apurado el plazo
que la noche te había concedido,
y a quien la luz ha de traer
ya lo conoces.
Si vuelves hacia casa, con tus pasos
volverán sus pasos. Y a tu fatiga
su fatiga habrá de acompañar.
La fiesta ha terminado y queda su enseñanza:
como una vieja deuda contraída,
nada hay más imposible que escapar de nosotros.
Ya se aproxima el alba, y nadie ignora
que todo plazo acaba por cumplirse,
que toda deuda acaba por pagarse.

4
Ya ves; eso es lo que te aguarda, si te marchas,
y lo que aquí te espera no es mejor.
Conoces de antemano cuál será tu conducta:
sopesarás los dos ofrecimientos que posees
-la despoblada soledad de una fiesta ya extinta,
la habitual afrenta de estar solo contigo-
y antes de encaminarte hacia la casa
apurarás la noche un poco más.
(Un poco más, a estas torpes alturas de tu vida,
no puede ser muy malo.)
La fiesta ha terminado. Y aquí viene la luz,
la vieja hiena.

Has apurado el plazo
que la noche te había concedido,
y a quien la luz ha de traer
ya lo conoces.
Si vuelves hacia casa, con tus pasos
volverán sus pasos. Y a tu fatiga
su fatiga habrá de acompañar.
La fiesta ha terminado y queda su enseñanza:
como una vieja deuda contraída,
nada hay más imposible que escapar de nosotros.
Ya se aproxima el alba, y nadie ignora
que todo plazo acaba por cumplirse,
que toda deuda acaba por pagarse.

 
 
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