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Archive for 14/11/09

    
 
No me calzaré,
aunque queme el hielo.
No permitiré más empujón que el del viento,
que el de mis propios pies,
que no se calzarán,
aunque sangre el cielo
y el grito de esta madrugada rompa la ventana
y acristale mis pasos,
aunque se deslice el sudor de la bombilla
hasta mis talones.
Y ni el eco oirá mi lamento,
porque no habrá lamento.
Ni el folio acogerá mis versos,
porque no habrá versos.
Nunca hay versos en tus versos.
Sólo revueltos bailes de sincopados universos,
o cables pelados esperando el chispazo.

Un trago, otro trago,
hasta la sobriedad perfecta del alcohol en pena.
Sí, sobriedad.
Hasta ponerme en pie y avanzar.
Perfección sobria.
Hasta reconocerme en la pared con las manos.
Las manos, un día mías,
grandes, huecas, secas,
que palpan,
como se palpa la fruta,
la madurez de la pintura y
la consistencia del muro.
(No hacen falta ojos)
Confirmado: caerá sobre mí este muro.
Y me enterrará.
Cuando vengan será tarde.
El tiempo odia el retraso
y así lo paga el bien pagao:
Con el olvido
(que un día te bendijo)
sobre tu historia.
Con los cimientos
(que un día te elevaron)
sobre tus huesos.
Ni el perro alcantarillado querrá tus huesos,
son huesos de miedoso.
Y el miedo, desde las primeras guerras,
no goza de prestigio canino.
Y el miedo te trajo aquí, Doctor Hueco,
a la perfección sombría,
a clamar orgullos que vestían Nadas.
A rendir cuentas sin sacar banderas blancas,
a mirar el suelo como quien mira el suelo.

Un vómito, otro vómito,
hasta la ebriedad perfecta del que no tiene nada,
Sí, ebriedad.
Hasta las dos perfectas eses de tus pasos,
(Con el aplauso y las babas de Himmler,
desde algún lugar del horror)
el perfecto desorden de tus palabras
ordenadas en tu cabeza desordenada.
O el God is in the house de Nick Cave,
que te agarra de la cintura,
te zarandea,
te marea,
su voz,
te expulsa a los aires negros,
te abisma,
te devuelve a tu cuarto,
su piano,
al tercer hombre que siempre fuiste,
a tu hoy,
a tu cordura,
su voz, su piano, su ironía,
a tus pies descalzos,
que dicen no temer el hielo
la sangre
el cristal
el sudor de la luz.
Que saben,
como las manos,
¿hoy de quién?,
como estas palabras,
que el muro caerá sobre tí,
y que vendrán sólo para darte
lo que ya no tendrás entre ladrillos.
Lo que no quisiste escuchar
mientras te llenabas de alientos sin rima.
Lo que quizás ya sabías:
El silencio comprensivo.
La verdad del silencio.
La incomprensible soledad de quien está rodeado.

C.D.G

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