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Archive for 31 diciembre 2009

 
 
 
Etcétera.

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Hasta que el suelo no se seque no podré entrar en mi habitación. Preferiría arriesgarme, pisarlo, resbalarme, caer, sumirme, mientras sangra la brecha, en un sueño de otro mundo, donde cada paso mida tres kilómetros y cada pensamiento cambie el rumbo de la historia. Donde las artimañas del tiempo no nos aten a un momento escogido por el minutero de algún reloj construido por mecánicos desganados o apasionados en mitad del invierno suizo, si es que es verdad que el reloj es suizo y no una exitosa copia hecha aquí al lado, hecho que daría al minutero del reloj al que estamos atados un carácter más local pero igual de triste; sumirme, decía, en un sueño donde soñemos con suelos secos que podamos pisar sin peligro, para poder entrar en nuestras habitaciones y escribir que hasta que no se seque el cielo no podremos dormir en las nubes.
 
C.D.G.
 
 
 
 

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– Nada de lo que ves aquí es tuyo. Guarda tus manos en los bolsillos, pon la vista lejos de mis posesiones, de mis gestos, sal de aquí. Mi tiempo, ese que crees tuyo o nuestro, es sólo mío. Como mi sonrisa, mis besos, mi poster de Cocteau, mis medias, mi bostezo. La luna que ahora brilla tras la ventana, la luna que podemos ver los dos, es mía.  Piensa en un instante conmigo y será mío, sólo mío.
– ¿ Y entonces qué soy?.
– Alguien que ahora se va de un sitio que jamás fue suyo.
– Como siempre he hecho.
– Como siempre harás.
 
Y en silencio se desvaneció, recordando que sólo era un trozo de olvido en el tiempo de otros.
Como siempre hizo.
 
 
C.D.G.
 
  

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Imagino un bosque cuando la escucho.
Por fin aparece en youtube, sin ruido ni distracciones, una de las canciones de mi vida desde que compré The Raven, de Lou Reed. 2003. La hipnosis que se produce en mí desde el tímido piano que no debería apagarse nunca, lo que se remueve en algún lado de mi mundo con lo que dice Lou, con cómo lo dice. Los violines que son una brisa de calado hondo que sale desde nuestras entrañas, como una lágrima perfecta donde se refleja todo. Y la canción, en su conjunto, un canto que yo veo tan delicado como desesperado como emocionante : sobre el deseo de desaparecer, de no mirar el pasado, de perderse en la niebla con la Belleza agarrándote el brazo, buscando un beso.
Sólo eso.
Sólo eso y ese elemento inexplicable ( por eso lo escrito antes es sólo un hueco) que tienen las cosas que te elevan, que te cambian, que te alegran o te entristecen, sin máscaras, consiguen que siempre que haga una injusta lista con diez, quince canciones, algunas vayan o vengan según el estado de ánimo, pero que siempre, siempre, aparezca este Vanishing Act. De Lou Reed, para quien la quiera.
Imagino un sueño cuando la escucho.
 
C.D.G
 
 

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Al llegar a la ciudad con piel de tres paises, en mitad de la estación de trenes, supe, al querer sacar un mapa, que mi maleta no podía abrirse. Ni mi cuerpo arrodillado ni la maña ni la fuerza  lograban que la cremallera se deslizara suavemente para que pudiera coger sin problemas lo que buscaba. Y me preocupé, como si lo importante, lo que había ido a hacer allí, estuviera dentro de la maleta y no en las calles enfriadas, en algún banco junto al río, en algún vaso de cerveza fuerte, en algún guiño cómplice. Como si no pudiera dar un paso más si esa maleta no se abría. Éramos la maleta y yo. Quizás cayó un meteorito a pocos metros de mí, quizás pasó a mi lado Rembrandt buscando una luz diferente. Da igual, éramos la maleta y yo. Hasta que la maleta se abrió como se abren muchas cosas que parecen cerradas con perfección: sin que nadie sepa porqué.
Y entonces la maleta y yo volvimos a ser lo que eramos antes del incidente: unos simples y útiles objetos para guardar telas y secretos. Y entonces me puse de pie y fuimos esa ciudad y yo por fín. Hasta que pocas horas después supe que la ciudad también estaba cerrada. Dónde y porqué lo supe es cuestión de otro momento, de otra mentira. Ahora sólo diré que no sabía, hasta que llegaron esas pocas horas, que el viaje de ida iba a ser el de vuelta.
 
C.D.G
 
     
 

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Sumérgete, querido compatriota, en el charco de mis alas. Y cuando estés bien mojado vuela hacia mí si puedes. Abre si puedes la boca y discursea botellas y rómpelas en mi cabeza. Y haz de mi sangre un himno y del himno un grano de arroz y escribe en ese grano de arroz la historia de nuestro país. Y haz de nuestro país un mar de sangre.
Y cuando me haya desmayado de dolor no hagas nada por mí. Deja el trabajo limpio a los buitres de ahí arriba.
Quiero que entonces te alejes, volando si puedes, silbando una canción de The Kinks. Silba fuerte, hasta el dolor. Y que el viento, las nubes y los 40 principales se rindan al huracán de tus labios y que todo sea esa canción de The Kinks, una y otra vez.
Y otra vez sumérgete, querido compatriota, en la arruga de algún sueño. Y cuando roces el inevitable grito corre hacia tí si puedes. Cierra si puedes la boca y sermonea la historia de nuestro pais, la del grano de arroz. Nadie te oirá. Todo es una canción de The Kinks. Pero leerás con aflicción la conquista de los Suerfos, la Guerra de los Tres Segundos, la dictadura de los cerebros vacíos. Y al terminar nada habrá terminado, porque te seguiré ordenando, con amabilidad y desde mi muerte, que te sumerjas cien, mil veces. Sin fin vivirás en el absurdo o en la sensatez que yo decida. No me canso de pedir porque siempre lo tuve todo, querido compatriota.
 
C.D.G
 
 
 
 

 

¿ De verdad son los Gallagher los hermanos con más talento del pop?Por favor…Ray Daves y sus composiciones, Dave Daves y sus guitarras. Mamma mia, qué gustazo.

 No me perdono el hecho de conocer, hasta hace unos meses, sólo la decena de canciones más conocidas de The Kinks ( Sunny Afternoon, You Really Got me, Set me free, Lola, Waterloo Sunset, etc). Son un grupo maravilloso, sobre todo en los musicalmente irrepetibles sesenta, pero también más tarde. Merece la pena rascar tras la superficie conocida de The Kinks, The Zombies…

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El mundo está lleno de poemas con jovenes rendidos al amor que esperan bajo la lluvia una señal de su amado, amada, qué sé yo si no sé nada.
Lleno de películas con besos sin fin o con momentos de libertad (abran los brazos, la boca y sonrían a su vida en cadena perpetua) bajo repentinos diluvios.
Lleno de canciones con bailes bajo las gotas intensas de nubes negras como los ojos marrones de Kubrick.
Pero el mundo que ahora veo por mi ventana no entiende de poemas, de películas, de canciones. Y así no hay más que coches dormidos, charcos y barro. Y un paraguas color sombra en busca de un Gene Kelly que le trate como es debido. Quizás bajo el inquieto paraguas esté enterrado  Lorca. Quizás deba callar de una vez el buen hispanista Ian Gibson y yo volver a leer su biografía del poeta y pararme en el momento del asesinato.Y no seguir leyendo. Quizás el morbo gratuito traiga a veces ridículos muy caros.
Quizás…no, seguro,que hay más en cualquier verso del  universal de Nueva York o el granadino de La Residencia de Estudiantes  que en las miles de palabras oscuras e interesadas que han corrido estos meses por los medios, buscando en los huesos, en algunos casos, un mero trofeo degradante.
Pero el paraguas,ajeno a mis idas y venidas, sigue a merced del viento y sus idas y venidas y la lluvia sigue calando lo que encuentra, sin lirismo alguno. Sin magia.
Que la ficción de youtube me dé lo que no me da esta noche.
 
C.D.G
 
LLUVIA, de Lorca.

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante. 

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe. 

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne. 

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales. 

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre. 

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe. 

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes! 

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres. 

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave. 

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte. 

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje! 

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