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Archive for 13/03/10

Todo empezó con las palabras de mi amigo.
 
– Hay algo allí abajo.
– ¿Dónde?
– En la orilla del río. Esta mañana lo he visto.
– ¿Y ahora se verá, de noche?
– Sí. ¿Vienes?
 
Y fuí. Bajamos resbalando nuestros pies, pintando nuestros pantalones con arena. Y allí, en la orilla, entre yerbajos y piedras del tamaño de una nuez, me encontré con el milagro, reposando como si aquel fuera el lugar perfecto, como si aquello me hubiera estado esperando toda la vida. Como si sin hablar me pidiera algo. Pregunté sin dejar de mirarlo, sin dejar de estremecerme.
 
– ¿Qué es eso?
– ¿No lo sabes?
– Sí, lo sé. Claro que lo sé.
 
Sí, claro que lo sabía.
 
Dos horas después, o tres siglos antes, al llegar a casa, pasé de largo por la chimenea, junto a la que mi padre siempre leía a Dickens y mi madre al fuego. Me encerré en mi habitación y mirando por la ventana a la noche sin nubes y escuchando los buhos y el rumor del río, alguien me hizo escribir que ya había crecido suficiente por aquel día, que ya encanecí mis palabras hasta temblarlas, que ya entreabrí demasiadas puertas en mi vida sin saber lo que ofrecían. Que ni estos folios me echarían de menos si levantara mis manos para esconderlas conmigo, si cerrara los ojos y murieran de frío.
Supe entonces que se acabaron ya las fotos en brillo. Que ahí abajo algo se había encendido para hacerme desaparecer ante el mundo. Y el mundo seguiría girando sin mis palabras. Con el invierno, con la queja de la hojarasca pisada, con las canciones de Lou Reed que en la ciudad escuchan, con el auxilio pertinente de lo que otros escriben, con las caricias y puñaladas de los animales, con el atasco universal, con el hambre y la gula. Con la camisa de fuerza que todos llevamos y la infancia que todos escupimos. Con el miedo. Pero sin mis palabras, que sólo seguirán viviendo en los sueños que no recordaré.
 
C.D.G.
 
 
  Del Berlín de Lou Reed.
  
 
 
 
 
 
 
 
 

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