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Archive for 28 abril 2010

Ángel González vio la nieve arder. Eso no es nada, poeta. Yo he visto, siempre en blanco y negro, llamas de madera, gafas que envuelven regalos, una cuchara con sombra de tenedor, un árbol con copa de nube, a la hermana de esa nube encerrada cual Piolín, una copa de vino sexual. Una cerilla más fiable que el mercurio. Lo he visto, y al hacerlo, siento que mis ojos se quedan cortos, que hay algo más de lo que me enseñan y de lo que acabo de escribir, que la realidad esconde y enseña al antojo de la imaginación de artistas como Chema Madoz.
 

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Alguien tendrá que explicarme porque mi radio deja de leer mis cedés justo cuando quiero que lea a la perfección  dos de ellos, dos que llevo queriendo escuchar hace el suficiente  tiempo como para que cierre los puños.
Nadie tendrá que decirme que la mejor opción es tirar la minicadena por la ventana y gritar en un idioma inventado hasta que te oigan los sordos. Pero, para variar, no tomo la mejor opción y opto por apagar el cansado aparato, resignarme y ver que pasa en algún lado del mundo.
Y no es que me olvide de que ahora mismo tendría que estar disfrutando de buena música con sonido aceptable, pero algo pasa cuando leo que hace 50 años Truman Capote estuvo en Palamós. Que allí se paseó en bata, que allí lloró la muerte de Marilyn, que allí bebió ginebra y olió mar.Y sobre todo, que allí acabó A Sangre Fría, un libro que, como París, Londres, algunos bancos y algunas espaldas, nunca se acaba.
Leo la efemérides y pienso en mis vacaciones en Palamós. Año 90 o 91. Recuerdo de aquellos días algo del hotel, nada de la playa, todo del Museo Dalí y mucho de mis primeras pisadas fuera de España ( un gran paso para un niño, un pequeño paso para la humanidad), donde algún francés me vendió una libreta violeta donde, en el balcón del hotel, a las horas de la siesta, empecé a lápiz un diario que no pasó de las cuatro hojas. Allí, donde treinta años antes un bajito y su pluma ponían un invisible Fin a una novela estremecedora. Cuestión de talento. Y de tener cosas que contar.
 

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¿Qué es el cine?
Si yo fuera Andrè Bazin y esto el Cahiers contestaría con un artículo que asentara cimientos nuevos, miradas distintas.
Pero como sólo soy alguien que mira el mundo como puede podría decir que el cine es, porque va más allá de la realidad o porque es demasiado real e imcomprensible, la muerte anunciada, para mañana o para dentro de un año, da igual, de José Tomás, alguien que pone los pelos de punta hasta a lo que no nos gusta nada las corridas de toros, alguien que parece destinado a convertirse, arrimándose al otro lado, en otro Manolete, en otro símbolo de algo que no sé definir, final trágico incluido.
Pero eso no es cine, es simple ritual sangriento, extraño, complejo.
El cine es…quizás valga para el cine eso que un maestro dijo sobre el tiempo o sobre la receta del bacalao al pil-pil: Si no me preguntan lo que es, sé contestarlo. Si me lo preguntan, no.
Pero podría decir que el cine es, por ejemplo, ver a Jack Lemmon haciendo espaguetti con una raqueta en El Apartamento.
O ver a Al Pacino convertido en estatua en El Padrino II.
O ver a Monica Vitti entre rocas en La Aventura.
O ver a Chaplin llorando y riendo a la vez en Luces de Ciudad.
O ver a Woody Allen en el sofá grabando las cosas que valen la pena de la vida en Manhattan.
O ver a Cary Grant duchándose con el traje puesto en Charada.
O ver a Kim Novak resucitar en Vértigo.
O ver a Ana Torrent viendo Frankenstein en El Espíritu de la Colmena.
O… seguiremos otro día.
 
C.D.G
 
 

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Si dije que Londres no se acaba nunca es porque no se acaba nunca. Si inventa un volcán y un humo rabioso saliendo del volcán y un caos europeo saliendo del volcán es sólo para atarme con cuerdas de Támesis. Londres quiere que pierda vuelos, citas con copias compulsadas y tiempo, quiere que vuelva al hotel, que me busque la vida allá donde ésta nunca, ya lo he dicho, acaba.
Y que llene el saco de experiencias que contar a medias, porque no se sabe contar lo que apenas se cree que se ha vivido. Y que cruce un mar sin mojarte los pies y vuelva a casa a lomos de un autobús que se vacía de gasolina, de viajeros, de comida, de todo menos de aburrimiento.
Y quiere que entonces, con todo de nuevo en aparente orden (lo sé, todo orden es sólo aparente), me dé cuenta de que poco importan las colas, las búsquedas de billetes, las dudas en círculo: cuando uno se mezcla como un cocktail perfecto con la viveza de Covent Garden y Trafalgar (nunca será una guerra Trafalgar, sólo niños tratando de montar un león negro), los colores de Camden Town, el río humano de Oxford Circus, el atardecer de Hyde Park, el pasado de Hampton Court, la sangre de la Torre, lo que esconde la British Library…no sigo, no…he dicho que no se acaba nunca.
Nunca.
 
Ahora vuelvo a elegir yo ( así vamos) las canciones, los pasos, los fracasos. Y los párrafos los arranco a conciencia y ficción.
Porque la historia, ya lo dijo Mark Twain, no se repite, pero rima.
 
C.D.G
The Eagles, porque la escuchaste antes de volar. Beirut, porque si hubiera algo más que papel de chicle en tus boslillos tendrías que acabar por comprarte sus discos. Coque Malla, porque todos tenemos peligro.
   

 

 

 

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Cuatro días de charla con Londres. Sabiendo que nos entendemos perfectamente. Sabiendo que no hay quien la olvide en cuanto en ella se aterriza.
Londres, como París y algunos bancos, no acaba nunca.
 
 
 

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Vuelven y revuelven nuevas canciones, nuevos discos. Rufus mañana. Ya. Ferreiro y Calamaro, a la vuelta de la esquina. Tres canciones rondan ya del español (las acabo de encontrar.¿Y? Uno de los títulos clavado al más recordado libro de Bradbury.  ¿Y?), una del argentino. Las cuatro muy buenas. Las cuatro aquí. Para que estén en otro lado, que estén en este nido. Cebo  para orejas hambrientas y revueltas.
 
 
 
 

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