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Archive for 30 abril 2011

 

Foto de Trent Parke.

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Cuando todo el mundo parece inmerso en una carrera hacia ninguna parte, él para sus pasos y se quita el sombrero. Lo sacude en sus pantalones para ahuyentar lo que acaba de pensar. Con el sombrero en su mano mira otra vez el cielo buscando un avión, pero sólo ve nubes gordas y lentas.

Vuelve a ponerse el sombrero. Vuelve a andar.

Y recorre la ciudad en busca de una mesa de bar, de un banco de parque, de un temblor de teléfono móvil, de una sonrisa entre dos coches. Huye de las calles principales para llegar a sus lugares principales. Y entonces, cuando se sume en una montaña de recuerdos, oye en lo alto el ruido del avión que deja la ciudad. Pero no se quita el sombero, no mira el cielo. Se queda paseando con los ojos derrapando a ras de un pasado que se larga entre las nubes y le persigue en el asfalto.

Cuando todos saben adónde van y él está inmerso en una carrera hacia ninguna parte.

C.D.G

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Diría que la busco, pero mentiría: es ella la que me busca, la que me encuentra. La que me obliga a dejar de hacer todo para dedicarme a ella. Soy yo el que me obligo a escucharla, aunque  acabe como acabe cuando se callan los violines y el piano y vuelven a cantar las nubes, el motor, la cama. Otro día.

Recuerdo que hace año y medio hablé aquí de esa canción, de su importancia, de un bosque, de un sueño. Lo confirmo poniendo el título en el hueco superior derecho de la página, en ese buscador situado al lado de la palabra Buscar. Chorradas navideñas.

Pienso que hay canciones de las que se puede hablar sin parar sin que nunca se llegue al centro de su quieto torbellino.

No trates de explicarlo si no quieres fracasar. No trates de cocinarlo si luego se lo vas a dejar al gato.

Pero algo diré. Aunque signifique su contrario, o por eso mismo.

Vanishing Act, todas sus piezas, te hace volar para luego cortarte las alas, te hace creer que tienes aire cuando en realidad te estás ahogando. Te hace recordar eso que dice el profesor de Oleanna, de Mamet, que nunca somos más vulnerables que cuando nos sentimos fuertes.

Y sin embargo, esta canción te da vida. O atisbos.

Sí. Debe de ser precioso desaparecer así, Lou.

Y perderse en la niebla, Reed. Y que ella busque el beso que no mereces.

Y que mirar atrás sea algo que sencillamente, no quieras hacer. Y que no haces.

Supongo. Pero por si acaso, apago el motor, cierro los ojos y estampo la firma de las grises certezas en el prólogo del silencio, a quien dedico casi todo.

Chorradas primaverales.

C.D.G

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Prosperity Street, Leeds c/o © Marc Riboud

Foto de Riboud. Leeds, años 50.

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Te miras los diez dedos y no los conoces. Sin embargo te es familiar la lluvia que ametralla tu ventana, aunque no haya dos lluvias iguales.

Te sorprende tu gesto en cualquier fotografía, pero acoges como a tu tribu a canciones que escuchas por primera vez.

Escupes a tu sombra creyendo que va a por ti, pero aplaudes a aquellos que sacan la navaja para clavártela en la frente.

Llegas pronto a los sitios donde nadie te espera. Jamás llegas donde has quedado con alguien.

La inevitabilidad quiere convertirte en una fiesta diaria de cumpleaños con piñatas de recuerdos y probabilidades que destrozas con la fiereza del cobarde en soledad. Luego te agachas y lames los restos mientras tarareas como Gene Kelly.

Celebras un ruido con el silencio de las siete de la mañana y crees, a carcajadas, que eres menos inocente que una reunión en Mad Men.

Hurra.

C.D.G

“Dígame”, hubiera querido decir, “todas las cosas del mundo”.

ORLANDO, Virginia Woolf

http://www.youtube.com/watch?v=KRxxo-CUL0M

http://www.youtube.com/watch?v=p7QL46cK7B8

http://www.youtube.com/watch?v=LuCdwRs-RMU&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=K3CHi_9sxj0

http://www.youtube.com/watch?v=EJVtAz7Z-lY&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=Izyg-fhQ0E8

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Me han llamado cerdo y me ha parecido bien. Me han dicho que soy el más cerdo y me ha parecido mejor todavía. Por cerdo he vuelto a ganar un libro en el concurso de www.elcultural.es

Por decir algo así:

Le dije a mi padre que era marica cuando descansaba frente a la chimenea. Tiró el Chivas al fuego y se acercó a mi bragueta.

Si creen que eso es cerdo, allá ellos. A no ser que lo que vean una cerdada sea tirar un Chivas al fuego cuando su lugar es la garganta. Entonces sí.

No todo es lo que parece. Que se lo digan al pueblo de Némesis, de Philip Roth, que cree que la maldita polio viene del sol, de los extranjeros, de los helados, del diablo, del sudor…Que viene para que los niños dejen de correr, de reir, de respirar, de vivir.

                        

Qué miedo.

El miedo es un arma más poderosa que la bomba atómica. Paraliza y engaña más.  Y eso lo retrata como si fuera fácil el Roth de Némesis. El miedo y la culpa. Y la quiebra de la serenidad y la honestidad en pos de la resignación. Jode sentirse culpable y resignarse. Jode ser ese Bucky Cantor convencido de que todo ese infierno salió de él ( sus amigos matando nazis y él enseñando a lanzar la jabalina a un montón de chavales). Y que no haya nada ni nadie capaz de cambiarle de opinión.

Canta Josh Ritter: No nos dejes en la oscuridad.

Puede que no quisiera quedarse Cantor en la oscuridad, pero allí se acomodó.

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Saca un conejo blanquísimo de su limpísima chistera negra. Y todos los niños le aplauden y sonríen. Tienen internet, 3D y kilos de chorradas en vinagre, pero si alguien saca un Bugs Bunny de un sombrero  se asombrarán como si hubieran visto a Dios saltando a la comba.

Aplauden y sonríen. ¿Todos? Dije todos y mentí. Casi todos. Al fondo a la izquierda, junto al extintor, una niña de rizos tan negros como su chistera le mira con esa mezcla tan dolorosa de seriedad y desprecio.  Esos ojos, dos preciosos pozos de aguas fecales, se cuelan entre las manitas agitadas del resto de niños. Y lo cubren todo; y tapan el ruido de aplauso y vítores, la pequeña revolución de la sorpresa infantil.

 Sale el mago del escenario mientras alguien mete el conejo en una jaula. Se cruza con el enano más ágil de Ucrania, al que le toca actuar, y en mitad de un pasillo donde ensaya el tragador de teléfonos móviles saca su espejo del bolsillo para quitarse la sombra de ojos que dotaba de misterio lo que no tenía misterio alguno.  Pero sólo ve en él la mirada de esa niña. Fría como un precipicio. Y se hace el silencio. No oye el politono en la tripa de aquel tipo, no oye al enano cantar mientras se abre de piernas, ni a los niños reirse. No oye el mago ni su propia respiración. Da media vuelta y abre ligeramente el telón. Y no ve a nadie en el escenario. Y todas las butacas de ese teatrito están ocupadas por la niña de rizos negros. Por sus ojos.

Tiembla el mago y tiembla el telón que agarra con una mano como si se fuera a abrir el suelo a sus pies.  Con la otra se tapa la cara. Se convierte en un miedo con frac.

El miedo distorsiona la realidad, como  lo hace el alcohol o una tarde viendo Telecinco. Y el miedo encarcela. Le encarcela. Y da igual que no quisiera volver a ese teatro. Da igual que hiciera lo que hizo después : correr dejando ese pueblo atrás, encerrarse en su buhardilla y lavarse diez veces la cara, pasar seis noches sin dormir y acabar  pegándose un tiro en la boca mientras escucha  Fool’s Overture.

Da igual. No se puede huir. Seguiría viendo siempre- cuando su piel ya se hubiera consumido y sus huesos yacieran vestidos de arena- los rizos cubriendo la frente, las cejas finas como cuchillos y los ojos inmensos de esa niña: la única persona que acudió a su entierro.

La única persona en la historia del pueblo que se dedicó a la magia.

FIN

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Perderse entre libros tiene peligros. Leer una frase y que ésta no se vaya jamás de tu cabeza, por ejemplo.

Buscando versos en una librería encontré los diarios de Ramón Gaya. Y salté de un día a otro sin sentarme. Sabía que era pintor de copas y flores, aplaudido por pintores. No sabía que escribía de esa manera. Ignorancias que se curan de repente, supongo.

Y de pie pasé siete minutos y treinta y dos segundos, donde  leí jugosos apuntes sobre pintura, vida y otros vértigos.  Me pareció, en mi breve cita con él, de esos escritores que escriben de todo y de todo bien. Qué asquito y qué placer.

Y tropecé con la frase en cuestión. Y volví a ella como volvemos al bache para encontrar en él el origen de nuestro tropezón. Y allí estaba, lanzada hacia mis ojos y, meses después, aquí:

Todo sucede un poco antes de suceder.

Por eso ya me he despedido, ya he puesto una buena canción, ya me he levantado. Ya he alzado el vuelo mientras pongo el punto final y me rasco la cabeza.

Por eso no hay que abrir siempre los ojos del todo, para que queden sorpresas. Todavía.

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Vila-Matas gateando. Eso es En un lugar solitario. Sus cinco primeras obras en un mismo libro: caber, caben. Desde un agotador relato sin más puntos que el punto final, hasta una novela con vocación asesina. Desde unos relatos turbadores hasta, como no, los primeros pasos en el tema de la desaparación como deseo, uno de sus pilares narrativos. ( El último paso de Robert Walser siempre parece el primer escalón para una nueva idea de Vila-Matas)

Todo un placer ver los baches del escritor. Las dudas y los sudores. Y las pistas que acompañan al lector a lo que luego fueron y son sus grandes obras, esas llenas de caminos tortuosos hacia una verdad literaria ( o sea: vital), esas en las que, titubeando, vuelan solitarios “Supermanes” de cristal.

Esas en las que cabe todo, que el fracaso no entiende de limitaciones. En las que todo es verdad menos la verdad.

Mikel Casal.

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