Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 22/05/11

Ya lo había visto en la televisión siendo un niño, pero desde que con catorce años me deslumbró con la primera obra suya que vi en El Cine,  Balas Sobre Broadway, la película anual de Woody Allen forma parte de la rutina. Es como comer las doce uvas en Nochevieja o proponerse dejar de ser un idiota. Se hace y punto.

Uno queda con Woody Allen ( y con otros cineastas, pero hoy toca Woody) en la sombra, que eso es la sala de cine, como si te fuera a ofrecer drogas duras, sexo zoofílico o una camiseta del Barça. Pero lo que te regala es, siempre, hora y media de cine. Ya no aspiro a conocer, salvo en dvd, a alguien  llamado Annie Hall o a ver Manhattan en blanco y negro. Pero sé con certeza que en sus películas, sean mejores o peores y no gloriosas como las citadas, voy a encontrar un chispazo que compensará el precio de la entrada. Su sello. Aunque no siempre deje la misma huella.

Desde la rebelde Desmontando a Harry, Woody Allen se ha instalado, a veces, en la complaciencia de quien sabe que no se está quedando calvo por accidente. En eso y en que quiere conocer Europa mientras rueda. Parece parir algunos de sus guiones con el empeño con el que se hace un sudoku, como me dijeron ayer unos ojos verdes. Y aun así pare buenas películas (pero menores para él), varias notables y alguna sobresaliente ( Match Point, esa especie de remake a lo londinense y sexy de otra maravilla suya anterior: Delitos y Faltas). Pues lo dicho, en todas ellas hay algo. Será porque a Woody le perdono casi todo como a un amigo se le perdona una tontería que, en boca de otro, sería un crimen contra la Humanidad.

Lo redicho: en todas hay algo. En esta última, Midnight in Paris, hay mucho.  No llega a la hondura de sus clásicos ni es una locura como sus comienzos. Es una idea estirada, sí, llena de clichés, sí…y aun así, me la quedo.

Los que amamos alguna literatura, alguna pintura, el arte en general, hemos imaginado alguna vez  cómo sería beber, qué se yo, con Faulkner, pasear con Lorca, discutir con Nabokov. Y lo hacemos engañándonos, como si no supieramos que posiblemente no tuviera el esplendor  que vemos en nuestra cabeza llena de pajaritos, que la vida del creador, salvo excepciones, está más lleno de abismos y de rutina que de fuegos artificiales. Nos da igual. Seguimos imaginando.

Algo así hace Woody Allen. Como si tuviera ganas de charlar con el pasado, recordando su rosa de El Cairo y la Cenicienta de todos, el maestro pone a Gil ( un guionista con una novela y un desencanto a cuestas: otra seña de identidad de su cine ) en la oportunidad de su vida. Basta que suenen las campanadas de medianoche para que un Peugeot de principios del siglo pasado le dé la bienvenida al mundo de sus sueños. Con un detalle: en realidad no son sus sueños. Es su verdad; respetemos la verdad de cada uno si no daña a nadie. Su pesadilla está de día, con esos suegros tan típicos de Woody Allen, ese matrimonio imposible tan de Woody Allen, esas sillas de 18.000 euros.  Su vida está de noche o bajo la lluvia. Pero en París. La que vi en 2007, la que ayer vi con Scott Fitzgerald.

Y en esas noches puede pedir consejo a un Hemingway con ganas de veracidad y pelea, puede salvar la vida a Zelda Fitzgerald, bailar con Josephine Baker, dar ideas (gran momento) a Buñuel, sentirse protegido por Stein. Y puede enamorarse de una musa de Picasso y de París entero.

Y cuando Gil se enamora todos nos enamoramos. Todos los que entendemos esos guiños, esos chistes. Entiendo que, a los que no admiren a  esos autores, no hayan escuchado a Cole Porter o no hayan admirado al mejor Dalí,  la película les resulte algo tonta ( yo no me río demasiado con los Farrelly y con Torrente, seguramente por eso mismo, porque no pillo los guiños que otros pillan). Y reconozco que el retrato de esos personajes está lleno de clichés, como el del propio París (pero es un París visto por un turista. Y un turista ve lo que ve, no ve lo que viven sus habitantes. Lo mismo pasa con los turistas que vienen a Alicante o van a Katmandú). Pero me quedo con esos clichés- en otras películas son tan infantiloides y manipuladores que me dan miedo-, me gustan, me imagino ahí en medio. La magia que para algunos tiene Avatar en 3D lo tiene para mi “charlar” con esta gente, verla trabajar.  Y es que tiene razón el pedante con aire de Tony Blair. El síndrome de la Edad de Oro es lo que tiene: hace creer eso tan bíblico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Gil adora el loco y prolífico París años veinte, su musa, el París 1890 de Toulousse-Lautrec. Éste, el siglo anterior. Y podríamos retrodecer hasta lamer un rinoceronte (¿daliniano?) de las cuevas de Altamira.

Pensamos que la cultura de nuestra época es rancia, hueca; que el brillo de ayer era el autentico…ni es verdad ni es mentira, pero el hoy tiene brillo si abrimos bien los sentidos. Es simple: el tiempo pone las cosas en su sitio, pero cuando lo hace, muchos no estamos ahí para verlo. Quizás pase eso con algunas películas del propio Woody Allen.

Por suerte podemos esperar a las doce de la noche y llenarnos de absenta y vida en un París que no sería tan mágico como lo pinta Woody, pero que es real porque así lo imaginamos…(aunque en versión original, no doblada. Por la mitad)

Quizás por eso escriba aquí sobre Midnight In Paris. He visto mejores películas este año, pero ésta me ha impulsado a hablar de ella sin pensar.

Read Full Post »