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Archive for 20/06/11

Cosmópolis, de Don DeLillo. O una ciudad a punto de cualquier cosa y llena de ratas. Tú, yo, el aire que respiramos. Todos ratas. Desde el verso de Herbert que abre el libro- la rata deviene moneda de curso legal– hasta el último rincón de gomina de Eric Parker.

Todos le daríamos una patada en el alma a Eric Parker. Pero muchos querrían ser él. Parker no ha llegado a los treinta años, pero es multimillonario, tiene un tiburón en su pisito de Manhattan, tiene una limusina con suelo de mármol y más pantallas que un multicine. Esa es su vida: pantallas con los terremotos de la Bolsa. Eso le hizo rico. Eso, quizás, le vació, le apartó de nuestro mundo, o nos alejó a nosotros el suyo. El lujo de Eric es tan exagerado, tan burdo,  que pierde su valor. Su tontería es tan suprema que merece una corona en su cabeza. La misma cabeza que necesita un corte de pelo en el otro lado de la ciudad. Tiene un médico que le revisa la carrocería corporal todos los días, tiene una asesora, tiene varios guardaespaldas, tiene todo y ama los espacios en blanco. Tiene todo pero para cortarse el pelo (sabremos que en ese corte de pelo ansiado hay algo más que tijeras: hay un mordisco al mundo real) necesita cruzar la ciudad el día en el que ahí está el Presidente del país, un entierro de un rapero de moda, una manifestación violenta ( el mejor momento del libro) y una amenaza real hacia su persona. Palabra de gorila guardaespaldas.

Y tiene hambre. Nos quiere comer a todos y luego sentirse humano contemplando su edificio y nuestro suelo.

Todo en un día, como el Ulises de Joyce. Todo sucio, como el Nueva York de Travis. Todo viejo; Parker no entiende como no han desaparecido no sólo muchos objetos, sino la propia palabra que lo nombra. Todo con el toque DeLillo: poesía y barro, ruido y paz,  crueldad y belleza. Precisión.

 Todo profético:

Está escrita esta novela  en 2003 pero ambientada en 2000, un año antes del ya se sabe qué. Ocho antes de ya se sabe qué. Y cuando ese ruido al otro lado de la limusina, esa mentira monumental, ese nihilismo de traje y Satie parece anticiparse a lo que tenemos ahora en nuestro saciado Occidente:

Una inmensa soledad.

Cuando muriese, no sería su fin. Sería el fin del mundo.

La calle era una ofensa a la verdad del futuro.

¿ Qué queda que valga la pena relatar ?

——

Ganador de la semana en el concurso Cuenta 140 de El Cultural, con el tema: la sombrilla.

Cada vez que salía al jardín del manicomio decía que el sol fue inventado para que la sombrilla se sintiera útil.

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