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Archive for 30 julio 2011

 

 

Conozco el pasadizo de memoria. Podría hablar durante horas del olor y la aspereza de sus paredes y del dolor rosáceo de mis rodillas después del inevitable gateo. Nunca sé cómo llegó allí, pero no me sorprende dejar de golpe nuestro mundo y aparecer ahí abajo.

No tengo miedo al hacerlo. No diría tampoco que me zambullo en una paz sobrenatural por muy subterráneo que sea el pasadizo. Nada de eso; sencillamente aparezco ahí abajo, abro la puerta, bajo los siete escalones, me agacho y allá voy, como siempre: derecha, derecha, recto, izquierda, recto, recto, recto, derecha, izquierda y no sigo que al final todo se sabe.

Y al rato(un rato que va de quince minutos a treinta y siete, que uno no siempre tiene el cuerpo para proezas) se acaba la estrechez y me planto en el centro de un círculo del tamaño del salón de tu casa; un círculo que siempre es igual pero siempre percibo de distinta manera. No se acostumbran mis ojos a esa fina película que aparece en el suelo desde no sé dónde y que lame mis pies. No se acostumbran mis ojos a una pared distinta a la del pasadizo y a la del salón de mi casa y a la del cine del barrio. Y no me acostumbro, sobre todo, a encontrarme en ese círculo con algo distinto a la vez anterior. Algo que cuando quiero tocarlo o cuando lo miro atentamente, me expulsa de ahí abajo y acabo, como si yo fuera parte de un truco de magia, donde estaba antes. Y sin que nadie me haya echado de menos porque, dicen, no me he movido del bar ni he dejado de beber como el borracho que soy.

Salud.

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C.D.G

 

 

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(Fotografia de Friedlander)

Fin de temporada del concurso de micrrorelatos Cuenta 140, ese sabroso concurso de www.elcultural.es

Meses preguntando,  imaginando ideas e imágenes con el tema propuesto(estufa, tenedor, chimenea, sombrilla, rascacielos, Lorca…) para que, al llegar a la última semana, se nos deje vía libre, cuando todo el mundo sabe que no hay nada que ate más que la libertad.

Pero mi cabeza se empeñó en escribir y lo hizo, frenéticamente, casi sin pensar, como si la última semana del concurso fuera la última semana de algo más.

Uno se pasea por otros blogs y ve que la gente comenta en unos y en otros, colaboran, saludan y crecen mientras crecen esas páginas, ordenadas y firmes. Aquí, sin embargo, impera el caos desde hace seis años. Y en mitad de este caos solitario copio parte de lo que he escrito esta semana de tema libre…porque sí, porque el caos must go on. Relatos breves como la vida.

Quiso decirle que le quería, pero ella se adelantó y se lo dijo antes. A otro.


Cuando supe que mi piel ya no rimaba con tus caricias, pasé al verso libre y quedamos presos.

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Quiso limpiar el día sentándose al piano. Entre las teclas olvidó sus problemas pero recordó los míos, que le apuntaban desde la puerta.


Ella de copiloto, él detrás. Secretamente se agarraron la mano y condujeron a un sitio donde el coche no se dirigía.


Cuando por fin les tocó la lotería, decidieron ir al bar de siempre a tomar lo de siempre y a reirse de las cosas de siempre.


Cuando por fin pescó la luna, no pudo arrastrarla hasta su cama.


Y al final, descubrimos que fueron los microrrelatos los autores de nuestra vida.


Se balanceó con tal fuerza, que primero besó la luna y luego se rompió la crisma.


Creía que iba a echar de menos el concurso, hasta que ella le llamó y le dijo hola.


El primer día de cole la profesora les pidió un trabajo sobre el verano. Paula dibujó la sonrisa de Silvia.


Gritó el eco y murió de silencio.


Disparó al espejo para ver su propia muerte.


Intentó traducir su silencio, pero traicionó al original.


Dibujaba un mapa en la espalda de sus víctimas y en la marca que indicaba el tesoro, excavaba con cuchillo jamonero.


Perdí el tiempo y lo encontré en tus ojos.


Acabó su escocés, miró el fondo del vaso y entendió la superficie de su problema.


Desde el tiovivo le dijeron que era hombre muerto. A la tercera vuelta no había caballo que sujetara a ese cadáver.


Cuando aprendió a volar ya era tarde: no quedaba aire a su alrededor.


Llegó el tren tan tarde, que cuando salí de la estación esa ya no era mi ciudad, ni esa mi chica. Ni ésta mi historia.


-Ésta por papá, ésta por mamá y ésta por la hermanita- dijo por cada bala que disparó al que le había dejado sin familia-.


Hacía tanto viento que el relato le salió en cursiva.


Apuñaló al banquero para que su cuerpo fuera a juego con sus números rojos.

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Con razón decían que era la mejor sala de espejos del mundo: nos vimos más flacos, más altos, más deformes y más enamorados.


Fui su regalo de cumpleaños, pero me abrió con tal desdén que saqué el ticket de compra.


Uno se creía Napoleón, otro un colibrí y el de la ventana el río Nilo. Pero el peor era yo, consciente de ser yo mismo.


En la rueda de prensa se quedó mudo. Al día siguiente, en las encuestas, salió como el político más sincero del país.


Rompió el espejo en cien trozos para no verse tan solo.


-Si pudiera me bebería hasta el mar-. Y pudo; y pasamos el verano jugando en un desierto con peces muertos y odios vivos.


Sin padres ni abuelos, fue a la playa de Bertioga para besar de gratitud al mar que acabó con Mengele.


Como mi padre me dijo que subrayara lo que no entendiera, llené la ciudad de rayas de boli.


Vio aquel concierto de la azotea. Se pasó el resto de su vida subiendo edificios en busca de una última canción.


Gritó tal gilipollez que el eco decidió no responder.


Han robado en el museo de las sombras. El día de sol delató al ladrón de inmediato.   (Gramaticalmente incorrecto,  pero candidato a la final)


Me encantaba que mi padre se emborrachara: conseguí tantas chapas que me hice todos los equipos de primera división.


Se dejó el examen en blanco, pero sacó un notable. Viendo su cara de sorpresa, el profesor se le acercó y le dijo al oído: por rendirte.


Como le dijeron que era tema libre, decidió hablar de la revolución industrial. Lástima que el examen era de matemáticas.


Y una paliza sin anestesia de Roger Wolfe:

Y una gran canción de L. Wainwright III(Sí, el padre)

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No bastaba con que su espejo le viera sonreir. Todo el mundo debería saber que era feliz, asquerosamente feliz. Asomarse al balcón no era buena idea. ¿Cuántas personas pasarían por allí?No más de cien en dos horas. Mandar un correo a sus contactos para que estos lo enviaran a los suyos y los suyos a otros, y así ad nauseam tampoco. Que alguien lea que eres feliz no significa que sepa que eres feliz.

Pensó y repensó. Que si salir a la calle y sonreir a todo el que pasara a su lado. Sería algo efímero y no todos quieren ver una sonrisa cuando llegan tarde a la cola del paro: no. Que si imprimir, a tamaño gigantesco, una foto suya carcajeándose y ponerla en las principales  fachadas de Nueva York, Madrid o Tokio. No; una foto es un instante con pasado, no un momento tras otro de completa felicidad y futuro.

Pasaron los días y sus investigaciones. Escribía teorías, debatía consigo mismo. No comía, no cenaba, sólo tomaba café, café, café. Llegó a pensar que la bombilla del flexo era la luna y el ventilador, la brisa de poniente. Y siguió buscando la forma perfecta de que todo el mundo supiera lo feliz que era.

Pero una semana después, cuando se vio en el espejo con barba, despeinado y con los ojos hinchados, lo supo: ya no era feliz. Y no quería que nadie viera su tristeza, salvo sus canciones, su luna y su Chivas a medio acabar.

C.D.G

Ah. Finalista del penúltimo Cuenta 140, con el tema La Raqueta:

Estaba tan triste que tuvo que dejar de jugar: veía su raqueta como una celda ante el mundo.

Si alguien quiere saber lo que dijo Thom Yorke sobre esta canción, que lo diga y lo pongo.

Ok. Aquí va, pues, lo que dijo sobre su canción:

“‘Street Spirit’ es nuestra canción más pura, pero no la escribí yo. Se escribió sola. Nosotros éramos simples mensajeros; sus catalizadores biológicos. Su núcleo es un completo misterio para mí, y, ya sabes, no volvería a intentar escribir una cosa así sin esperanzas. Todas nuestras canciones más tristes tienen en algún lugar un resquicio de firmeza. ‘Street Spirit’ no tiene firmeza. Es un túnel oscuro sin luz al final. Representa toda la emoción trágica que es tan doloroso que el sonido de esa melodía es su única definición. Todos nosotros tenemos una manera distinta de entender esta canción. Se llama indiferencia. Especialmente yo; yo separo mi radar emocional de esta canción, o si no no podría tocarla. Estallaría. O me daría algo en escena. Así es como su letra es un montón de mini-historias o imágenes visuales opuestas a la explicación cohesiva de su significado. Usé imágenes junto con la música que pensaba que podían transmitir la entidad emocional de la letra y la música al ir juntas. Eso es lo que significa ‘all these things you’ll one day swallow whole’ (todas esas cosas que algún día te tragarás enteras). Me refería a la entidad emocional, porque no era capaz de articular la emoción. Estallaría…

Nuestros fans son más valientes que yo al dejar que la canción les penetre, o quizás no se dan cuenta de lo que están escuchando. No se dan cuenta de que ‘Street Spirit’ es acerca de mirar fijamente al puto diablo a los ojos, y saber que, sin importar lo que hagas, él siempre se reirá el último. Y eso es real, y verdadero. El diablo siempre se reirá el último en todos los casos, sin excepción, y si pienso en ello durante mucho tiempo, estallaría.
No puedo creer que tengamos fans que puedan tratar emocionalmente con esta canción. Eso es por lo que estoy convencido de que no saben de qué trata. Por eso siempre la solemos tocar hacia el final de nuestros sets. Me vacía, y me sacude, y duele como el infierno cada vez que la toco, mirando cómo miles de personas se ríen y sonríen, ajenos a la tragedia de su significado, como cuando tienes que sacrificar a un perro y está moviendo el rabo de camino al matadero. Eso es lo que parecen, y me rompe el corazón. Ojalá esta canción no nos hubiera elegido como sus catalizadores, y no lo reivindico. Pide demasiado. Yo no la escribí”.

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Me es difícil hablar de Entrevistas breves con hombres repulsivos, de David Foster Wallace. A veces me ha mosqueado, a veces me ha interesado, a veces me ha hecho sonreir, a veces me ha agotado y a veces me ha aburrido y a veces me ha sorprendido. Pero no he aplaudido con el alma (¿he dicho alma?) en ningún momento. Sus digresiones, sus repeticiones, sus pies de página interminables, sus seres marginales y perversos llenos de cloacas, sus juegos, sus reflexiones sobre reflexiones de reflexiones…que sí, que a ratos muy bien (cuando hace de una anécdota un poderoso artefacto), pero a ratos miro el reloj, y eso es mala señal y más si se trata de cuentos, como es el caso de este libro. He leído por ahí que sus ensayos y su Broma Infinita son magistrales. Me lo creo, pero leeré otras cosas antes. Muchas cosas antes.

Total, que no sé qué decir de ese libro, salvo que es interesante a ratos, como un día cualquiera, supongo. Así que diré otras cosas propias de cuando no se tiene nada qué decir:

Quito telarañas, seco lágrimas esdrújulas y sudores en metáforas, aireo las líneas y lo que hay entre líneas, me sirvo una cerveza y copio hoy algo (casi al azar y a veces con alguna rectificación) de lo que escribí ayer, algo de lo que ayer escuché; sigue  igual de malo con el paso del tiempo, igual de titubeante, igual de Nadie. Pero como quiero que las letras empeoren este silencio y que la música lo mejore, ahí va algo, poco:

2008:

Llené el vaso cuando se vació mi casa.

Mi cabeza era una duna y los tragos me llevaron al balcón.

Abajo todo era tan de mentira como mis certezas.

La noche rasgaba los pasos de otros borrachos,

las aristas de esas risas fotocopiadas.

El calor abrazaba el descaro que da la inconsciencia.

Y el vaso ya sudaba en mis manos.

Di la espalda a la espalda de aquel día tumbándome en un nido de oraciones resentidas.

Y se me olvidó soñar.
 
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El Hombre del Sombrero:
 

Se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa. Sin dejar de acariciarlo y sin sentarse, empezó a hablar. Me contó todo lo que ocurrió aquella noche, el porqué de la sangre en su camisa, el porqué de las lágrimas en sus mejillas y por qué tenía que sacar una pistola de su chaqueta, apuntarme a la frente y disparar. Y rematarme si seguía moviéndome. Me dijo que no lo lamentaría. Que volvería a guardarse la pistola, volvería a ponerse el sombrero y saldría de mi casa como entró: en silencio.

Y sacó la pistola y se acercó a mí y la pistola rozaba mi frente y mi sudor acariciaba a la pistola. Y yo no cerré los ojos, pero los clavé en el suelo con el mismo miedo con el que apoyé mi espalda en la silla.

Disparó.

Quisiera pensar que con el ruido de la bala los pájaros huyeron del sauce de mi jardín, que mi cuerpo muerto formó una escultura elegante, digna de un gran final, que mi fallecimiento conmocionó al barrio, que el que disparó a ese hijo de puta no fui yo, que no fui yo quién se puso el sombrero tras apretar el gatillo,el que salió de esa habitación en silencio, el que dejó de recuerdo un espejo destrozado, cuatro botellas vacías y ningún cadáver.

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2009:

 
El trabalenguas nos cortó el paso. Optamos por callarnos y hacernos un lío mágico con nuestros ojos. Y que el resto no supiera qué mirábamos.
 
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Ojalá nadie lo hubiera visto, ojalá estuviera solo, pero al bajar la guardia y abrir el suelo, todos supieron que todas las palabras del mundo cabrían en aquel silencio. Pero nadie dijo nada. Como siempre.
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Diez años antes de nacer, tres hombres volaron a toda velocidad a la luna, para cumplir el sueño de escritores, presidentes y ambiciosos. Para dejar al mundo con la boca abierta, a los rusos temblando de miedo y a los malpensados con teorías disparatadas.
Diez años antes de nacer, el mundo dejó de ser un mapamundi para convertirse en un mapa con sucursal galáctica. Todos miraban al cielo para creerse lo que veían por televisión.
Treinta años después de nacer nadie ha vuelto a dar, en esos cráteres, pequeños pasos para el hombre, grandes pasos para la humanidad.
Cuarenta años después hablamos por teléfono móvil, volamos por internet. Y los que nacieron ayer no se asombran con un paseo por la luna. Pero siguen temblando con un beso, con una acaricia en el filo de lo inesperado, con un susurro en mitad del ruido, con una respiración ajena pegada a la piel propia, con la lágrima más triste de la historia, con el silencio de la voz que necesitas, con la felicidad fugaz, con la tristeza merecida. Grandes pasos para el hombre.
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Un enjambre de poemas en la puerta del salón. Lo agito, lo golpeo a ciegas, como a la piñata de mi octavo cumpleaños. Y ruge la marabunta. O el abismo individual. Y los versos vuelan a mi alrededor y pican mis brazos y queman mi sangre y humedecen mis ojos. Entre el dolor y el éxtasis, impregnado de soledad, recito en susurros cicatrices y suspiro endecasílabos, haikus y rima libre que esclavizo desde el sofá.

 

No busco antídoto más allá de las palabras y el ridículo. Me tapo las manos pero sigo recitando, ahora a gritos, en alemán de Goethe, en inglés de Blake, en español de mis lamentos. 

 

Hasta que me canso y cierro los ojos y consigo dormir y sueño con un cigarro apagado en la orilla de mi balcón. Y yo soy el aire entre ellos.

 

Despierto, miro el enjambre. Intacto, como recién salido de lo salvaje. Me levanto, lo agito, lo golpeo a ciegas.

 

Ay.

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 http://www.youtube.com/watch?v=KSoXJl2ALUk

http://www.youtube.com/watch?v=I483tB12SyE

http://www.youtube.com/watch?v=cBWf-yUG6Fw

http://www.youtube.com/watch?v=M9TDc5M-IKA

http://www.youtube.com/watch?v=GJgaaMRAHrI

http://www.youtube.com/watch?v=OBMCxD5Q2O8

http://www.youtube.com/watch?v=fl2oIvU6U74

http://www.youtube.com/watch?v=2B6Ql5oTzVs

http://www.youtube.com/watch?v=oBM2wGiJv2Q

http://www.youtube.com/watch?v=yhMxt4LMehM

http://www.youtube.com/watch?v=-Tu2eZpA4yo

http://www.youtube.com/watch?v=qLgdcGEqgcw

http://www.youtube.com/watch?v=QxYemY8CQaw

http://www.youtube.com/watch?v=jqxr146QphI

http://www.youtube.com/watch?v=vT5xvG7Bj4Y

Etcétera.

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C.D.G

 

 “Blind Boy” by Charles Harbutt

Chico ciego, fotografía (como la de arriba), de Charles Harbutt

 

Y cuando copio y leo lo que he copiado, me entran ganas de darme la vuelta y perderme; pero no lo hago, porque podría encontrarme con los otros yo que he perdido tantas veces y por tantas cosas.

Y eso sería como para sufrir un infarto, ¿no?

C.D.G

 

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Vi a Baudelaire en la escarcha de las primeras horas del día,

mudo en su boca, febril en sus ojos.

Y mi antiquísimo miedo a su perfección me hizo dejarlo atrás

mientras sus manos gritaban pétalos malvados maullando

tiempos desnudos.

Y cuando volvió el silencio

añoré a Baudelaire en ese callejón sin cielo donde yo estaba.

Y hundí mis manos y mi sudor en la tierra negra

y exhalé un suspiro y el suspiro se hizo asombro:

Bach, la música de Bach, la brisa de Bach,

desde la tierra hasta mis sentidos.

Quise desmayarme en esa melodía:

No necesitaba más antorcha para aquellas tinieblas.

Quise desmayarme en esa constelación:

No necesitaba volver a casa,

pero volví soñando, borracho, sin brújula y feliz.

(Y Bolaño, en qué momento, me tatuó cuatro números en la frente)

 

En mi salón,

un argentino ciego hablaba con mi biblioteca.

Me senté en el suelo y le escuché como un niño bueno.

Acabé alzándome once centímetros del suelo y cerrando los ojos en el aire.

Los abrí cuando un ruido me abrazaba.

Ya no estaba el argentino ni mi biblioteca,

pero cada rincón de mi pensamiento era una pared de un laberinto

donde cuatro chicos ingleses me tiraron del pelo

y me pidieron subir a mi azotea

y escuchar sus canciones,

que matarían mi ebriedad sin matar mi felicidad

y me harían perder el miedo a Baudelaire,

que entonces estaría en algún bar de Montmartre

recitando, entre oro verde, Los Ciegos

 a Borges, que todavía no estaba ciego,

pero le miraba con los dedos que jamás escarchará el tiempo,

por mucho desmemoriado que haya.

Y el concierto acabó y mi vida volvió a su grotesco inicio de silencio,

donde bostecé o sonreí o te eché de menos.

( Y Bolaño, en qué momento, me llamó realista visceral)

C.D.G

Y ahora, arte de verdad en cada palabra, en cada acorde:

 LOS CIEGOS, Charles Baudelaire 

¡Míralos, alma mía; son realmente horribles!
Parecen maniquíes; vagamente ridículos;
terribles, singulares, igual que los sonámbulos;
lanzando no sé a dónde sus globos tenebrosos

sus ojos, por la chispa divina abandonados,
igual que si mirasen lejos, alzados quedan
al cielo; no les vemos nunca hacia el pavimento
inclinar, soñadores, su cabeza pesada.

De este modo atraviesan lo negro ilimitado.
Hermano del eterno silencio. ¡Oh tu, ciudad!
Mientras tú, en torno nuestro, cantas, bramas, ríes,

hasta la atrocidad prendada del placer,
¡mira! También me arrastro, pero, más torpe que ellos,
en el cielo estos ciegos -me digo yo- ¿qué buscan?.

Charles Baudelaire
Las Flores del Mal, 1857 (traducción de Luis Martínez de Merlo)

Ausencia, de Borges

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron  nichos de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas;
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

 

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No creía en el infierno, pero en el infierno estaba: constantemente.

No veáis contradicción en esto. Y si lo veis, tomadlo con hielo o con la mayor naturalidad porque así se lo tomaba él.

Él tampoco creía en las listas, por ejemplo, y las hacía constantemente: los mejores besos del cine iraní, los magnicidios más bellos de la historia, los mejores comienzos de las novelas escritas en código morse, los más coloridos vómitos de las noches de licor, las más sosas pesadillas del año, las pinceladas más azules de Turner, los suicidios más merecidos del mundo del rock, los días más perdidos de su vida de cuarenta y seis años, dos meses y trece días.

No creía, tampoco, en el poder de la literatura, pero leía y leía para curar su grotesco mundo moral. No creía en la venganza, pero babeaba de placer cada vez que pillaba al primo segundo del mosquito que le había picado con descaro en la muñeca de su brazo izquierdo. No creía en las propinas desde mucho antes de ver Reservoir Dogs, pero se las daba hasta al quiosquero.

No creía en el amor, pero amaba a la misma persona desde el quince de febrero de mil novecientos setenta y cinco, mientras las nubes le amenazaban con llover y su profesor de matemáticas con un suspenso precioso como siguiera mirando a la chica nueva de la tercera fila, sector Ventana, destino Su Corazón, la chica nueva de melena color café-de-su-padre-del-desayuno que no le dirigió la palabra durante todo el curso por mucho que él se acercara a ella, por mucho que se hiciera el gracioso en el patio para que ella dejara su libro de Enid Blyton para mirarle y sonreir, la chica solitaria del bolsito naranja a la que él quería acariciar esa melena siempre salvaje por mucho que ella tratara de domarla en mitad de clase, en mitad del pasillo o cuando volvía andando a su casa junto a su hermana mayor( que tenía el pelo mucho más corto y la cara mucho más fea), la chica con unos ojos tan grandes y tan bonitos que seguro que estaban en el Libro de los Record Guiness de la biblioteca del colegio aunque él no los encontrara nunca, la chica a la que se le ponía la cara color rosa-atardecer-visto-desde-el-balcón-de-la-casa-de-sus-abuelos cuando el profe de gimnasia le decía que era la más veloz de toda la clase, la chica que tenía a su derecha la ventana que a veces  rozaba con su pelo, a la que no se cansó de mirar y amar durante todo el curso y toda su vida, a la que quiso tantas veces coger de la mano al salir del colegio y llevarla a la orilla más desconocida del río y explicarle lo que esconde la parte con más caudal según las historias navideñas de su tío o llevarla a escuchar en  casa los primeros discos de Bowie de su hermanastro o lo que ella quisiera, la que se rascaba la pierna izquierda con el pie derecho mientras hacía restas dificilísimas, la que no quiso recibir la tarjeta de invitación a su cumpleaños ( y eso que iba a haber y hubo un montón de Coca-Cola), la chica a la que le escribió cartas de amor que se convirtieron en pelotas de baloncesto, a la que quiso besar en sus mejillas, en sus labios y en las huellas que hacía con sus zapatos negros, la chica que no le dijo adiós ni en el último día del curso, cuando se perdió, como siempre, con su hermana mayor, andando a su casa a ritmo lento, aunque a él le pareció que corría tan veloz como en las clases de gimnasia.  Sólo deseaba decirle que le traería un recuerdo de París, que allí iría con sus padres.

La chica  por la que se guardaron dos días de luto en el colegio el primer día de clase tras las vacaciones porque apareció  ahogada en la parte del río donde él soñó llevarla y hacerla reir y tener miedo. La chica a la que  sacaron hinchada del agua, con su melena más sucia que el café de su padre y con una foto de nuestro protagonista enamorado, arrancada del libro escolar, plastificada y guardada en el bolsito naranja que siempre llevaba puesto. 

La chica por la que lloró esos días más que las nubes de aquel febrero, por la que  no quiso volver a ese río por muy adulto que se hiciera, ni acariciar ninguna melena, ni invitar a nadie a escuchar música en casa, ni comprar nada de color naranja. La chica por la que nunca le quedará París, nunca, jamás. Ni soñarlo.

Pero dejémonos de historietas: lo importante es que estaba en el infierno pese a no creer en él, ¿no?

Pues eso.

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C.D.G

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Finalista semanal del Concurso Cuenta 140 de www.elcultural.es, con el tema de El Mando a Distancia:

Vendió el mando para tratar de distanciarse de tantas horas perdidas.

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Fotografía de Friedlander

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Hay días en que la calle se abre de brazos para recibirte con toda su envergadura, con todos los poros de su piel receptivos a tu llegada. Doblas la esquina y la enfilas y ella te agarra con el cariño de una madre o la lealtad de un amigo. Pero también como un libro abierto, muy abierto. Tan abierto que parece que sus hojas van a descoserse y a volarse por el aire hasta otra calle u otro tiempo.

En esos días ves a los paseantes como personajes de novela. La calle es el narrador omnisciente que sabe todo de ellos, más que los propios personajes. Y hace que tú sepas lo que ella sabe. Te dice la calle que esa chica con prisas y llena de bolsas no llegará tarde a ningún sitio, sino que acelera el paso porque sólo así se siente humana entre la muchedumbre. Y que los dos hombres que hablan a gritos y a carcajadas apoyados en el semáforo esperan a fuerza de reojo que salga el muñequito verde para separar sus caminos de nuevo y seguir odiándose cordialmente hasta el siguiente encuentro casual lleno de risas de plástico y golpes afilados en la espalda y presentes falsos de cuentas corrientes falsas desbordadas de falsos euros.

La calle te habla hasta la extenuación de ese grupo de chicos mirando piernas de chicas, de esas mujeres mayores que saben que esa calle dejó de ser de ellas hace tiempo y ahora sólo pueden comprar en ella fruta y pan y no esas faldas que ellas llaman bragas.

Sabes demasiado de todos.

La calle, en esos días, consigue que mires las aceras como si tus ojos tuvieran rayos x y pudieran empaparse de todas las huellas de todos los años. Todos los escupitajos, los chicles y las lágrimas y los pasos, los pasos, los pasos. Puedes ver el suelo como el fósil de la vida y el sentimiento humano: un cuadro de toda la historia de los que por allí pasaron. Y entonces, con razón, tiemblas, sudas, te obligas a descansar tu espalda en el escaparate de una tienda de bolsos a quinientos euros o junto a la tienda del cerrajero más veterano.

Te cuesta respirar.

Y es entonces cuando te preguntas al borde del desmayo si no habrá otra persona, quizás el chaval que quiere que te apuntes a la Cruz Roja, o el ejecutivo que se retoca el pelo cada cinco metros, o la pareja que discute como si no hubiera nada más importante en el mundo que aquellas palabras que él no le dijo a ella cuando ella necesitaba escucharlas, o el perro que mea bajo las árboles que dan sombra pero no quitan el calor, o las dependientas de las tiendas, que a veces matan el tiempo haciendo sudokus y a veces, cuando llegan los clientes como marabuntas, quieren raptarlo y alimentarlo, pero no matarlo jamás. O el peor mimo de la ciudad, que se esfuerza en quedarse quieto pero se mueve más que el perro que mea bajo los árboles. O las palomas sucias que buscan carnaza entre las mesas de las terrazas. O aquel que espera el autobús leyendo por enésima vez los mensajes que guarda su móvil o el último tocho de moda. O los conductores de coches, esos leones. O todos aquellos que doblan la esquina para entrar en la calle y la vuelven a doblar para dejarla atrás, para entrar en otra calle. Aquellos, todos, desde el que pasa por allí como un rayo hasta el que no quiere salir de allí sin que caiga un euro más bajo su cartel de: Hijos enfermos, una ayuda para comer…Aquellos. Te preguntas, decía, si no habrá otra persona que te esté viendo a ti como tú le ves a ella. Otra persona a la que la ciudad le ha regalado el don y la maldición de ver el desnudo total de todo lo que llena o vacía la calle principal de tu ciudad. Te preguntas si esa persona vería todos tus miedos, todas tus manías, todos tus pensamientos y todas las sombras de tus pasos y tu futuro. Te preguntas si esa persona llegaría a tu corazón y si entonces, tras echarle un vistazo, te miraría a los ojos y te compadecería y te abriría los brazos y te daría la bienvenida a lo más duro y vivo del ser humano, tal como hace, algunos días, la calle, tu calle, la calle de nadie.

C.D.G

Fotografía de Català-Roca

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http://www.youtube.com/watch?v=0bJOQp6UUVg

http://www.youtube.com/watch?v=q1xldoF9Ou8&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=WZ88oTITMoM

http://www.youtube.com/watch?v=pVdMEhRUGu8

http://www.youtube.com/watch?v=nJKLJ_JoJIg&feature=fvst

http://www.youtube.com/watch?v=tm4SOOQUTEg

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