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Archive for 20/07/11

   

                                

Vi a Baudelaire en la escarcha de las primeras horas del día,

mudo en su boca, febril en sus ojos.

Y mi antiquísimo miedo a su perfección me hizo dejarlo atrás

mientras sus manos gritaban pétalos malvados maullando

tiempos desnudos.

Y cuando volvió el silencio

añoré a Baudelaire en ese callejón sin cielo donde yo estaba.

Y hundí mis manos y mi sudor en la tierra negra

y exhalé un suspiro y el suspiro se hizo asombro:

Bach, la música de Bach, la brisa de Bach,

desde la tierra hasta mis sentidos.

Quise desmayarme en esa melodía:

No necesitaba más antorcha para aquellas tinieblas.

Quise desmayarme en esa constelación:

No necesitaba volver a casa,

pero volví soñando, borracho, sin brújula y feliz.

(Y Bolaño, en qué momento, me tatuó cuatro números en la frente)

 

En mi salón,

un argentino ciego hablaba con mi biblioteca.

Me senté en el suelo y le escuché como un niño bueno.

Acabé alzándome once centímetros del suelo y cerrando los ojos en el aire.

Los abrí cuando un ruido me abrazaba.

Ya no estaba el argentino ni mi biblioteca,

pero cada rincón de mi pensamiento era una pared de un laberinto

donde cuatro chicos ingleses me tiraron del pelo

y me pidieron subir a mi azotea

y escuchar sus canciones,

que matarían mi ebriedad sin matar mi felicidad

y me harían perder el miedo a Baudelaire,

que entonces estaría en algún bar de Montmartre

recitando, entre oro verde, Los Ciegos

 a Borges, que todavía no estaba ciego,

pero le miraba con los dedos que jamás escarchará el tiempo,

por mucho desmemoriado que haya.

Y el concierto acabó y mi vida volvió a su grotesco inicio de silencio,

donde bostecé o sonreí o te eché de menos.

( Y Bolaño, en qué momento, me llamó realista visceral)

C.D.G

Y ahora, arte de verdad en cada palabra, en cada acorde:

 LOS CIEGOS, Charles Baudelaire 

¡Míralos, alma mía; son realmente horribles!
Parecen maniquíes; vagamente ridículos;
terribles, singulares, igual que los sonámbulos;
lanzando no sé a dónde sus globos tenebrosos

sus ojos, por la chispa divina abandonados,
igual que si mirasen lejos, alzados quedan
al cielo; no les vemos nunca hacia el pavimento
inclinar, soñadores, su cabeza pesada.

De este modo atraviesan lo negro ilimitado.
Hermano del eterno silencio. ¡Oh tu, ciudad!
Mientras tú, en torno nuestro, cantas, bramas, ríes,

hasta la atrocidad prendada del placer,
¡mira! También me arrastro, pero, más torpe que ellos,
en el cielo estos ciegos -me digo yo- ¿qué buscan?.

Charles Baudelaire
Las Flores del Mal, 1857 (traducción de Luis Martínez de Merlo)

Ausencia, de Borges

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron  nichos de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas;
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

 

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