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Archive for 31 julio 2012

La arena se le colaba entre los octogenarios dedos y el viento que venía del mar le despeinaba las buenas ideas. Pero tuvo tiempo de recordar su juventud, en esa misma orilla, con ese mismo aire de playa de invierno vacía.

Sólo faltaban aquella canción y Eva, colándose entre sus dedos, abrazando su silencio y demostrándole, con la mayor naturalidad, que uno nace donde es querido.

Ahora, en soledad, atrapado en el filo de los recuerdos, comprendió que uno muere donde es olvidado.

C.D.G

Cuadro: Corriendo por la playa. Sorolla. 1908

Relatos con Banda Sonora, Cadena Ser.

Canción propuesta:

Por cierto, ha muerto Gore Vidal. Un hombre inteligente. Un hombre que nunca dejaba indiferente, dijera lo que dijera. Busquen y lean.

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Nos dijeron en la gasolinera que la ciudad hervía de tanta fiesta y que los turistas rebosaban las calles y vaciaban los bares.

La autopista, sin embargo, solo hablaba de nosotros, de nuestro viaje a ninguna parte, de nuestra vida sin calendario, sin relojes, sin prisas. El tiempo es un invento de nuestros viejos, me dijiste el día en que nos conocimos. 

Cuando la noche nos cubrió, paramos junto a la carretera, en un claro del bosque que dejaba ver las nubes. Allí pusimos música a todo volumen; allí bebimos cervezas calientes, bailamos, creímos no tener miedo e hicimos del asiento de atrás un hotel de cinco estrellas.

Y así nos dormimos, convencidos de que la felicidad era eso y el futuro, un juego de naipes con nuestras propias reglas.

Pero siempre se acaban las cervezas, siempre amanece. Siempre hay alguien que nos despierta a golpes,  como ese hombre tan parecido a tu padre que rompió en pedazos nuestra huída por tu decimoséptimo cumpleaños y que me ha condenado a recordar, lejos de ti, lo que pudo haber sido.

C.D.G

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El sol le volvía los ojos más verdes, el pelo más rubio y la sonrisa más llena.
Me encantaba verla bailar desde la barra. Era preciosa y se movía como si el chiringuito no estuviera a rebosar, como si el calor no fuera insoportable, como si no le hubiera dicho unos minutos antes que ya no la quería y que esa misma tarde me volvería a la ciudad para olvidarme, por fin, de ella.
—–
C.D.G
Relatos con banda sonora, Cadena Ser. Canción propuesta: Dancing in the sun.

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Con lo que sabemos de esto

con lo solo que camina el cuento
con el precio que tenía mi milagro
con el aterrizaje doloroso
con el mañana en otras manos
con otras manos en otros labios
con el perdón del culpable
con la condena perfecta
con el misterio del cuarto cerrado
con lo que será cuando seamos
con el etcétera a palo seco
con los párpados mordidos
con la brisa inventada por un pintor de cuevas
con los demonios bebidos
con los demonios devueltos
con las huellas del cabello
con la paciencia en un charco
con un charco en cada luna
con los pasos del vecino
con el eterno retorno escrito
con el mago que te convertirá en magia
con la canción del ahogado
con el suelo de la almohada
con el ridículo de mi espejo
con la intuición del esclavo
con el rito de los tragos
con los tragos y sus puertas
con la lluvia del chamán de cobre
con la tormenta de la bola de cristal falso
con el águila escondida
con el nido al descubierto
con mi mejor pesadilla
con el coro estremecido
con la azotea del colchón
con la dignidad del libro
con el libro de tus carcajadas
con la carcajada que persigo hasta que me atrapa
con la ley de los gritos injustos
con la turbia respuesta
con la agonía del nacimiento
con la capacidad de amar
con la capacidad de atar
con la verdad que me entregaste
con la repoblada prosa de los que navegarás
con el zarandeo de las horas del mal
con el mal fuera de ti
con el mar dentro de alguien,
de ti, si quieres;
y junto al mar:
el tiempo, tu felicidad,
el frío, el brindis,
todo lo que verán tus ojos,
todo lo que sólo conocen los poemas y tus sueños,
todo lo que no está dicho
todo lo que sabemos de esto
que llamaremos,
por ejemplo,
ruido.
——
C.D.G
Mayo, 2010
Fotografía de Vivian Maier.

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En cualquier momento vendrán y me sacarán de la cama. No me darán tiempo a que me vista. De peinarme ni hablamos, chato.

Me meterán en el asiento de atrás de un coche y, cuando ya he visto sus rasgos y sus sombreros Homburg, me pondrán una venda en los ojos y me agarrarán de las muñecas, como si temieran que yo, que en mi vida solo me he peleado con mis peluches, les diera un certero puñetazo. Mi sudor y mis lágrimas empaparán la venda y provocarán las carcajadas de mis secuestradores. O así me lo me imagino yo, que la semana pasada volví a ver Blue Velvet.

Un tiempo después (media hora, pongamos) el coche frenará y me sacarán de él. Me arrodillarán, me atarán los brazos en mi espalda y me quitarán la venda. No sé si gritaré entonces. No sé si lo haré antes, en el coche. Pero seguro que sí alzaré la voz, y de qué manera, cuando me despierten y me saquen de la cama. En pelotas y despeinado, repito. Sea como sea, me dejarán gritar entonces, porque estaré en mitad de un bosque que conozco bien y dudo que sientan compasión por el estrés que un grito cobarde mío pueda provocar en la fauna de las afueras de la ciudad.

Me dirán alguna burrada mientras juegan con sus pistolas y lanzan al aire cigarros que no fuman del todo; me preguntarán algo que no responderé por ignorancia.

Como en el coche, reirán; pero sé que bordearán el llanto. De puro nervio.

Como en el coche, lloraré; pero sé que rozaré la risa. De puro miedo.

Y uno de ellos se cansará de tanta tontería, se pondrá detrás de mí, apoyará el cañón en mi nuca y disparará.

Agonizando y medio cegado por la sangre que cubrirá mis ojos, les veré correr hasta el coche y salir de allí dejando en el aire un aliento de tierra y trompo.

No habrá final feliz en esta historia. Ni moraleja: moriré. Desnudo y manchado. Y antes de morir escucharé el canto de algún pájaro y me alegraré porque, francamente, pensaba que un final tan violento me dolería más. Y no: será como ese rasguño en el brazo que nos dan los gatitos nerviosos. Así son algunas muertes; cópialo para un libro de citas.

Pero hasta que vengan, seguiré en mi cama; leyendo poemas del más cuerdo de los Panero y escuchando canciones que canto sin que nadie me oiga. Ni yo mismo.

 

C.D.G

 

 

 

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En los tiempos de los reyes, se le decía al súbdito: Eras súbdito del rey A, ahora el rey A ha muerto y he aquí que eres súbdito del rey B. Llegó la democracia y, por primera vez, se le dio al súbdito una alternativa: ¿Quieres (colectivamente) que te gobierne el ciudadano A o el ciudadano B?

Al súbdito se le presenta siempre el hecho consumado: en el primer caso el hecho de su condición de súbdito; en el segundo, el hecho de la alternativa. La forma de la alternativa no se puede discutir. La papeleta de votación no dice: ¿Quieres a A, a B, o a ninguno de los dos? Ciertamente nunca dice:¿Quieres a A, a B, o a nadie en absoluto? El ciudadano que expresa su insatisfacción con la forma de la alternativa ofrecida por los únicos medios de que dispone, absteniéndose o bien invalidando su papeleta de votación, sencillamente no cuenta, es decir, no se le tiene en cuenta, se le ignora.

Enfrentado a una alternativa entre A y B, dada la clase de A y la clase de B que suelen llegar a aparecer en las papeletas, la mayoría de la gente, las personas corrientes, se inclinan en su fuero interno a no elegir a ninguno de los dos. Pero eso es solo una inclinación, y el estado no se ocupa de inclinaciones. Las inclinaciones no son moneda corriente en política. El estado se ocupa de las alternativas. A la persona corriente le gustaría decir: Unos días me inclino por A, otros por B, la mayor parte de los días tengo la sensación de que ambos deberían marcharse; o bien, En ocasiones, un poco de A y un poco de B, y otras veces ni A ni B, sino algo totalmente distinto. El estado sacude la cabeza. Tienes que elegir, dice el estado: A o B.

J.M Coetzee- Diario de un mal año, 2007.

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Los artistas sin empleo y los que lo tienen departen en el café de artistas. Allí descansan de los trabajos de su profesión. Allí pueden entregarse a sus inclinaciones, a sus temperamentos. Allí no tienen que negar su naturaleza. El payaso puede sentarse en una silla sin antes caerse diez veces. El domador de serpientes puede dar libre curso a su miedo innato a los perros. El funambulista puede resbalar a pie firme y el ventrílocuo emplear su laringe para hablar. Vi como un malabarista dejaba caer una taza de café, vi que se rompía, por voluntaria torpeza. Noche tras noche lanza por los aires diez, veinte platos de porcelana, y los atrapa con las dos manos. Por una vez en la vida, le gustaría ser torpe.
1923.
Joseph Roth. Primavera de café (Un libro de lecturas vienesas)

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