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DESPUÉS DEL TRUCO ( 16 de Abril, 2011)

Saca un conejo blanquísimo de su limpísima chistera negra. Y todos los niños le aplauden y sonríen. Tienen internet, 3D y kilos de chorradas en vinagre, pero si alguien saca un Bugs Bunny de un sombrero  se asombrarán como si hubieran visto a Dios saltando a la comba.

Aplauden y sonríen. ¿Todos? Dije todos y mentí. Casi todos. Al fondo a la izquierda, junto al extintor, una niña de rizos tan negros como su chistera le mira con esa mezcla tan dolorosa de seriedad y desprecio.  Esos ojos, dos preciosos pozos de aguas fecales, se cuelan entre las manitas agitadas del resto de niños. Y lo cubren todo; y tapan el ruido de aplauso y vítores, la pequeña revolución de la sorpresa infantil.

 Sale el mago del escenario mientras su ayudante mete el conejo en una jaula. Se cruza con el enano más ágil de Ucrania, al que ahora le toca actuar y, en mitad de un pasillo donde ensaya el tragador de teléfonos móviles, saca su espejo del bolsillo para quitarse la sombra de ojos que dota de misterio lo que no tiene misterio alguno.  Pero sólo ve en él la mirada de esa niña. Fría como un precipicio. Y se hace el silencio. No oye el politono en la tripa de aquel tipo, no oye al enano cantar mientras se abre de piernas, ni a los niños reirse. No oye el mago ni su propia respiración. Da media vuelta, camina por donde vino y abre ligeramente el telón. Y no ve a nadie en el escenario. Y todas las butacas de ese teatrito están ocupadas por la niña de rizos negros. Por sus ojos.

Tiembla el mago y tiembla el telón que él agarra con una mano como si se fuera a abrir el suelo a sus pies.  Con la otra se tapa la cara: se convierte en un miedo con frac.

El miedo distorsiona la realidad, como  lo hace el alcohol o una tarde viendo Telecinco. Y el miedo encarcela. Le encarcela. Y da igual que no quisiera volver a ese teatro. Da igual que hiciera lo que hizo después : correr dejando ese pueblo atrás, encerrarse en su buhardilla y lavarse diez veces la cara, pasar seis noches sin dormir y acabar  pegándose un tiro en la boca mientras escucha  Fool’s Overture.

Da igual. No se puede huir. Seguiría viendo siempre- cuando su piel ya se hubiera consumido y sus huesos yacieran vestidos de arena- los rizos cubriendo la frente, las cejas finas como cuchillos y los ojos inmensos de esa niña: la única persona que acudió a su entierro.

La única persona en la historia del pueblo que se dedicó a la magia.

—–

C.D.G

(Con pequeñísimas variaciones respecto al original)

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