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Archive for 30/09/12

No me pregunten cuándo ocurrió, si hacía frío o calor, si la luna estaba preñada de luz o el cielo estaba completamente negro, si los coches derrapaban por las curvas o el asfalto dormía tranquilo. No quieran saber si un periódico caducado corría tras el viento, para olvidarse de sí mismo entre las piernas de un callejón.

Pregúntenme, eso sí, si recuerdo sus viejos vaqueros azules, su camiseta verde y su chaqueta de cuero marrón. Pregúntenme si recuerdo sus botas, también marrones, haciendo círculos en el barro, bajo el banco. No tengan miedo si quieren saber si guardo en mi memoria su cuello desnudo, la larga melena -color madrugada- que cuando se descuidaba traviesa sobre sus mejillas, ella se encargaba de domar tras sus orejas. ¿Sus manos? Siempre nerviosas, siempre hablando: rascando el pantalón, jugando con la cremallera de la chaqueta, buscando refugio en la madera del banco y, por fin, acariciándome: mis piernas, mis manos, mis dudas, mi pelo, mi cara. ¿Mi cara? No me pregunten por mi cara ni por si ladraba a aquella horas el perro del loco del barrio.

Su cara; mejor pregúntenme por su cara aunque no sepa definirla, por su nariz afilada, perfecta sobre su inmensa mirada marina que entonces se abrazaba a mí desde que se había sentado a mi lado. Pregúntenme, no se corten, por el sabor de sus callados besos, por los grados Fahrenheit de sus pequeños y finos labios. Si quieren saberlo, les diré de qué color era su sonrisa y qué arias desnudaban sus palabras. Con todo detalle les explicaré qué veloz fue el deshielo de lo que queríamos decirnos.

Pero no me pregunten, por favor, por sus lágrimas, por aquella forma de llorar que era una forma de matarme. No les hablaré, tampoco, de cómo cerró los ojos, de cómo se alejó de mis brazos, de cómo se perdió por el parque, o por la ciudad, o por mi sueño: con ella convertida en sombra. Y yo en nada.

C.D.G

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