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Archive for 29 octubre 2012

Sus dedos eran mágicos: no se le resistían ni Chopin, ni Mozart, ni Sibelius, ni su alumna preferida.

C.D.G

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Mis nuevas amigas me quieren más que mis papás. Sonríen cuando llego a casa, me dan las buenas noches cuando me escondo entre las sábanas y me despiertan con las canciones más dulces del mundo. El psicólogo quiere que me abandonen, que me quede sola, que sufra mientras crezco. Dice que es por mi bien cuando mi bien son ellas: mis nuevas amigas.

C.D.G

(Concurso de Radio Castellón, Cadena Ser)

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Levanta un puño y todos lo levantan. Alza la voz y todos guardan silencio. Vale para dar miedo, pero no para ser inmortal: voy a disparar.

C.D.G

Este microrrelato ha sido seleccionado por el juez en cuestión como finalista de Cuenta140 en esta semana de El Talento.

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-La patria es un estómago lleno, carajo- me decía mi abuela cada vez que sonaba el himno español en la tele.

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C.D.G.

Participó en Cuenta140, en la semana de La Patria.

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A las siete de la tarde, si no llueve, pueden verlo en la terraza del Café Rose (pariente gris y despeinado del Flore y Deux Magots) degustando, entre eternas pausas, un Rioja. No es casual la elección, como no son tampoco parto del azar esas pausas en las que no deja de acariciar la piel de la copa mientras mira la tarde crecer en una ciudad que ya no es suya; tampoco son suyos esos pasos que se pierden por barrios para jóvenes, ni los puentes de los que nacen historias, suicidios y canciones. No le pertenece el crepúsculo que fotografían los turistas, ni las campanas que despiertan de su falsa siesta al todopoderoso Sena.

Suyo es el vino: el Rioja, la sangre de su país, el sabor de su juventud, escondida en esa copa que cada tarde destapa a las puertas de sus labios, que son la puerta de su recuerdo.

Alguna vez, cuando alguien más que el camarero Pierre se atrevía a hablar con él, le preguntaron por qué no volvía  a España. Siempre, dicen, sonreía amablemente, acercaba el vino a su nariz y cerraba los ojos. Hoy es distinto, hoy, y cuando digo hoy digo los últimos años, no quiere preguntas, no tiene respuestas. Solo quiere beber y callar. ¿Por qué no en su casa, con magníficas vistas a Trocadero? Nadie lo sabe, pero todos en El Rose tienen su teoría. La mía: porque le da la realísima gana. La de Pierre, porque en esa terraza se sentó el primer día que llegó a París, cuando tenía veinte años, unos folios arrugados que perseguían inútilmente ( ¡cuántos lo hicieron!) la sombra de Hemingway y un par de monedas para un café con leche que no le cobró el propio Pierre, tan viejo él como el Pont Neuf. Y porque, en el fondo,dice Pierre, no solo busca a su país en cada trago, sino su juventud en cada aliento de ese boulevard que fue su Gertrude Stein y será su último lecho.

Pero buscar duele, y eso lo sabe  Pierre, lo sé yo y lo sabe nuestro amigo español. Buscar lo que se ha perdido es equivocarse de objetivo, porque la juventud no se pierde, no. La juventud y sus rosas son robadas con alevosía por el tiempo, que es un chorizo de barrios bajos y altos vuelos. Pero aun así, muchos tenemos nuestro asiento en el circo de la ilusión, nuestro trago preferido, nuestro aire secreto cabalgando a lomos de una historia que muchos cuentan pero solo nosotros conocemos.

Y eso, también, lo sabe París.

Brindemos. Si no llueve.

C.D.G

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Por si algún incauto suscrito a este blog ha entrado para leer una nueva entrada con aroma de cafetería parisina (sí, topicazo)…error. Primero, porque no está acabada. Segundo, porque lo he publicado sin querer…y lo he borrado, queriendo. Y me arrepiento porque, aunque no vale gran cosa, al haberlo escrito directamente aquí y no guardarlo, lo he perdido. Salgo por la puerta grande de los actos tontos.

Si alguien que tenga mi correo tiene a bien mandármelo, se lo agradeceré con mayúsculas. Es algo raro, pero tan cierto como que mañana es domingo.

Mientras tanto, a modo de disculpa,  grandes minutos musicales en directo.

EDITO: Ya he recibido el texto del que hablaba. Muchas gracias S.G.M

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Harto de que le dijeran que la patria era la infancia, el iconoclasta precoz acabó con su vida en su quinto cumpleaños.

C.D.G

Este microrrelato participó, sin suerte, en la semana de Cuenta140, con la Patria como tema. La semana que viene, el Talento. Qué risa.

P.D: El autor de este texto da las gracias a Rilke.

Fotografía: Francisco Ontañón.

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Como siempre en alta mar, le despertó la primera caricia del sol; y tras oler a sal y a soledad, se convirtió en el desayuno de los peces.

C.D.G

Fue elegido finalista en el concurso Cuenta140 la semana pasada, con la palabra Desayuno como tema.

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La gran derrota, en todo, es olvidar, sobre todo lo que te mata, y morir sin llegar a comprender jamás hasta qué punto los hombres son bestias. Cuando estemos al borde del hoyo no nos pasemos de listos, pero tampoco olvidemos; hemos de contarlo todo, sin cambiar ni una palabra de las lacras que hemos visto en los hombres, y entonces liar el petate y bajar. Es suficiente como trabajo para toda una vida.

La verdad es una agonía que nunca se acaba. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca he podido matarme.

En las ciudades existen algunos rincones así, tan estúpidamente feos que uno está siempre solo.

Quizá en nosotros y en la tierra y en el cielo, sólo es terrible lo que no se ha dicho. No estaremos tranquilos hasta que todo sea dicho, de una santa vez, entonces, al fin, se hará el silencio y no tendremos miedo de callar. Ya estará.

Fragmentos de Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline.

 

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Ríanse, vamos.

Ríanse del policía que os hace el control de alcoholemia esperando que des positivo.

Ríanse del bebé al que se le cae el chupa-chups al suelo.

Ríanse del ridículo tropezón del trajeado que habla por el móvil con algún cliente importante o un amigo imaginario.

Ríanse de la niña que se pone nerviosa y se trastabilla cuando quiere pedir un polo de fresa al camarero del restaurante donde celebran el cumpleaños de su primo.

Ríanse de los penaltis fallados en el último minuto.

Ríanse de los chavales que se tapan el acné de sus frentes con flequillos imposibles.

Ríanse de los que se bañan en el mar en invierno.

Ríanse de los que nunca sacan más de un dos en matemáticas.  Y de los que siempre sacan diez.

Ríanse de los gallos que a veces soltamos cuando estamos contando algo trascendental.

Ríanse de los que confunden el aceite con el vinagre.

Ríanse de los que cuentan en pesetas, sueñan despiertos y creen en el destino.

Ríanse de los licenciados en Filología Inglesa.

Ríanse de los que dicen que se vive mejor en el pueblo.

Ríanse de los que se quedan sin gasolina en mitad de la M-30.

Ríanse de los que tienen miedo a los perros del tamaño de una rata.

Ríanse de París y su 68, de España y su 36, de mi vida y su 79.

Ríanse de la cara de la portera cuando pisamos el portal recién fregado.

Ríanse del Quijote, de Macbeth y de los fantasmas de Comala.

Ríanse de nuestros votos.

Ríanse de todas las manifestaciones multitudinarias.

Ríanse de los que lloran a solas y ríen en grupo.

Ríanse de las bombas que dejan a madres sin hijos, a hijos sin madres y a todos sin respiración.

Ríanse de los que dicen que el pan de antes sí que era bueno. (ríanse comiendo un BigMac)

Ríanse de los parados.

Ríanse de los que ganan 37 millones de euros en la lotería.

Ríanse, se me olvidaba, del clásico resbalón con piel de plátano.

Ríanse de los que creen que el mundo no ha acabado.

Ríanse de la mujer que, con seis bolsas y mucha ropa, corre tras un autobús que acaba de perder.

Ríanse de los que escriben la historia. Y de los que la leemos.

Ríanse de la bellea que llora cuando arde su Hoguera.

Ríanse del puro de Churchill, del bigote de Stalin, del perro de Hitler y de la calva de Ghandi.

Ríanse de los que escriben microrrelatos (pero ríanse con brevedad).

Ríanse del cambio climático, de la capa de ozono, de Greenpeace.

Ríanse de los que dicen que Nueva York no es Estados Unidos.

Ríanse de todos los presidentes de la historia de la Humanidad.

Ríanse de los chistes de Lepe.

Ríanse del último aliento de la persona que más quieren.

Ríanse del vecino salido de Peter Griffin.

Ríanse de nuestra ingenuidad.

Ríanse de la muerte de Lorca y de la vida de Paulo Coelho.

Ríanse de las inundaciones. Y si van con coches navegando a la deriva, mejor que mejor.

Ríanse del hombre al que se le rompe un condón después de acostarse con la puta más barata del barrio más sucio.

Ríanse de todos los vómitos de su juventud.

Ríanse de todos los sustos de su vejez.

Ríanse de los locos.

Ríanse de los que no saben abrir las bolsas (0,02 euros) de los supermercados.

Ríanse de los que saben escribir.

Ríanse de los que te cuentan que su vida es una mierda y que la única solución es un buen tiro en la sien.

Ríanse de los que creen que una canción con más de dos años de antigüedad es una reliquia.

Ríanse de la madre de John Cage.

Ríanse de todas las banderas que se usan como armas. Y de las que no también, qué huevos.

Ríanse de los que suspenden el examen de conducir por séptima vez.

Ríanse de los que no tienen a nadie.

Ríanse de los que dicen tener a muchos.

Ríanse de los que dicen que la vida son dos días.

Ríanse de la violación de la mazorca de  maíz de Santuario, de Faulkner.

Ríanse de los que no llevan paragüas cuando diluvia en la ciudad.

Ríanse de las niñas que gritan por un cantante que mañana olvidarán.

Ríanse de los relojes.

Ríanse de los que dicen que son todas una golfas.

Ríanse del Sargento Pimienta.

Ríanse de los hombres con peluquín ( y si pueden quitenselo con rabia. Y sigan riendo).

Ríanse de los que pasan tanta hambre que duermen y lloran a la vez.

Ríanse de los que gritan ohhh con los fuegos artificiales.

Ríanse de los que acompañan lo que escriben de una fotografía y una canción.

Ríanse de las que se ponen un pene de goma en la frente en las despedidas de soltera.

Ríanse de los que aman el cine.

Ríanse de los que se quejan del calor en verano y del frío en invierno.

Ríanse de los funerales de Estado.

Ríanse de los que les aplauden.

Ríanse de los que leen el horóscopo, por si acaso.

Ríanse de los hacen lo que les dicen.

Ríanse de la perfección del David de Miguel Ángel.

Ríanse de los que van al Louvre solo para ver la Gioconda.

Ríanse de los que cruzan los dedos antes de decir una mentira y de los que cruzan la calle después de mirar el semáforo.

Ríanse de los que cantan con ahínco las canciones que suenan en los pubs.

Ríanse de los que no llegan a fin de mes pero sí al final del año.

Ríanse de los Record Guinness.

Ríanse de los que mueren por los suyos.

Ríanse de los que arreglan el mundo en la parada de autobús.

Ríanse de los que dejan comentarios en blogs ajenos.

Ríanse de las siglas. De todas (J.A.J.A)

Ríanse de los que llamaron Judas a Dylan.

Ríanse de las bodas, de los que bailan en las bodas, de los que solo fuman en las bodas, de los que se casan en las bodas.

Ríanse de los que siguen a los partidos políticos como si fueran sectas.

Ríanse de la reencarnación.

Ríanse de los que hacen las cosas por nuestro bien.

Ríanse de los que les dejan tirado.

Ríanse de los que dedican canciones, discos, libros y besos.

Ríanse de los pueblos que desaparecen.

Ríanse de los que mueren atragantados por un hueso de aceituna.

Ríanse de todo, de todos.

Y entonces, solo entonces, les admiraré.

C.D.G

Fotografía: Elliot Erwitt.

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