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Archive for 28 febrero 2013

 

A nadie le sorprendió que pujara con tantas ganas por esa insignificante pero famosa  percha; pero nadie supo, hasta hoy, que no la adquirí porque perteneció a Marilyn, sino por lo que hicimos con ella la estrella y yo.

C.D.G

 

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black and white, dark, light, moon, photography, road

 

Sobre un capó se bebieron el cartón de vino de un tirón, pero dejaron un poco para la luna, única testigo de su primer día de vagabundos.

C.D.G

Enviado al concurso Cuenta140, en la Semana de La Luna, todavía en activo.

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Recuerdo los martes de mis trece años como se recuerdan los goles en el último minuto. Los martes venía Clara a darme clases de inglés. Y esos martes aprendí que en Londres hay decenas de  formas de llamar a la lluvia y que en silencio hay miles de maneras de decir te quiero.

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C.D.G

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Cuando me desayunan sin hambre, me vomitan con ganas.

C.D.G

Fotografía: García-Alix

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Mis camaradas cuentan los huesos y las muelas de los putos judíos. Yo soy distinto: solo cuento los olores de sus muertes.

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C.D.G

 

(Cuenta140- La costumbre)

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Desde la habitación de su hermanita vio el parque entero. Y en él los columpios, la alegría, las carreras, los colores, las plantas, los perros, los adultos, los bocadillos y su hermanita, leyendo tranquilamente un cómic  en su banco favorito, como si no supiera que él la miraba desde su ventana, que él esperaría a que ella volviera a casa, subiera las escaleras y entrara en su habitación con su franca sonrisa, con los rizos que le cosquilleaban la frente y con los ocho años que siempre tendrá.

C.D.G

(Relatos en Cadena. Cadena Ser)

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Con el primer canto del gallo el párroco descubrió la herejía. Todo el pueblo, a golpe de campana, se reunió de inmediato a las puertas de la iglesia. Sospecharon a viva voz de Damián, siempre tan rojo, y de Julia, siempre tan loca. Ellos lo negaron y el caos y el miedo siguieron rasgando la habitual calma de las primeras horas del día. Finalmente salió Marquitos desde algún lugar del ruido y confesó. ¿Marquitos? Tan buen chico él; tan callado, responsable y milagrosamente sereno desde su reciente orfandad. El párroco mandó silencio, se acercó a él y, con su fría mano casi transparente, le acarició el pelo. 

-¿ Por qué lo has hecho, hijo mío? ¿Ya no quieres al Señor? ¿Te aflige algún dolor por dentro?

-No es eso.

-¿Entonces? Abre tu corazón, muchacho.

Y Marquitos se deshizo con un pequeño gesto de la mano del cura y habló con la mirada de todo un pueblo clavada en su culpa.

-Yo solo quería que tuviera la cara de mi padre.

C.D.G

Fotografía de Ricard Terré ( qué descubrimiento)

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Permítanme que les diga algo. Pero antes dejen lo que están haciendo. No den más caladas a ese maloliente cigarrillo, no masquen el chicle de sandía ni tarareen la canción que les regala youtube. No manden mensajes a sus amistades diciendo que vale, que sí, que a las ocho abajo. No se toquen la entrepierna ni se rasquen la nuca. No se bañen en las aguas fecales de sus insuperables teléfonos móviles. No miren por la ventana para cerciorarse de que sigue lloviendo, sigue haciendo sol, sigue girando el mundo a pesar de ustedes. No busquen, con la mirada, a vuestra mascota ni, con la lengua, un resto de pollo escondido entre dos muelas. No piensen en el comentario preñado de halagos que me dejarán después. No sonrían y, por supuesto, no rían. No se quiten el nimio trozo de pan que ha acampado en sus pantalones ni lo posen luego en sus lenguas como si fuera el acto de comunión más íntimo de sus vidas.  No piensen en cuánto odian su trabajo, en cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que han tratado de entender un cuadro de Mark Rothko. No se caguen en las tripas del BigBang  si la conexión a Internet de sus ordenadores va treinta y cinco segundos más lento de lo establecido por la ruinosa tarifa que contrataron tras ser bombardeados, primero, y abducidos, después, por una convincente campaña publicitaria digna del cojeras de Goebbels.  No vayan a por un trago de agua, no comprueben si el aceite de la sartén ya está listo para freír un filete o si han bajado cien gramos de peso. Dejen de mirar, con o sin el microscopio del rencor, las fotos de radiantes vacaciones que han colgado los hombres y mujeres que un día formaron parte de sus lunes. Dejen de bostezar, de humedecerse los labios, de acariciarse las mejillas, de morderse las uñas, de mirar el suelo, el teclado, la pantalla… Dejen de leerme también. Ahora. Dejen de preguntarse que si dejan de leerme jamás sabrán que es lo que quiero decirles.

Por eso mismo repito que, por favor, permítanme que les diga algo.

C.D.G

Cuadro: Mark Rothko

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Destaparon la trama y con las ventas se forraron.

Se gastaron la pasta en lo mismo que los corruptos.

C.D.G

(Cuenta140. Periodismo)

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El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre le despierta. Eso y no el viento del valle, que ha abierto la puerta y balancea a aquel hombre de pies grandes, barba espesa y futuro imposible. Desde abajo, su hijo ve su cuerpo como un monumento imponente. Desde abajo, su hijo le pide que deje de hacer ruido y cierra los ojos. Y vuelve a perderse en la madeja del sueño en el que su padre todavía no está muerto y donde él puede matarlo de nuevo y dar, otra vez, la buena noticia al pueblo.

 

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C.D.G

Tan perdido ando en los concursos, que he enviado este relato fuera de plazo en el concurso de Relatos en Cadena, de la Ser (El leve crujir de la viga de la que cuelga, tenía que ser la frase de inicio). Así que le doy aquí cobijo, lejos del frío del otro lado de la pantalla.

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