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Archive for 27 abril 2013

 

Sé que soy más tonto que una letra de Lori Meyers, pero no por eso siento querencia por las noches en blanco y las ideas en negro. Y no por ser idiota me paso el día bajo la ducha engañando a mis lágrimas. No por ser imbécil compro a la morenaza del quiosco de la otra punta de la ciudad periódicos que no leo y al moro del 24 horas de mi barrio botellas de whisky malo que sí bebo. No por ser gilipollas estoy sobre el retrete poniendo por escrito vergüenzas que luego quemaré con mis dedos. No por ser un hijo de puta estoy dispuesto a pagar con toda la ciudad los miedos de todo mi interior…Dadme tiempo, que soy tonto. Tontico del to.

C.D.G

Fotografía de García-Alix

 

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Se acercó llorando a la caseta y le dijo al autor: su novela es más triste en persona.

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C.D.G

Junio, 2011

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¨Nunca somos más vulnerables que cuando nos sentimos fuertes”

David Mamet, Oleanna.

Hay quien necesita la soledad y el aislamiento (sin teléfonos, sin internet, sin libros, sin música, sin luz)  para:

a) pensar en qué decir al día siguiente a la persona que ha cambiado su vida o, directamente, en qué hacer con su vida,

b) quitarse la máscara que tanto le pesa, que tanto le muerde,

c) escribir una legendaria nota de suicidio,

d) perderse en la nada más plena,

e) masturbarse en ¡sí! mayor.

( Y aquí caben tantas letras como necesidades tengan ustedes)

Él necesita la soledad y el aislamiento cada vez que se dispone a escuchar (siempre tumbado, con el techo como una galaxia que mira con los ojos cerrados) Maggot Brain, de Funkadelic. Cada uno de sus sentidos viajan sin obstáculos al corazón de esa guitarra de Eddie Hazel. Se cuelga del llanto de sus acordes y cuando la emoción llega a sus manos y sus manos se empequeñecen hasta parecer o ser las de un bebé y se deja caer y el vacío parece inminente, sale de un vientre lejano un quejido eléctrico e inesperado que le sirve de colchoneta poderosa. Y de nuevo se agarra al llanto prolongado con manos que crecen y se agrietan. Y cuando vuelve el silencio a sus sentidos, sus sentidos siguen en esa canción y él habla en silencio sobre lo que acaba de vivir. ¿Cómo? Colgándose él mismo de sus propias lágrimas que, más que un amargo castigo, son un elixir intransferible. Entonces, con sus mejillas y sus labios empapados de existencia, estira su brazo otra vez, aprieta al play y el tren se pone de nuevo en marcha, rumbo a la más luminosa oscuridad que haya contemplado, según él, un ser humano.

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C.D.G

Fotografía de Gordon Parks.

P.D (Sobre la canción, no sobre la historia): Se dice -o sea, que será mentira- que George Clinton le pidió a su guitarrista, Eddie Hazel, que tocara algo como si se acabara de enterar de que sumadre había fallecido.

P.D (Sobre la historia, no sobre la canción): Se dice- o sea, que será verdad- que el, digámoslo claro, demasiado sensible protagonista de nuestro relato siente algo similar cuando escucha Vanishing Act, de Lou Reed, La Tía Enriqueta, de Chimo Bayo y algunas canciones más. Pero eso ya se contó aquí antes. Y más de una vez.

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Juegan en ligas distintas, pero él pierde en las dos.

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C.D.G

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Las atrapo al vuelo; y eso que me cuesta más que antaño, cuando venían a mí asemejándose a los miles de papelitos de clase media-orgullosa que planeaban -hasta casi bailar un vals con el momento histórico- en mitad de agosto sobre la Quinta Avenida, desde ventanas de rascacielos hasta la cabeza rapada o los hombros azul marino del primer astronauta que decidió que una huella en un satélite es más importante que mi último trío de ases. Antaño todo era fácil.

Apuesto a que vosotros, con las de ahora, no podríais. Yo sí, ya lo he dicho: las pillo al vuelo. Sé que me pertenecen, así que tendría derecho a mecerlas en mi regazo hasta cansarme, pero las suelto enseguida: queman, muerden y todos las reclaman para oírlas, creerlas, aprehenderlas y repetirlas como un mantra para conseguir que yo, en el prime-time de mi vida, me sienta peor de lo que me siento y me refugie allá donde yo, y solo yo, decido lo que me sobrevuela, lo que pasa cerca de mí, lo que atrapo: canciones de látigo largo y tragos de punta afilada. Entonces soy yo el que quemo. Muerdo. Escribo. Pero solo arden, solo sangran y solo me leen mi soledad y las flores que descansan sobre otros extraviados. 

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C.D.G

Fotografía: fotograma de El Eclipse, de Antonioni (1962)

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Se rindió.

Primero asomando su brazo por la ventana y, con el brazo, un pañuelo blanco y lleno de lágrimas. 

Después asomando su cara por la ventana y, con la cara, unos ojos rojos y sin rastro de lágrimas.

Y finalmente asomando todo su cuerpo por la ventana y, con el cuerpo, una caída negra y llena del rastro de la esperanza de que alguno de los vencedores, al ver su cuerpo mordido por el asfalto, tuviera que secarse sus lágrimas con un pañuelo y su culpa con otra ventana.

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C.D.G

Fotografía de Zdenka Pregelj.

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Pongámosle en un anodido parque mediterráneo; uno de esos que no merecen mención en las guía de viaje y que es carne de contrabando y palomas sucias y besos adolescentes. Sentémosle  en un banco de madera y que a su espalda se alce una palmera olvidada. Y que frente a sus ojos haya un tobogán oxidado, un pequeño trampolín y ningún niño. Queremos un escenario vacío, ¿está claro? Quitemos el sol, el mediodía y la nubes, pero no el calor. Pongamos mucho sudor en su frente, en sus brazos y en su espalda: que su camiseta gris se empape. Pintemos una madrugada bien poderosa, una luna bien grande y entera detrás de la palmera y una lágrima bien amarga en el borde de sus pestañas. Consigamos (será fácil) que con la punta de su zapato haga en el suelo un círculo arenoso y con su mirada, un canto mudo a la resignación. Pensemos en si un cigarro apoyado en sus labios queda bonito, duro o sólo facilón.

Pongámosle una canción perfectamente triste a su alrededor y borremos de un plumazo el ruido ambiental. Soltemos la lágrima de sus pestañas y hagámosla  caer en el centro del círculo. E introduzcamos en su pensamiento tres ideas encadenadas y proyectadas, a la manera de Morel, en el suelo: que esa lágrima tiene nombre de mujer, que ese círculo es una ciudad a cuatrocientas horas de vuelo y que sus pies ya no serán capaces de caminar más allá del infierno que forman la luna, la palmera, el banco, el sudor, los columpios y su soledad.

Y para rematar el invento y adjudicarnos un nuevo y predecible éxito, plantemos esta historia en internet y que todo aquél que la lea se compadezca del muchacho y de su puerilmente deshecho presente.

C.D.G

P.D: He cambiado y añadido algunas palabras respecto a cómo lo he publicado inicialmente.

P.D nocturna: Sí, hemos decidido poner un trampolín en el parque. Nada es porque sí.

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