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Archive for 31 octubre 2013

 

En la primera cita les elijo el restaurante y el vino, les miro a los ojos y les río las gracias. Luego, en el portal de casa, les pregunto con mi cara más guarra si quieren subir.

Si dicen que sí, la segunda cita la tenemos en sus tumbas.

C.D.G

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Sé que es imposible, pero me encantaría que la vieras a través del teléfono. Ha crecido mucho desde la última vez; es más sabia, menos nerviosa, más risueña y, sobre todo, ha aprendido a olvidarte. Ésta es mi nueva vida, cariño.

C.D.G

Sortija de las XI…etc

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Él se sienta en lo que queda del porche de su casa. Él pela una naranja con un cuchillo oxidado. Él se la ofrece a su difunta esposa, que yace a su lado.

Él tiene hambre.

C.D.G

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Lou Reed, el hombre de las mil vidas y una sola voz: desde el exceso junto a los Warhol y Bowie a la adicción al mundo zen. Pero nunca, nunca se alejó de sus señas de identidad. Dijo en alguna ocasión que con tres acordes se podía hacer una buena canción rock. Él era el vivo ejemplo de eso: rock crudo, directo, con historias de dolor y desgarro, aunque con un lugar en su repertorio para el lirismo. Quien escuchó Vanishing Act, una de las canciones de mi vida, lo sabe.
Nueva York se queda sin una de sus voces, sin una de sus sombras. Pero la dulce Jane sigue cerca de nosotros, a un riff de distancia.

Escuchar el Transformer, el Berlin, o el poeniano The Raven es abrir las puertas a un mundo no siempre cómodo, no siempre agradable, pero siempre necesario (pasa con otros, pero la lista no es muy larga). Como necesario es, a veces, no decir topicazos como los míos habiendo canciones tan inmensas como las que ya han pasado por este antro y que ahora vuelven, por razones distintas a las que les trajo, pero con resultados iguales en mis oídos.

C.D.G

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En la cafetería más escondida de la ciudad nos contamos las arrugas que no teníamos cuando éramos todo besos, mordiscos y sudor. El café, como nuestros sueños, se queda frío.

C.D.G

Sortija de las XI Microjustas. Sin errata.

Fotografía: Frank Paulin

 

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Grita, como cada noche. Le ignoramos, como cada noche. Le enterramos, como cada noche.

Y antes de que se duerman, volvemos a contar la historia a nuestros hijos, que no saben si quieren ser lobos, ovejas, Pedro o cuentacuentos. Pero todos gritan, como cada noche.

C.D.G

Fotografía extraída de:

http://paqquita.blogspot.com.es/2011_03_06_archive.html

Ya está el audio del programa de ayer en el que participé.

http://radioencolectivo.blogspot.com.es/

 

 

 

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Ante mi reciente aparición en el programa La Radio en Colectivo, quiero aclarar tres cosas:

1- No, Nicolás no se llama Carlos.

2-Con semisecreto quería decir que el mundo que me rodea sabe que escribo, pero no que escribo tanto y tan mal.

3-Gracias de nuevo a Nicolás. Y siento que me haya pillado en la calle, con lo que eso conlleva (ruidos, falta de concentración, gonorrea…). Espero que la próxima llamada del Nobel me pille entre sábanas.

C.D.G

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A falta de ganas o inspiración para escribir algo ligeramente literario, os remito a Radio Mislata y, dentro de ella, a la Radio en Colectivo, donde Nicolás Jarque y compañía emprenden cada semana un viaje al barrio de los microrrelatos y la música. No es la primera vez que me pide colaborar. No es la primera vez que se lo agradezco.  En esta ocasión participaré, el próximo jueves, junto a muchos más y en directo, durante unos instantes. ¿Cómo? Ya se escuchará.

El programa puede escucharse en directo a las 20h en http://www.mislataradio.com y al día siguiente en radioencolectivo.blogspot.com

Muchas gracias de nuevo, Nicolás, por fiarte de mi pluma.

Un abrazo.

 

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Es fácil decir que las personas imprescindibles son un espejo.

Es fácil decir que un espejo roto da mala suerte.

Es fácil decir que si tocas un cristal roto, sangras.

Es fácil verte las heridas multiplicadas en un espejo roto.

Es fácil escribir sobre espejos rotos cuando el roto eres tú.

C.D.G

Fotografía: fotograma de El Apartamento, de Billy Wilder.

 

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Solo descansaba para dormir y lo hacía apoyado en la parte del muro que había alzado la jornada anterior. Comer comía con una mano alguna fruta que agarraba de su abandonado huerto, mientras con la otra proseguía con su labor. El día que nos ocupa hizo lo de que cada día al terminar, al esconderse el sol, su trabajo rutinario: alejarse unos pasos y mirar el resultado desde una perspectiva de pinacoteca. Como casi siempre, frunció el ceño y, como casi siempre, puso alguna pega rascando su sudada cabellera y mascullando algo que ni él sabía qué era. Pero esa vez había algo distinto: el muro ya estaba acabado. Se terminaron las maratonianas sesiones de enladrillado; se terminó el dormir lo justo; se terminó, supuso él al acercarse para confirmar la estabilidad del muro y la necesidad de revocar de nuevo algunas partes con cemento, el merodear de vecinos lanzando chismes sobre la profunda razón por la que el extraño vecino había decidido, a pesar de no tener una vivienda en menos de cien metros a la redonda, alzar una pared de cinco metros en un barrio en el que la tranquilidad reinaba desde el final de la revuelta de los Richardson y, además, dormir a duras penas bajo la fría luna, en lugar de hacerlo bajo el calor de sus sábanas.

Hechas las comprobaciones y hallándose razonablemente satisfecho ( su razonablemente satisfecho no era como el la del resto de los mortales; llamarle exigente era quedarse corto), entró a su casa, respiró el polvo que impregnaba el aire y se dirigió a paso lento hasta la cocina. Allí abrió el frigorífico y sacó una lata de cerveza: la primera en muchas semanas, tal y como se había prometido la noche anterior a su primer día de trabajo. La miró, la abrió, la volvió a mirar y en pocos tragos, y sin separarse del frigorífico, se la bebió. Ya vacía, la dejó en la encimera. Con la garganta fresca, se fue a su cuarto, se desnudó mirando su cama como si se tratara de su difunta esposa y se tumbó. Había imaginado muchas veces ese momento: mientras el sol y el cansancio le golpeaban con fuerza y al muro le costaba crecer, él se veía sobre su colchón, sumido en un sueño largo y completo. Pero la imaginación es eso: imaginación. La realidad era un hombre machacado que no podía ni cerrar los ojos porque, cuando lo hacía, cientos de hiladas de ladrillos y toneladas de cemento sellaban su tranquilidad. Era imposible. Volvió a mascullar algo, pero esta vez sí entendió él mismo lo que se escapaba entre sus dientes: un mecagoenlaputa

Tras ese mecagoenlaputa se levantó, volvió a oscuras a la cocina y se bebió otra cerveza. Y otra. Y otra. Y de la cerveza pasó al vino y del vino al whisky y del whisky a dejar, sin amortiguar, su cabeza sobre la mesa. Y de ahí a despertar trece horas después, mirando a través de la ventana de la cocina su muro, llenó de un inmenso y rojo ¿ Por qué ? Y él se secó las babas de su amanecer y se alegró ( y por primera vez en años, su alegría sí era como la nuestra; llamarle humano, ahora sí, era ser justo) de no saber la respuesta y de haber aprendido, por fin, a vivir en un mundo en el que podía hacer las cosas sin ningún motivo, sin ningún por qué.

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C.D.G

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