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Archive for 17/10/13

 

 

Solo descansaba para dormir y lo hacía apoyado en la parte del muro que había alzado la jornada anterior. Comer comía con una mano alguna fruta que agarraba de su abandonado huerto, mientras con la otra proseguía con su labor. El día que nos ocupa hizo lo de que cada día al terminar, al esconderse el sol, su trabajo rutinario: alejarse unos pasos y mirar el resultado desde una perspectiva de pinacoteca. Como casi siempre, frunció el ceño y, como casi siempre, puso alguna pega rascando su sudada cabellera y mascullando algo que ni él sabía qué era. Pero esa vez había algo distinto: el muro ya estaba acabado. Se terminaron las maratonianas sesiones de enladrillado; se terminó el dormir lo justo; se terminó, supuso él al acercarse para confirmar la estabilidad del muro y la necesidad de revocar de nuevo algunas partes con cemento, el merodear de vecinos lanzando chismes sobre la profunda razón por la que el extraño vecino había decidido, a pesar de no tener una vivienda en menos de cien metros a la redonda, alzar una pared de cinco metros en un barrio en el que la tranquilidad reinaba desde el final de la revuelta de los Richardson y, además, dormir a duras penas bajo la fría luna, en lugar de hacerlo bajo el calor de sus sábanas.

Hechas las comprobaciones y hallándose razonablemente satisfecho ( su razonablemente satisfecho no era como el la del resto de los mortales; llamarle exigente era quedarse corto), entró a su casa, respiró el polvo que impregnaba el aire y se dirigió a paso lento hasta la cocina. Allí abrió el frigorífico y sacó una lata de cerveza: la primera en muchas semanas, tal y como se había prometido la noche anterior a su primer día de trabajo. La miró, la abrió, la volvió a mirar y en pocos tragos, y sin separarse del frigorífico, se la bebió. Ya vacía, la dejó en la encimera. Con la garganta fresca, se fue a su cuarto, se desnudó mirando su cama como si se tratara de su difunta esposa y se tumbó. Había imaginado muchas veces ese momento: mientras el sol y el cansancio le golpeaban con fuerza y al muro le costaba crecer, él se veía sobre su colchón, sumido en un sueño largo y completo. Pero la imaginación es eso: imaginación. La realidad era un hombre machacado que no podía ni cerrar los ojos porque, cuando lo hacía, cientos de hiladas de ladrillos y toneladas de cemento sellaban su tranquilidad. Era imposible. Volvió a mascullar algo, pero esta vez sí entendió él mismo lo que se escapaba entre sus dientes: un mecagoenlaputa

Tras ese mecagoenlaputa se levantó, volvió a oscuras a la cocina y se bebió otra cerveza. Y otra. Y otra. Y de la cerveza pasó al vino y del vino al whisky y del whisky a dejar, sin amortiguar, su cabeza sobre la mesa. Y de ahí a despertar trece horas después, mirando a través de la ventana de la cocina su muro, llenó de un inmenso y rojo ¿ Por qué ? Y él se secó las babas de su amanecer y se alegró ( y por primera vez en años, su alegría sí era como la nuestra; llamarle humano, ahora sí, era ser justo) de no saber la respuesta y de haber aprendido, por fin, a vivir en un mundo en el que podía hacer las cosas sin ningún motivo, sin ningún por qué.

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C.D.G

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