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Archive for 24 abril 2014

Suda sangre, como cada martes. En su frente y en sus hombros. Bosteza con disimulo sobre el balcón mientras los turistas, muchos menos que años ha pero igual de asombrados, fotografían el momento con las palabras del guía como banda sonora. Cinco minutos después levanta la mano con solemnidad, se da la vuelta y sale del balcón. Entra en la ducha para quitarse todo rastro y todo olor del sirope de maíz con colorante. Pero no hay manera. La esponja no logra desteñir su piel. Y su cuerpo no huele al habitual mejunje. Efectivamente:  esta vez es sangre de verdad lo que cae implacable por su rostro y sus brazos. Efectivamente: esta vez es sangre suya.

Y efectivamente: esto no es un relato de esos en los que todo, al final, es un sueño. Un respeto.

————

C.D.G

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La trampa del cielo

nos hará fotografiarlo

mientras nos aplasta.

C.D.G

Fotografía: fotograma de Andrei Rublev, de Tarkovsky

 

 

 

 

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DSCN7060

 

Como si aquellos ojos fueran de ella. Se me quitó el hambre. Dejé de rebuscar en el contenedor. Ni abrí la bolsa, que prometía sustancia, sobre la que me juzgaban, con bizco ahínco, aquellos dos ojos negros que miré como si fueran de ella, que agarré con cuidado, que alejé de tanta mierda ajena para acercarlos a la propia. Crucé la ciudad con ellos en mi mano, como los niños que protegen del mundo hostil a un pajarito cojo que se encuentran al volver del colegio.

Ya en el hostal, puse sobre el colchón una hoja de periódico y sobre ella, los ojos. Los miré. Me miraron. Me olí las manos. Apestaban. Me las lamí. Aquellos ojos, como si fueran los de ella, eran negros como lo desconocido, llenos de interrogantes y sin embargo, serenos. Todo cabía en ellos. No sé cuánto tiempo pasamos mirándonos. No sé en qué momento decidí comérmelos y volver a la calle, que me gritaba colores.

—-

C.D.G

Fotografía: C.D.G

 

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No es la primera vez que la luna cae sobre mí, pero sí la primera vez que me abre la cabeza. Sangro, claro que sangro. Pero nada de hospitales. Un buen banco escondido, un buen cielo sin estrellas y a esperar, despierto o durmiendo, a que la sangre se haga más negra y se seque entre mis cabellos. Sé que corro riesgos, pero nada tengo en mis bolsillos que merezca ser robado. Sé también que eso poco importa a los desesperados que buscan desconocidos a los que golpear como ha hecho la luna conmigo para entonces, como ella misma acaba de hacer, convertirse momentáneamente en alguien. 

No sé si tengo sueño o me estoy desmayando, pero el narrador que se ha metido dentro de mí con la sutileza de un supositorio, saca fuerzas y moral para seguir mi historia más allá de mi conciencia. Por eso sé y sabéis que sí, que me he dormido boca arriba, con el brazo derecho rozando el suelo y mi pecho respirando a la velocidad de los que bordean el camino sin regreso. Durante este tiempo solo un gato se ha acercado a mi banco. Ha rozado mi mano con su torso y luego la ha lamido. No ha conseguido despertarme y se ha alejado de allí, buscando la luna, seguramente. Eso he hecho yo también en mi sueño y al abrir los ojos, pero más allá de la herida  de mi cabeza, no encuentro ni rastro de ella. No está, no es. Tan horrible ausencia tiene su lado bueno: los poetas cuentan, desde ya, con una musa menos. La poesía está un poco más cerca de morir. 

Y mi herida, por cierto, ya no sangra.

 

C.D.G

 

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El vértigo
llena de sombras
la frontera.

C.D.G

Fotografía: valla entre Marruecos y Melilla. Agosto, 2005.

 

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Leo su libro Entre el Ayer y Mañana: recopilación de artículos periodísticos y las letras de cabaret que le hicieron famoso a principios del siglo pasado y odiado tras la llegada, que él adivinó pronto, del nazismo. Evidentemente, sus libros fueron quemados en plazas varias en honor a un Tercer Reich limpio y unido.
Merece la pena leer, por poner solo dos ejemplos entre varias decenas, su carta al futuro ser humano de 1983, al que imagina lleno de máquinas; o cómo cuenta que en el Berlín de los veinte es imposible salir a la calle y ver a alguien sin maletín, sea para lo que sea, sea de piel de animal exótico o de cartón (si cambiamos en cada ocasión la palabra maletín por teléfono móvil, podemos llamar a Tucholski profeta o a nosotros, animales que progresamos poco); y todo con una ironía y una inteligencia que escasea  y que sorprende si se leen algunos datos de su corta, intensa, feliz y durísima biografía . Las primeras décadas del siglo XX vieron un auge en la prensa alemana con gente como Tucholsky y mi admiradísimo Joseph Roth, que en sus lúcidas crónicas mostraron un mundo a punto de acabar, con briznas de odio en la luz de la modernidad.
EL HOMBRE
El hombre tiene dos piernas y dos convicciones: una, cuando las cosas van bien; la otra, cuando las cosas le van mal. Esta última se llama religión.

El hombre es un animal vertebrado y tiene un alma inmortal, así como una patria, para moderar su alegría.
 
El hombre es producido de manera natural, aunque no lo encuentra natural y no le gusta hablar de ello. Lo hacen, sin preguntarle si quiere que lo hagan.
 
El hombre es un ser útil, porque sirve, mediante la muerte de soldados, para hacer subir hasta las nubes las acciones de las compañías petrolíferas, mediante la muerte de mineros, para elevar los beneficios de los dueños de las minas, así como la cultura, el arte y la ciencia.
 
El hombre tiene, además, el instinto reproductor y el de comer y beber, dos pasiones: buscar camorra y no escuchar. Se podría definir al hombre simplemente como un ser que nunca escucha. Si es sabio, ya hace bien: porque sólo raramente oirá cosas sensatas. A las personas les gusta escuchar: promesas, alabanzas, elogios y cumplidos. Tratándose de alabanzas, se recomienda hacerlas tres tallas más burdas de lo que se podría considerar posible.
 
El hombre no le permite nada a los de su especie, por eso ha inventado las leyes. Si él no puede, que los otros tampoco puedan.
 
Para poder confiar en una persona, es recomendable sentarse encima: uno estará seguro, como mínimo durante ese tiempo, de que no se escapará. Algunos también confían en el carácter.
 
El hombre se disgrega en dos partes: en una masculina, que no quiere pensar, y una femenina, que no puede pensar. Ambas tienen los llamados ‘sentimientos’: la manera más segura de provocarlos consiste en poner en funcionamiento ciertos puntos nerviosos del organismo. En estos casos algunas personas segregan poesías.
 
El hombre es un ser devorador de plantas y de carne; en viajes al Polo Norte, de vez en cuando también devora ejemplares de su propia especie; pero eso se compensa con el fascismo.
 
El hombre es una criatura política que se pasa la vida preferentemente amontonado en masas compactas. Cada una de las masas odia a las otras, porque son las otras, y odia a las propias, porque son las propias. Este odio último se llama patriotismo.
 
Todas las personas tienen un hígado, un bazo, unos pulmones y una bandera.; todos ellos son órganos vitales. Se dice que hay personas sin hígado, sin bazo, con un solo pulmón; personas sin bandera no hay.
 
Al hombre le gusta avivar la actividad reproductora débil, y para eso dispone de diversos medios: la corrida de toros, el delito, el deporte y la práctica de la justicia.
 
Personas que convivan juntas no hay. Sólo hay personas que dominan y otras que son dominadas. Pero nadie se ha dominado nunca a sí mismo; porque el esclavo que se opone es siempre más fuerte que el señor que pretende mandar. Cada uno es inferior es a sí mismo.
 
Cuando el hombre se da cuenta de que ya no puede levantar el trasero, se vuelve devoto y sabio, entonces renuncia a las uvas verdes del mundo. Eso se llama recogimiento interior. Las personas de diferentes edades se consideran mutuamente de diferentes razas: las viejas acostumbran a olvidar que han sido jóvenes o que son viejas, y las jóvenes nunca entienden que pueden llegar a hacerse viejas.
 
El hombre no tiene ganas de morir, porque no sabe qué vendrá después. Si cree que lo sabe, tampoco tiene ganas, porque quiere seguir un poco haciendo lo de siempre. Un poco significa aquí eternamente.
 
Por lo demás el hombre es un organismo vivo que golpea, hace mala música y deja ladrar a su perro. A veces da un poco de paz, pero entonces ya está muerto.
 
Además del hombre también hay sajones y americanos, pero éstos todavía no nos los han explicado y no tenemos clase de zoología hasta el próximo curso.
(1931)

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Empieza a maquillarse

el pálido andar

del caminante invisible.

C.D.G

Fotografía: Eugeni Forcano

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