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Archive for 26 mayo 2014

 

Duermen de mentira

los desgraciados felices

que aprendieron a acunar.

—-

C.D.G

Fotografía: Darcy Padilla

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No suena Mahler hoy

ni el crepúsculo chorrea

bajo nuestro sombrero.

Todo es hedor en Venecia.

Lo olvidamos con un trago

de nuestra mejor muerte.

 

C.D.G

 

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Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estúpido”. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar.

La Peste, Albert Camus.

 

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Jugar a ser poeta es como jugar a ser terrorista: no tiene ni pizca de gracia y provoca más pena que aplauso. Por eso me sorprende que el juez y poeta (éste de verdad) Joaquín Pérez Azaústre me haya elegido como ganador en el concurso semanal de “micropoemas” (las comillas son mías) de http://www.elcultural.es. El tema era el encuentro.  El próximo viernes saldrá en la edición de papel, perecedera y por ello más valiosa, de El Cultural.

El “poema” (más comillas mías) lo puse hace unos días en este mismo sitio, con el mismo retrato del gran (las comillas aquí sobran) Samuel Beckett, con la misma canción.

 

Arde un puñado de tierra
en las manos silenciosas
del anciano que termina el viaje.

 

Y las palabras del juez/poeta, las más exageradas que he leído en muchas horas (no, no; no está hablando del antiguo marinero de Coleridge; está hablando de unos “versos” míos (las comillas…)), son éstas: 

Hola compañeros. Semana del encuentro, con poemas que han ahondado en los límites metafóricos de su significado, como encuentro emocional, histórico, íntimo, o también el encuentro del ser humano con la eternidad, como es el caso del excelente poema ganador. Se puede sacar mucho juego a una palabra, ubicándola en situaciones muy diversas, tratando de acechar sus múltiples sentidos. De entre todos los poemas finalistas, me he decidido por uno diferente, en relación con la mayoría, que se puede leer en varias direcciones. La primera -y no la más destacable; aunque, en este sentido, era también uno de los más llamativos- es la potencia verbal de cada verso, sostenido en sí mismo, con una contención que añadía brillantez y contundencia a la expresión. Ese “puñado de tierra” que imaginamos ardiendo, ya tiene una fuerza ígnea y cenital, de iniciación -el fuego de la vida, su origen primero- y también de acabamiento, porque todo fuego, aunque nos de la vida, también termina, luego, en su consumición. Pero que arda ese “puñado de tierra”, y lo haga “en las manos silenciosas”, añade un doble volumen a la imagen; primero la intrínseca del segundo verso, esas “manos silenciosas”, que imaginamos abiertas, o quizá ligeramente encogidas, unas manos paradas en su propio mutismo, ya es una imagen con tensión. Pero -y aquí viene el redondeo telúrico del verso- que en ellas nazca y muera la vida, se origine y se apague ese ardiente “puñado de tierra”, es la quemazón de la vida encendida, de nuestro equipaje primigenio, concentrado primero, y después apagado: porque a continuación sabemos que esas “manos silentes” pertenecen al “anciano que termina el viaje”. Capacidad de síntesis elegiaca entre la vida y la muerte, la pulsión y su acecho, ese crepúsculo que también “arde” en el horizonte, ante el cual sólo queda el silencio de esas “manos”, porque hemos acabado. Verbalmente, como decía arriba, el poema es magnífico, por su capacidad de contención, su tono cortado y entero en cada verso, y plásticamente también logra una gran belleza. Pero es su tono existencial lo que le da su mayor altura.

 Y las agradezco, porque las exageraciones, como las copas de más, nos hacen mejores personas.

¿No?

 

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Han abierto a la ballena varada.

El aire secreto de sus entrañas

ha enmudecido a los hombres.

C.D.G

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Catalina salió de la panadería con una sonrisa. La primavera ya estaba por todas partes, así que que dejó para más tarde el regreso a casa y aprovechó su mañana libre para perderse en el canto de los pájaros y en las primeras caricias de su jardín preferido: abandonado por los zarpazos de la ciudad, refugio de ella y de su Juan Ignacio desde que se conocieron con dieciocho años. El banco de siempre. El sol de siempre. Y el pico de la barra de pan compartido con las aves. Habían pasado diez años, pero como si fuera ayer. Estiró sus piernas, sacudió las migas y cerró los ojos. Se dejó llenar por lo que la rodeaba, pero todo lo que la rodeaba remitía, claro, a su hombre. Sacó el teléfono del bolso e imaginó qué estaría haciendo a estas horas. Le gustaba jugar a eso: pensar en él convenciendo a un cliente, viajando con un ojo en el paisaje y el otro en sus apuntes o tomando a esa misma hora su tercer café de la jornada en su despacho, al otro lado de la ciudad, con vistas a otro edificio con otros despachos, con otros trabajadores luciendo traje y devorando cafeína. No se lo pensó y le llamó. Se saludaron y ella le preguntó qué hacía. Él tardó tres segundos en contestar.

C.D.G

Antonia dejó tres palabras en la entrada anterior. He escogido la chispa. Gracias.

Fotografía: detalle de Los Grandes Bañistas, de Cézanne.

 

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Borró los cinco párrafos o se los esnifó. Hay dudas al respecto. Pero después, optó por lo que optaba de vez en cuando: pedir una palabra a quien le leyera, la que fuera. Para que él, ¿por qué no?, demostrara ( en cinco, quince, cincuenta o setecientas noventa y tres palabras, a gusto del consumidor) a esos pocos lectores lo que no hacía falta demostrar: que no todo está visto en el mundo de la literatura; se puede escribir todavía peor, fracasando mejor, que diría un Bartleby. Con dos cojones.

– ¡El encargo! ¡El encargo!.- gritó el coronel Kurtz.

Después adjuntó una fotografía, eligió una canción y puso un título incomprensible, pero apropiado.

Y esperó.

Y dio las gracias.

Y el  juego, o la nada, empezó. Empezaron.

Y el juego duró lo que dura un rabo de lagartija.

O una verdad.

—-

C.D.G

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