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Archive for 30 junio 2014

 

EL SIGLO DEL MIEDO

El siglo XVII fue el siglo de las matemáticas, el XVIII el de las ciencias físicas y el XIX el de la biología. Nuestro siglo XX es el siglo del miedo. Se me dirá que el miedo no es una ciencia. Pero, en primer lugar, la ciencia es en cierto modo responsable de ese miedo, porque sus últimos avances teóricos la han llevado a negarse a sí misma y porque sus perfeccionamientos prácticos amenazan con destruir la tierra toda. Además, si bien el miedo en sí mismo no puede ser considerado una ciencia, no hay duda de que es, sin embargo, una técnica.
Lo que más impresiona en el mundo en que vivimos es, primeramente y en general, que la mayoría de los hombres (salvo los creyentes de todo tipo) están privados de porvenir. No hay vida valedera sin proyección hacia el porvenir, sin promesas de maduramiento y de progreso. Vivir contra una pared es una vida de perros. ¡Y bien! Los hombres de mi generación y de la que ingresa hoy en los talleres y las facultades vivieron y viven cada vez más como perros.
Por cierto, no es la primera vez que los hombres se hallan ante un porvenir materialmente cerrado. Pero salían adelante, por lo general, gracias a la palabra y al clamor. Recurrían a otros valores en los que depositaban sus esperanzas. Hoy nadie habla ya (salvo los que se repiten) porque el mundo nos parece conducido por fuerzas ciegas y sordas que no oyen las voces de advertencia, los consejos y las súplicas. Algo en nosotros fue destruido por el espectáculo de los años que acabamos de vivir. Y ese algo es aquella eterna confianza del hombre que le ha hecho creer siempre que podían obtenerse de otro hombre reacciones humanas hablándole con el lenguaje de la humanidad. Nosotros vimos mentir, envilecer, matar, deportar, torturar y cada vez que sucedía era imposible persuadir a los que lo hacían de no hacerlo, porque estaban seguros de sí mismos y porque no se persuade a una abstracción, es decir al representante de una ideología.
El largo diálogo de los hombres acaba de cortarse. Y, por supuesto, un hombre a quien no se puede persuadir es un hombre que da miedo. Así, al lado de los que no hablaban porque lo juzgaban inútil, se extendía y se extiende aún una inmensa conspiración del silencio, aceptada por los que tiemblan y se dan buenas razones para ocultarse a sí mismos que tiemblan, y suscitada por quienes tienen interés en hacerlo. “No deben ustedes hablar de la depuración de artistas en Rusia, porque es hacerle el juego a la reacción”. “No deben ustedes decir que Franco se mantiene en el poder gracias a la ayuda de los anglosajones, porque es hacerle el juego al comunismo”. Bien decía yo que el miedo es una técnica.
Entre el miedo muy general a una guerra que todo el mundo prepara y el miedo particular a las ideologías homicidas, es muy cierto que vivimos en el terror. Vivimos en el terror porque ya no es posible la persuasión, porque el hombre fue entregado por completo a la historia y no puede volverse hacia esa parte de sí mismo, tan verdadera como la parte histórica, y que reencuentra ante la belleza del mundo y de los rostros; porque vivimos en el mundo de la abstracción, el mundo de las oficinas y de las máquinas, de las ideas absolutas y del mesianismo sin matices. Nos asfixia esa gente que cree tener la razón absoluta, ya sea con sus máquinas o sus ideas. Y para todos aquellos que no pueden vivir sino en el diálogo y la amistad de los hombres, este silencio es el fin del mundo.
Para salir de este terror habría que poder reflexionar y actuar según esa reflexión. Pero el terror precisamente no constituye un clima favorable para la reflexión. Creo, sin embargo, que en lugar de vituperar este miedo, hay que considerarlo como uno de los primeros elementos de la situación y tratar de ponerle remedio. Nada hay más importante. Pues esto concierne a la suerte de gran número de europeos a quienes, hartos de violencia y de mentiras, burlados en sus esperanzas más caras, les repugna tanto la idea de matar a sus semejantes para convencerlos como la de ser convencidos de la misma manera. Sin embargo, es la alternativa en que se coloca a esta gran masa de hombres en Europa, que no pertenecen a ningún partido, o que no están cómodos en el que eligieron, que dudan de que el socialismo se haya realizado en Rusia y el liberalismo en Estados Unidos, que reconocen, no obstante, a aquéllos y a éstos el derecho de afirmar su verdad, pero les rehusan de imponerla por la muerte, individual o colectiva. Entre los poderosos de la hora actual, esos hombres no tienen fuerza y sólo podrán hacer admitir (no digo triunfar, sino admitir) su punto de vista y sólo recuperarán su lugar en el mundo cuando hayan tomado conciencia de lo que quieren y lo digan simple y enérgicamente, como para que sus palabras puedan liar un haz de energías. Y si el miedo no es el clima adecuado para la reflexión, deberán, en primer lugar, enfrentarlo.
Para enfrentarlo es necesario ver qué significa y qué rechaza. Significa y rechaza el mismo hecho: un mundo en el que se legitima el homicidio y en el que la vida humana se considera una futileza. He aquí el primer problema político de hoy. Y antes de seguir adelante es necesario tomar posición al respecto de él. Previamente a toda realización deben hoy plantearse dos preguntas: “Sí o no, directa o indirectamente, ¿quiere usted que lo maten o lo violenten? Sí o no, directa o indirectamente, ¿quiere usted matar o violentar?” Todos los que contesten no a estas dos preguntas quedan automáticamente enfrentados a una serie de consecuencias que deben modificar su manera de plantear el problema. Tengo el proyecto de precisar tan sólo dos o tres de esas consecuencias. Entretanto, el lector de buena voluntad puede interrogarse y responder.

ALBERT CAMUS, Noviembre de 1946.

 

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Oigo crujir a la rama
que separa al mundo
de nuestra caída.

C.D.G

Fotografía: Eve Arnold

 

 

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La botella

vuelve

a abrirme.

C.D.G

Fotografía: García Alix

 

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Desmantelo mis palabras.

Ellas te trajeron al lecho

que te llevó a ninguna parte.

—-

C.D.G

Fotografía: fotograma de Blow Up

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Le dejaron ver los penaltis.

Se fue con risa de niño

al limbo de los fusilados.

—–

C.D.G

 

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Cedo al espejismo

que llega con el calor

de tus hombros desnudos.

C.D.G

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La niña de los billares infartó con medio beso toda mi reputación de tipo duro. Después vino el callejón, vino el vómito de sangre, vino una mano destrozada, vino la llamada a gritos a un taxi que nunca vino. Duele el frío cuando sabes que te acompañará toda la noche. Escuece el amanecer cuando estás seguro de que exhibirá tus vergüenzas. 

Metí mi mano maltrecha en la americana y mojé mis heridas en la primera fuente que vi. Y esperé, dando tumbos bajo el sol, a que volvieran a abrir los billares.

C.D.G

Fotografía: Brassaï

 

 

 

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Saluda a mi infancia la mirada cómplice de un rabo de lagartija, pero no tarda en quedarse quieta. Creo que suda, como yo. Tiro la lagartija a los arbustos y meto su rabo en el apartamento, en mi habitación, en mi bote secreto. No desentona junto a mis uñas, mis pesetas encontradas, mis alas de mariposa y mis canicas robadas. Dejo el bote en su sitio. Todos duermen la siesta. Todo es lento en verano. Yo ya me he cansado por hoy de buscar bichos y matarlos, así que me tumbo en la cama. Me han quitado la GameBoy por hacer rabiar a mi hermana, no puedo ir al 422 de Berlín y el libro que tengo que leer para septiembre es un rollo. Quisiera hacer como Carlitos: él puede soñar con lo que se proponga, el muy cabrón. Yo lo he intentado mil veces: que si ver mi colegio arder desde el cielo, que si yo metiendo el gol definitivo en un Mundial, que si Lobezno enseñándome cómo hacerme sus patillas. Pero a lo más que llego es a encontrarme en un callejón en el que me matan o a que me meo en clase cuando la profe me pregunta por los afluentes del río Miño. A lo mejor debería pensar como un niño para soñar como un niño. No puede ser muy sano hablar de, por decir algo,  la mirada cómplice de un rabo de lagartija. Un niño no dice eso. Un niño no dice nada. Un niño, si está solo como yo, arranca el rabo de una lagartija y sonríe satisfecho durante esos segundos en los que es Dios. Un niño, además, no habla de Dios: lo teme o lo ignora. Además, Dios no centra como Míchel. Ya está, ya está, ya está: el balón. Voy a jugar con el balón. Y si se despiertan, que se despierten. Que soy un niño y los niños despertamos a los padres.

—-

C.D.G

 

 

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Un cisne de luz

por la tibia ventana

de mis vacaciones.

C.D.G

 

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Las costras de la medianoche 

laten granos de sangre

en las ardientes aceras de la ciudad.

Algunos, yo entre ellos,

salimos con cautela y hambre

y arrancamos con nuestras manitas

esas costras.

Nos vemos reflejados en la sangre.

La lamemos.

Laten entonces nuestras lenguas.

Alzamos la vista

buscando lunas llenas y un aria.

Pero el cielo solo ofrece

un rumor de pesadilla

y costras de un amanecer

que nos desayunará.

C.D.G

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