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Archive for 27 diciembre 2014

 

Necesita un libro, el que sea. En su casa tiene cientos. Quizás llegue a mil. Nunca los ha contado. No ha leído todos los libros que tiene. Ni los leerá. Muchos los dejó a medias, otros ni los abrió, aunque sus fajas digan que sus páginas contienen dinamita para los ojos. Pero no quiere uno de esos libros que parecen llamar a su puerta con su manco ahínco. Sí, ya sé que acabo de decir, hace unos segundos si lees esto a la velocidad de una persona mentalmente ágil, que necesita un libro, el que sea. Pues no: el que sea, no. Necesita salir a comprar un libro.  Ponerse la chaqueta y las gafas de sol y salir de casa, caminar los siete minutos, si andas a la velocidad de una persona físicamente fofa, que le separan de la librería, entrar y dejarse llevar por la intuición. No, no vale un autor que haya leído ya o al que conozca por prestigio, por televisivo o porque ganó un premio hace tres décadas. Ya, ya. He comenzado diciendo que le valía cualquier libro. Luego que no, que tenía que ser un libro que él saliera a comprar. Y ahora, que es imprescindible que la obra que se lleve bajo el brazo sea de un escritor que desconozca por completo. No soy yo el que restringe su necesidad. Solo soy el que cuenta mal sus necesidades. Perdonadme. 

Mientras escribo esto, él ya ha salido de casa, él ya enfila la librería, él está a punto de entrar en ella, agarrar un libro de autor desconocido, pagarlo y volver a casa. Y a mí no me pagan por esto.

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C.D.G

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Lo sacaba a las mismas horas que la del quinto, que lo sacaba a las mismas horas que el del tercero.

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C.D.G

Fotografía: Edificio de La Ventana Indiscreta.

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Para que la ciudad oliera como se merecía, decidieron multar a quien recogiera los excrementos de los perros.

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C.D.G

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Le pusieron el vídeo de todo lo que había hecho. Pese a lo que esperaban, no parpadeó: estaba empezando a conocerse.

C.D.G

Gracias a todos.

 

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Le raparon, le quitaron su ropa y le convirtieron en un número. Y siguió siendo el mismo.

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C.D.G

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Un cuchillo sobre un sueño.

Cae sobre él.

Y el sueño muere de decepción:

no es sangre lo que tiene dentro,

no es dolor lo que tiene fuera.

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C.D.G

Fotografía: Walker Evans

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Los anónimos salen antes de que despertemos. Se sientan en nuestros portales, corretean por nuestras calles y ríen como muñecos a pilas. Y si se encuentran con uno de nosotros, disimulan su miedo, se inventan una identidad y esconden andando lo que quieren enterrar corriendo. Y, ya a salvo, siguen bailando con las farolas y cantando poemas que se deslizan sobre su alegría. Algunos lloran porque quieren un nombre, alguien que les reconozca al despertar y con el último bostezo. Pero son los menos. 

Y cuando abrimos los ojos, subimos la persiana y echamos un vistazo a la ciudad, ya no están allí, pero sabemos que han estado. Las primeras horas de luz tienen el eco de sus últimos paseos bajo la oscuridad. Sin nombre han sido ellos mismos, sin nombre nos temen. Y algunos de nosotros, con nombre, apellidos e historia, queremos borrar todo lo que somos y salir a la calle siendo anónimos. Pero somos los menos.

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C.D.G

Fotografía: Roberto Michel

 

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Mis horas han caído.

Las recogen los niños, se van corriendo.

Yo no tengo fuerzas para perseguirlos.

Me consuelo pensando que, pronto,

ya no me quedarán horas que perder

y a esos niños, algún día, les pesarán mucho sus bolsillos,

tan parecidos a los míos.

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C.D.G

Fotografía: Willy Ronis

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El último en llegar tiene que, cuando termine la clase, borrar la pizarra, colocar bien las mesas y las sillas y apagar la luz antes de cerrar. Pero mañana seré yo el último en llegar y no borraré la pizarra, ni colocaré las mesas y las sillas, ni por supuesto apagaré la luz ni cerraré la puerta. Quiero que todos vean bien lo que habré hecho dentro de quince horas con mis compañeros, con el profesor y con toda la decoración navideña de la clase. Culparán de mi acto de justicia a los videojuegos, al divorcio de mis padres y a la obligación de comer sopa de fideos en el comedor. Pero yo no podré escuchar esas gilipolleces, como bien sabrán todos los que verán bien lo que habré hecho dentro de quince horas. O trece, que el de mates me cae también como el culo.

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C.D.G

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Se lavan los silencios en el pretérito de una pared.

Miremos el proceso.

Nos entrarán ganas de contarlo, de lanzarnos sobre ellos.

Pero de las hojas secas nacen las mejores canciones.

Y el otoño pertenece al que le da la espalda.

Centrifugo y termino.

Y cuelgo los silencios sobre las palabras que acabo de escribir.

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C.D.G

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