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Archive for 14 marzo 2015

Una estatua sin ojos

mira al que mira la estatua

con una mano abierta

y la otra mano abierta.

Y una cruz en cada palma,

un haz de sangre en cada cruz.

Y yo miro a la estatua sin ojos.

Y anochece a mi espalda una flor

que cambia mi sombra de sitio

que canta en mi voz otra voz.

Soy el perdón que nadie escucha,

soy el que envidia al tragaluz,

vas a huir cuando descubras

que soy el manco de otra cruz.

—–

C.D.G

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Jugó a la ruleta rusa hasta que perdió.

C.D.G

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A las cinco llegaron los dos al lugar convenido. Se sentaron en el banco del que les habían hablado. Echaron un vistazo a los pescadores de un lado, a la playa del otro y al mar de enfrente. Miraron sus relojes como quien mira un reloj. Y quince minutos después de lo indicado, llegó ella y se sentó entre los dos. Echaron un vistazo a los pescadores de un lado, a la playa del otro y al mar de enfrente. Miraron  sus relojes como quien mira un reloj. Y quince minutos después de la hora del bocadillo de los pescadores, volvieron al colegio, que sus hijos ya habrían acabado el entrenamiento y sudados, y con aquel frío, podrían pillar una pulmonía.

C.D.G

Fotografía: C.D.G

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Su nuca

abrió mi boca.

Mi boca

abrió su piel.

Y todos

desaparecieron.

Y nadie oyó

la palabra de mi mano

salvo ella

y nuestro calor

de centro comercial

a punto de cerrar.

——-

C.D.G

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Me dijo que tenía migas por la camisa. Miré y era cierto. Me las quité. ¿Por qué ningún pájaro volaba hasta mis pies para llevarse a su pico mi inesperado regalo? Seguimos hablando bajo el calor abrasador que no calmaba la sombra que nos daba el edificio que presumía de todo a nuestra espalda. Yo ya había terminado el sándwich. Él no había terminado su pera. Y los de la octava planta seguían teniendo serias intenciones de jodernos la existencia. De eso seguíamos hablando bajo el calor abrasador de un verano que había llegado antes de tiempo, aunque los dos sabíamos que el tiempo ya no era lo que fue, y que Mayo ya es verano. Llegamos a la conclusión de que era posible, si no seguro, que la escabechina (ésa es las expresión que usamos aquel día; una expresión que no sé a él, pero a mí siempre me remite a una lata de atún) iba a ser gorda y que pocos iban a salvarse.

¿Algo que hacer?, nos preguntamos entonces como en las últimas treinta y cinco pausas para almorzar. Nada que hacer, nos contestamos entonces como en las últimas treinta y cinco pausas para almorzar. Qué tráfico, qué ruido, qué calor para ser Mayo, qué pereza nos daba volver al ascensor. Subiendo hasta la quinta, él se puso a mirar el móvil sin cobertura. Yo miré mi camisa y pensé en el breve festín que algún pájaro podría estar dándose ahora si quisiera.

——-

C.D.G

 

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Cuando el huracán dejó su huella en el pueblo, nos quedamos sin línea telefónica. Y todos conseguimos que nadie la arreglara.

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C.D.G

 

 

 

 

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Por fin llegó al techo de su habitación sin tener que subirse a una silla.

—-

C.D.G

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