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Archive for 29 junio 2015

La pereza del suelo

A veces nos hablaba de la pereza del suelo. Al suelo le culpaba de dedicar mucho tiempo a bostezar y a llenarse de basura, pero ni un solo segundo a sacar fuerzas de sus raíces de cemento, arena o tiempo y  empujarle hacia el cielo para desaparecer para siempre. 

A veces se nos mostraba así de pesimista, así de deseoso de alejarse hasta convertirse en nube. Eso solía decir cuando se quejaba del suelo y su pereza. Nada solíamos decirle cuando lo hacía. Con los años habíamos jugado a aceptar esos momentos de turbia digresión; aunque, entre tragos y miradas a media asta, éramos un cóctel de preocupación, hastío y comprensión. Todos hemos dicho muchas veces lo de Tierra, trágame. Él quería que la tierra fuera una cama elástica, un muelle infalible. Él quería ser ave sin alas, nube sin algodón, pasado sin hoy. O no; o solo quería decirlo en voz alta para tratar de convencerse: él también jugaba a aceptar ese rol suyo de maldito de bar del Casco Viejo.

Y a veces, solo a veces, al suelo le da por cumplir deseos de barra de bar del Casco Viejo para que nosotros pasemos el resto de nuestra vida buscando, entre las nubes, a nuestro dichoso amigo.

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C.D.G

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La ola definitiva
no llamará a la puerta
que dejé entornada.

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Arde un mapa
fiel
a nuestras huellas.

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El sol
ha aprendido
a morder.

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El eco
de la orilla
hace cumbre.

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Deshiela
tu silencio
mi palabra.

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Vuelvo a tus ojos
para aprender
a nadarte en ellos.

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La ventana
dibuja tu desnudo
y nos derrite.

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C.D.G

Fotografía: Angel Nenov

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1-

Mojo la luna en tus ojos rojos.
La arena es lecho de un secreto
que solo conoce mi eternidad.

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2-

Suda sangre
la madrugada
de tus ojos.

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3-

Aleteas tras mi ventana
pesadillas de herida abierta.
Me quieres sin edad.

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4-

Un termómetro febril
me regala tu cuello
sediento de mi sed.

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C.D.G

Fotografía: Fotograma de Vampyr, de Dreyer

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Una alfombra de pipas bajo el bordillo del portal en el que estamos pasando la vida en una tarde. 

La ciudad se ha quedado vacía. No tenemos pueblo como Toni, Bea, Elena, Carlos y Roger. No tenemos playa como Diego, Silvia, Rulo y Jorge. Tenemos tiempo y una ciudad que arde. Y tantas bolsas de pipas como queramos: tu abuela es cojonuda.

¿Quién quiere nubes teniendo pipas?

¿Quién quiere fiesta teniendo bordillos?

¿Quién quiere hablar cuando puede mirar?

Ya llegará septiembre y su coñazo. 

Ya nos contarán lo cortas que se hacen las noches en el pueblo, lo grandes que son los castillos en la orilla, lo deliciosos que son los besos de las guiris.

Y les escucharemos comiendo pipas que saben siempre a sal, a verano y a las horas que solo nosotros conquistamos a base de tardes tan aburridas como nuestras.

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C.D.G

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No crees en los océanos de tiempo
que me han traído a mordiscos
hasta tu lágrima de sangre.

C.D.G

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Acuesto una promesa a mi lado.

No creo en ella, no cree en mí. 

Pero ahí afuera

las banderas

son vendas.

Y sus ojos, 

si no ven,

son míos.

C.D.G

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Soy capaz de parpadear una madrugada.

Pero no voy por ahí contándolo.

Puedo tragarme un cubito de hielo

-del tamaño del puño de un bebé-

sin dejar de recitar el Finnengans Wake.

Pero no tengo alma de pregonero.

Tengo un par de alas debajo de mi cama.

Pero solo yo sé cuándo me las pondré.

Vuestro asombro hablará por mí.

Soy capaz de parpadear esta madrugada.

Así que temed a vuestros sueños

como yo temo a mi vigilia.

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C.D.G

Autor del (segundo) cuadro: Ursus Wehli

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Un trozo de sandía de postre. Y Luisa tan contenta. Era la única fruta que le gustaba. Y disfrutaba estando en casa de sus tíos, entre otras cosas, por eso. Siempre sandía de postre. Siempre riquísima, fresquísima. Siempre en la terraza con el verano en todas partes. Y siempre, como colofón, el mismo momento cómico en el que su tío usaba la curva resultante de la sandía como una desproporcionada sonrisa.

Y ella tan feliz. Y recogía la mesa, y llevaba a la cocina, como una disciplinada sirvienta de otro tiempo, sus platos, sus cubiertos, su servilleta. Y allí secaba lo que fregaba su tía. Y allí su tío seguía con la sonrisa frutal puesta. Y después sus tíos se dormían en el sofá como los peluches de Luisa. Pero Luisa nunca tenía sueño. Cómo iba a tener sueño, si en esa casa podía hacer lo que no podía hacer en la suya. Cómo iba a dormirse, si tenía que seguir con el puzzle que había empezado después de desayunar. Sentada en el suelo de la salita del final de pasillo, siguió con la tarea. Le quedaban muchas piezas, pero ya veía la nieve de las montañas del fondo, ya adivinaba el peñasco arbolado sobre el que se alzaba, todavía a medias, el castillo de Neuschwanstein. Aunque su tía le aconsejaba lo contrario, el cielo lo dejaría para el final: no quería encontrarse todavía con su mamá. Todavía no. Primero el castillo, donde un príncipe guapísimo, rubísimo y con sonrisa de sandía como la de su tío, le esperaba para emprender las aventuras más grandes de esa siesta de verano.

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C,D,G

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Se revuelve en el sofá al verse en la tan anunciada entrevista. Siguió todos los consejos que le dieron, pero analizándose como un científico a un leucocito en su pantalla de 50 pulgadas no queda lugar a dudas: nadie se creerá sus mentiras, sus lágrimas, sus convicciones, sus promesas. Ha tenido la precaución de apagar antes el móvil, pero no de tirar sus botellas por el váter. No hay televisión que emita su salón, sus tragos, su vergüenza ajena, su última decisión antes de que todos relacionemos mañana, a la hora del café con leche, su ridícula muerte con su ridículo en prime time.

C.D.G

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Las gaviotas pincelan el puerto

y abren la ventana que me esconde.

Lo llaman amanecer.

La sal perfuma el aire de agosto

y rasca las sábanas que me esconden.

Lo llaman amanecer.

El espejo desnuda mi entuerto

y me guiña el miedo que me esconde.

Te llamo amanecer.

—-

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