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Archive for 6/06/15

Un trozo de sandía de postre. Y Luisa tan contenta. Era la única fruta que le gustaba. Y disfrutaba estando en casa de sus tíos, entre otras cosas, por eso. Siempre sandía de postre. Siempre riquísima, fresquísima. Siempre en la terraza con el verano en todas partes. Y siempre, como colofón, el mismo momento cómico en el que su tío usaba la curva resultante de la sandía como una desproporcionada sonrisa.

Y ella tan feliz. Y recogía la mesa, y llevaba a la cocina, como una disciplinada sirvienta de otro tiempo, sus platos, sus cubiertos, su servilleta. Y allí secaba lo que fregaba su tía. Y allí su tío seguía con la sonrisa frutal puesta. Y después sus tíos se dormían en el sofá como los peluches de Luisa. Pero Luisa nunca tenía sueño. Cómo iba a tener sueño, si en esa casa podía hacer lo que no podía hacer en la suya. Cómo iba a dormirse, si tenía que seguir con el puzzle que había empezado después de desayunar. Sentada en el suelo de la salita del final de pasillo, siguió con la tarea. Le quedaban muchas piezas, pero ya veía la nieve de las montañas del fondo, ya adivinaba el peñasco arbolado sobre el que se alzaba, todavía a medias, el castillo de Neuschwanstein. Aunque su tía le aconsejaba lo contrario, el cielo lo dejaría para el final: no quería encontrarse todavía con su mamá. Todavía no. Primero el castillo, donde un príncipe guapísimo, rubísimo y con sonrisa de sandía como la de su tío, le esperaba para emprender las aventuras más grandes de esa siesta de verano.

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C,D,G

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