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Archive for 6 junio 2015

Un trozo de sandía de postre. Y Luisa tan contenta. Era la única fruta que le gustaba. Y disfrutaba estando en casa de sus tíos, entre otras cosas, por eso. Siempre sandía de postre. Siempre riquísima, fresquísima. Siempre en la terraza con el verano en todas partes. Y siempre, como colofón, el mismo momento cómico en el que su tío usaba la curva resultante de la sandía como una desproporcionada sonrisa.

Y ella tan feliz. Y recogía la mesa, y llevaba a la cocina, como una disciplinada sirvienta de otro tiempo, sus platos, sus cubiertos, su servilleta. Y allí secaba lo que fregaba su tía. Y allí su tío seguía con la sonrisa frutal puesta. Y después sus tíos se dormían en el sofá como los peluches de Luisa. Pero Luisa nunca tenía sueño. Cómo iba a tener sueño, si en esa casa podía hacer lo que no podía hacer en la suya. Cómo iba a dormirse, si tenía que seguir con el puzzle que había empezado después de desayunar. Sentada en el suelo de la salita del final de pasillo, siguió con la tarea. Le quedaban muchas piezas, pero ya veía la nieve de las montañas del fondo, ya adivinaba el peñasco arbolado sobre el que se alzaba, todavía a medias, el castillo de Neuschwanstein. Aunque su tía le aconsejaba lo contrario, el cielo lo dejaría para el final: no quería encontrarse todavía con su mamá. Todavía no. Primero el castillo, donde un príncipe guapísimo, rubísimo y con sonrisa de sandía como la de su tío, le esperaba para emprender las aventuras más grandes de esa siesta de verano.

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C,D,G

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Se revuelve en el sofá al verse en la tan anunciada entrevista. Siguió todos los consejos que le dieron, pero analizándose como un científico a un leucocito en su pantalla de 50 pulgadas no queda lugar a dudas: nadie se creerá sus mentiras, sus lágrimas, sus convicciones, sus promesas. Ha tenido la precaución de apagar antes el móvil, pero no de tirar sus botellas por el váter. No hay televisión que emita su salón, sus tragos, su vergüenza ajena, su última decisión antes de que todos relacionemos mañana, a la hora del café con leche, su ridícula muerte con su ridículo en prime time.

C.D.G

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Las gaviotas pincelan el puerto

y abren la ventana que me esconde.

Lo llaman amanecer.

La sal perfuma el aire de agosto

y rasca las sábanas que me esconden.

Lo llaman amanecer.

El espejo desnuda mi entuerto

y me guiña el miedo que me esconde.

Te llamo amanecer.

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La camisa

Con lo que me ha costado podría haberme comprado tres primeras ediciones de Mishima, pero Mishima es un coñazo y esta camisa me sienta tan bien como a vosotros mirarme. Llevo cinco minutos con ella puesta y ya creo que la ciudad me pertenece. Ahora mismo podría decir misa y crearme una masa de fieles. Podría deciros ven y vosotros lo dejaríais todo. Soy vuestro bolero definitivo. Soy el amo de lo que me rodea. Y eso es mucho, creedme: vuestros ojos de admiración, el tráfico regular de las carreteras, la serenidad que antecede a todo momento histórico, los envidiosos escaparates, el cielo a medio nublar y la paloma que acompaña, llena de paz, mi elegante invasión, y que nunca se atrevería a defecar sobre mis hombros y manchar lo que no tiene mácula: mi imperio es limpio como el nuevo mundo que crea a cada paso. ¿Verdad, mensajera alada de mi definitiva verdad?

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C.D.G

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