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Archive for 31 agosto 2015

El poema que me persigue

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No copiaré aquí el poema que me persigue. 

No diré que es de García.

No diré que es de Montero.

No diré que han pasado los vientos

y quedamos nosotros,

como un monumento a la resistencia de una guerra

que solo en nosotros existe

como existe ese poema que me persigue,

del que no diré que es de Fernando,

no diré que es de Pessoa.

No diré que ha pasado la diligencia

y quedamos nosotros,

como la paciencia que se engaña en un cielo

que solo en nosotros existe

como existe ese poema que nos persigue.

No diré que es mío.

No diré que es nuestro.

—–

C.D.G

Fotografía: Bert Hardy

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El_fuego_fatuo-2

Estoy al borde de todo lo que me dicen. Eso no es ni bueno ni malo: es peligroso. Caerse, o dejarse caer, del discurso ajeno, del balbuceo de los otros, entendedme, es peligroso. Peligroso como arrancar un coche sin mirar sus bajos o como salir de casa sin echar un vistazo a las nubes. Y es una forma, como otra cualquiera, de quitar una voz para encender otra: la de la soledad, la del aislamiento de los cuatro vientos que despistan a nuestra esencia de meros don nadies.

Sin aire hay vida.

Al borde no se es, se está. Y estoy al borde de todo lo que me dicen. Era eso o estar al borde de todo lo que escribo. Y eso es un precipicio que conduce a las excavadoras de fauces abiertas que yo mismo fabriqué.

—-

C.D.G

Fotografía: fotograma de El Fuego Fatuo, de Louis Malle.

Título sacado de un verso de Roger Wolfe, pero con una modificación.

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Desde mi cabaña se veía el bosque. Solía pasar horas mirándolo como a un cuadro vivo que cada minuto te regala algo nuevo, una nueva luz, un nuevo color, una estación que imperceptiblemente pinta el paisaje entero. Pero el bosque, aquella noche, me dio algo que salió del bosque, del lienzo. Desde mi ventana vi una sombra que me paralizó, primero, al acercarse y me llenó de lágrimas, después, cuando llamó a mi puerta dando cuatro golpes y un arañazo; exactamente como yo llamaba esa misma puerta cuando era un niño.

——

C.D.G

 

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—-

Sus uñas de plástico chino
arañan la resaca
de mi colchón solitario.

——

Un charco de sol
mancha mis pies
con tragos rotos.

——

Un eco frío
en la huella
de tu beso.

——

Las trompetas
se oxidan
en nuestros oídos.

——

La ciudad derrumba su belleza.
Bajo sus escombros creemos
que ha comenzado otra fiesta.

——

No abriré los ojos
hasta que en mi copa
vuelva a haber mentira.

—–

Arden las pupilas en su exilio.
Quieren poner un nuevo nombre
al viejo tiempo de nuestra alegría.

——

Pesan más

las luces

recién apagadas

——

Se desata el amanecer.
Caemos sobre él
con nuestro sueño rasgado.

——

C.D.G

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La ciudad se dobla
como la carta
que no quieres leer.

——

Besé su último aliento
para decirle que mis años ciegos
fueron una tímida pose.

—–

Los escombros
sangran nuestros pies
y seguimos jugando.

——-

Sustituyo el corazón que me mordiste
por el páramo sin color
que no entiende de tormentas.

——–

La cima me regala un asombro.
Yo cierro los ojos
y sueño con el asfalto.

——–

La velocidad de septiembre
despeina la siesta de arena
en la que moriré.

———

El hambre rasga el plasma.
No basta para que mis ojos
se olviden de mi whisky.

———

El nido se tambalea.
Y bajo el precipicio
bailamos con musarañas.

——-

Bebo el alba y te beso.
Pero sigues sumida en el sueño
que te empapa de otro mar.

——–

C.D.G

Fotografía: fotograma de El Eclipse.

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Ya no cree en ti el teléfono de la esperanza

que tenía su voz y nada más que su voz.

Y juras hablar, de ahora en adelante,

solo con las botellas que hablen en susurros

con el fuego que dejen en tu garganta.

El sofá es cómodo. No salgas de él.

La luz escuece. No la mires de frente.

Su voz ya no cree en ti.

La esperanza es lo primero que se pierde

cuando solo se tiene esperanza.

—-

C.D.G

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Llevamos todo el año esperando esta semana. Salimos al amanecer de la penumbra de la casa y regresamos casi cuando lo hacen los chavales. Participamos de la verbena, la comida y la tómbola solidaria. Nos olvidamos un rato de nuestros pobres maridos. Y cuando un toro aterrador muy parecido al panadero llena nuestras manos y nuestras caras de sangre, no sabemos si reír o asustarnos. Pero tenemos la certeza de que aquí estaremos un año más, para ser de nuevo lo que éramos cuando el tiempo era cosa de mayores.

—-

C.D.G

Fotografía: Cristina García Rodero.

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