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Archive for 30 noviembre 2015

 

Sacó la bandera blanca para limpiar la sangre de los que acababa de matar.

C.D.G

 

 

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Con ella puesta tendría acceso a buffet libre, discoteca y piscina climatizada. Y no podría salir jamás de allí.

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C.D.G

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Salió del coma en 2140 y se encontró en una cueva.

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C.D.G

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Lo primero que ha hecho al entrar a su habitación ha sido quitar el crucifijo que reina sobre la cama y meterlo en el cajón de la mesita. Al abrir el cajón se ha encontrado una Biblia que ha sacado y ha metido bajo la cama, donde ha encontrado un rosario. 

Ha llamado entonces por teléfono a la recepcionista. Le ha dicho lo del rosario. Ella se ha reído. Le ha explicado que pocos lo ven. Que está allí para los desesperados que acaban arrastrándose por la moqueta, tratando de esconderse de ellos mismos o de todo el peso de la culpa, de su culpa, de toda su culpa. Él ha mascullado algo y ha colgado. Ha abierto la ventana y ha tirado por ella el rosario. Y ha metido su pequeña maleta en el armario y se ha tumbado, sin importarle los zapatos puestos, ni las arrugas de su camisa y su pantalón ni la incredulidad del viandante que se ha encontrado de golpe con, efectivamente, un rosario en su cabeza.

No ha tardado en dormirse. No ha tardado en despertarse. Su cuerpo, desde siempre, tiene un despertador invisible que le despierta cuando debe. Pocas veces se ha quedado dormido cuando no debe estar dormido. Esos quince minutos de sueño le han servido de algo. Y algo es algo. 

Se ha estirado, se ha levantado. Ha mirado la pared sin crucifijo y se ha asomado por la ventana. Esperaba aire limpio pero ha tosido al respirar profundamente. En el aseo se ha lavado la cara, se ha peinado y se ha dicho algo acercando su cara ridículamente al espejo. Nariz con nariz.

Ha salido de allí sin mirar a la recepcionista. No sabe si por vergüenza o por tratar de tomarle el pelo antes. Al dejar el hotel ha alzado la vista hasta su habitación. ¿Cuánto habrá tardado en caer el rosario? ¿Le habrá dado a alguien? Sí, ya hemos dicho que sí.

Se adentra por primera vez en esa ciudad, que está cenando; y lo hace sin mirarla. Se fía del gps de su móvil. Diez minutos después ya está en el edificio. Quinto izquierda. Un elegante cartel de letras blancas y fondo negro lo indica. Llama. Le abren. Sube. Llama. Le abren. Una anciana con pinta de haber sido profesora de matemáticas cuando las matemáticas valían la pena. Sacan su mejor sonrisa. Los dos. Entra. Le indica que espere sentado en un escueto sillón de falsa piel marrón en escueto recibidor de falso aire tranquilo. Espera mirando a la puerta de su derecha. No mucho. Se abre. La misma vieja profesora, que ahora parece que lo realmente impartió fue inglés. Con un simple gesto le dice que pase. Pasa. 

Tres minutos después sale. De aquella habitación. De aquel edificio. De su mejor sonrisa. Vuelve al hotel con ojos bordeando una lágrima, dos lágrimas, todas las lágrimas. No mira tampoco ahora a la recepcionista. Pero las razones son distintas. No se mira en el ascensor, ni en el aseo. Ha sacado el crucifijo del cajón, la Biblia de debajo de la cama. Ha colgado el crucifijo como a un Sisley, ha acariciado la Biblia como a un cordero. Y se ha asomado a la ventana para ver si todo lo que baja, sube.

Y todas las lágrimas del mundo caben en él y en la risa que antes le dedicó la recepcionista por teléfono.

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C.D.G

Fotografía: Denise Bellon

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Creó una chispa, una llama, una hoguera. Y el resto de la tribu ofreció su cuerpo milagroso a los dioses tirándolo al fuego.

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C.D.G

 

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Antes de morir, le enseñé la petaca escondida que llevé al hospital para él. Y con su risa infantil se le cerraron los ojos.

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C.D.G

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Decidió dormir en el garaje para que su mujer no le viera borracho, pero se encontró con ella escondida y apurando una botella de vino.

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C.D.G

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