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Archive for 19/12/15

 

Permitidme que le llame loco, pero es que aquella noche soñó con El Prendimiento de Cristo de Caravaggio. No solo con la rendida mirada y las serenas manos cruzadas de Jesús que tanto le impactaron en su visita a la National Gallery de Dublín. No solo con el sospechosamente corto brazo de Judas y su rostro al borde del beso. No solo con el brillo tan deslumbrante como frío de la armadura del anacrónico soldado. No solo con el hombre del candil, tan parecido al pintor, que da luz a la escena. No solo con el rostro despavorido de San Juan huyendo quién sabe dónde. Soñó con algo más. Algo que no recordó al despertar, pero que estaba instalado en su cerebro como un trozo de cacahuete en una muela.

No esperó a desperezarse. Fue a su escritorio para ver la postal del cuadro que había comprado en el Museo y que ahora disimula una taza llena de bolígrafos sin tinta, billetes gastados de metro, un lápiz USB con virus  y tarjetas de restaurantes.

Encendió el flexo, se sentó. Volvió a ver la frente fruncida de Judas, los ropajes vivos y lo que se impuso a su descanso hasta hacerse sueño. Y mirando cada detalle que dejaba ver el candil de Caravaggio, sus ojos hicieron un aterrizaje forzoso, precisamente, en la mano que agarraba ese candil, en el dedo pulgar, en la uña del dedo pulgar, en la suciedad que allí  había anidado con tanta fuerza como para protagonizar un sueño, un despertar y un pequeño relato.

La uña roñosa que ayudó a coger el pincel con el que Caravaggio inventó, hace más de cuatrocientos años, una luz cotidiana y enferma de vida (y por lo tanto, estremecedora); una luz que, en esa postal de un euro, se escondía tras un casco para mostrarse tras su fuerza.

C.D.G

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