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Archive for 11 junio 2016

Las filigranas de mi penúltimo aliento

erizan un cuello sin sangre

e inauguran otra mentira.

Vierto sobre todos los relojes

tus besos de promesas de zinc.

No hieren, pero definen

a todo aquel que los rechaza.

Han abierto las taquillas.

Y frente a mis entrañas acristaladas

se arrastran los penitentes 

con la condescendencia

de quien sabe que soy 

algo expuesto

al vacío.


C.D.G

Fotografía: Kevin Cummins

 

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Puedes ducharte otra vez.

Puedes esperar a que salga el sol

para salir tú a la calle

y quejarte de lo que te duele el sol

para volver tú de la calle.

O puedes ducharte otra vez.

O abrir el libro de nuevo

y cerrarlo dos párrafos después.

O puedes pensar en la mañana siguiente

con guerras individuales de deseo

al otro lado de la estación.

Puedes encender el ventilador.

Puedes apagarlo y abrir la ventana.

Puedes volver a escuchar un documental

de Serrano Suñer o de Juana Biarnés

o del infravalorado ejército italiano

en tu añorada Segunda Guerra Mundial.

Puedes volver a mear. 

Puedes acordarte de Extraño, de Bukowski.

Puedes recitárselo a la almohada 

(parecieran reptar por atrás del cuello  de uno)

y confirmarte, no sin un desnudo pavor,

que esta noche que nada te ha dado

la recordarás como tu Primera Comunión.


C.D.G

Fotografía: Juana Biarnés

 

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Dejó sobre la cama el maletín, la corbata, la pitillera y el teléfono. Dejó el resto sobre la silla del escritorio. Pidió una botella de vino (-la que suelan pedir los que no saben qué pedir- dijo al recepcionista) y se dio una ducha rápida con agua hirviendo. 

La botella se la bebió tumbado y desnudo sobre la cama con el vaso para enjuagar del aseo. Antes había dejado sobre el suelo el maletín. La corbata, el teléfono y la pitillera, sobre la mesilla. Cambiaba de canal de televisión a cada trago. Nada le convencía: ni lo que veía ni lo que bebía. Pero seguía viendo, seguía bebiendo. No sabemos si fue primero la borrachera o el sueño, pero se durmió con el vaso vacío sobre su pecho y una película de Monty Clift frente a él.

No sabemos tampoco si fue el amanecer o el miedo, pero despertó con el vaso vacío sobre su pecho y una entrevista a un neurocirujano frente a él.

Miró la hora en el ángulo inferior izquierdo de la televisión. Volvió a mirarla en su teléfono móvil. La hora y los mensajes. La hora y las llamadas. La hora y, ahora sí, el miedo. No sabemos si fue lo que le despertó, pero sí lo que le hizo sudar, levantarse, mirar por la mirilla, dar vueltas como un tigre noqueado y meterse en la ducha con agua helada para un tiempo helado. 

En adelante, cada minuto de su día sería una línea de su largo y predecible epitafio.


C.D.G

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Sacudimos el árbol muerto.
Las ramas que rasgan nuestras frentes
devolverán la tarde a quien la juega.


C.D.G

 

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Sudan las palabras olvidadas.
En procesión de rencor y justicia
desmayan nuestro último balbuceo.


C.D.G

 

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