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Primeras palabras

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Cuando se atrevió a decir algo, habló dos alas.

Y solo la escuchó el olvido.

Y él.

 


C.D.G

“Todo en mí es esta tendencia a ser de inmediato otra cosa”

Fernando Pessoa, El libro del desasosiego.

 

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Se arrepienten las sombras de ser sombras y huyen.

La piedra ya no habla de nosotros.

El sol y la luz, rey y pueblo, insisten.

Y ganan.

Sin silueta, somos.

Sí.

Pero poco.


C.D.G


Atunes en las manos

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Otra tarde de atunes en las manos.

Rompe la edad de estaño

en los arrecifes del primer paso.

Vendrán a rescatarme

los que se hundirán conmigo

en otra noche de guadañas en las manos.

De luna se nutre la espera.

De espera se muere la luna.

La primera luz se hiela

sobre la piel que silban

los huesos sin pasaporte

 


C.D.G

Fotografía: William Eggleston

 

 

 

El dueño

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Vio aparecer un coche por el horizonte. Abrió el maletero y sacó el rifle: no soportaba la idea de compartir una carretera con otro.

C.D.G

El regreso a las entrañas.

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El regreso a las entrañas 

a lomos del caballo de tres patas.

Su huella despide el horizonte

con las herramientas

que regalan versos de otra esperanza.

Cuidado, dicen lo que saben de besos de trago lento.

Con la flor del otoño

vendrán las mentiras de fin de año

y el tabaco ya se masca en los bordillos

de los barrios pretéritos

que fundan juventudes y otros peligros.

Tendré que creerme que es verdad.

Y el caballo de tres patas sabe idiomas

que solo comprenden los lagartos del zapato rojo.

Las baldosas color salmón llevan al reino de los magos sin truco ni trato.

Soy, como tú,

el as en la manga del chaleco,

el que añora lo que quiso ser.

Y entre un vals y tu pistola

dormita una estación de bicicletas, sol y besos de melena revuelta.

El regreso a las entrañas no duele más

que cuando miro a mi lado

y me veo oliendo la flor de tu otoño

marchitándose como el espejo

que rompió en seis trozos lo que no está curando en tres.

Puedo decir que araño montañas para encontrar mi fósil disfrazado de latido.

Puedo decir que mis manos hablan,

pero solo escuchan.

Puedo ser un miedo a contraluz.

Puedo decir que en las atalayas de una promesa

han encontrado el esqueleto

de un traje de comunión

sobre una alfombra de hostias

consagradas por el tiempo

y mi despertar.

Y tendré que creerme que es verdad.


C.D.G

 

 

 

 

 

Una parada

Solo lo ha leído por encima, pero ya es suficiente. Dobla el periódico por la mitad y lo deja en el asiento de al lado. Frente a él tampoco hay nadie. Echa un rápido vistazo al vagón y puede contar hasta cuatro pasajeros; cinco con él. Pero sabe que en tres paradas se llenará.

Aprovecha el breve lapso de paz para mirar por la ventanilla el bostezo de la mañana, para cerrar los ojos y dejarse mecer por la rutinaria nana del tren en marcha, para imaginar qué palabras se esconden en el mensaje que está escribiendo el del 12b, para sacar su libreta de la chaqueta y tratar de escribir, y no escribir, algo definitivo sobre la inapelable fortaleza de lo que ocurre todos los días cuando nadie mira a nadie.

En dos paradas, el vagón se llenará.


C.D.G

Recordando La Infancia de Iván

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Mi lugar es la bomba que está a punto de caer.

El barro que me convierte en huella.

La huida al lugar de los útiles.

El hogar moribundo que el viento abre y cierra.

La infancia que se quiebra mientras se construye.

Mi lugar cabe en un pozo que suda

en el fondo de la noche

que me convierte

en un adjetivo.


C.D.G

Fotografía: fotograma de La Infancia de Iván, de Andrei Tarkovski.